68. Una reaparición, una historia poco creíble, un camarada tocapelotas y una última noche en Italia
Una reaparición, una historia poco creíble, un camarada tocapelotas y una última noche en Italia
Izan
La chica mariposa ha aparecido un rato después de que Fabiola llamase a su amigo Aitor, con apariencia de que la había arrollado un camión.
Estaba triste, cabizbaja, con restos de rímel por la cara y con algún grado de alcohol de más en el cuerpo.
En cuanto Fabs la ha visto, se ha abalanzado sobre ella y no la ha soltado más.
Ha dado explicaciones, pero ninguna ha sido fiel a la verdad.
La versión no oficial de los hechos es esta.
Cande ha ido en busca de un baño porque no podía aguantar más, pero allí había una cola kilométrica y ha decidido ir a por otro baño, por lo que se ha alejado más y más de donde estábamos, convencida de que allí habría menos gente.
Después de tener que esperar también en esa cola, aunque, según ha contado, era más corta, ha decidido quedarse a ver a un sumiller de vinos argentino que encima estaba de toma pan y moja.
Prueba vino aquí, prueba vino allá... y se le ha ido el santo al cielo, por lo que ni ha mirado la hora ni se ha dado cuenta de que llevaba tanto rato separada de nosotros.
Ha dejado de contestar llamadas y mensajes porque estaba hablando con un grupo de chicas también de Argentina y se lo estaba pasando estupendamente.
¿Los chorretones de rímel? Ha dicho que se ha reído tanto que hasta se le han saltado las lágrimas.
.. ¿Fabiola se lo ha creído? Pues no sé qué contestar.
Casi creo que ha querido creérselo. Sin más.
—Pobrecito, creías que volverías a dormir con tu Mambita, ¿verdad?
Aquí estoy ahora, tumbado en la cama del hotel con mi amigo en la de al lado.
—No pienso decir nada al respecto...
—Si es que estás loquito por sus huesos.
—Qué dices, idiota. Eso no es verdad.
—Te está llamando la chica de tus sueños.
Y, sí, suena mi teléfono. Fabiola me estaba llamando.
—Dime —contesto tras descolgar.
—Se ha dormido.
—¿Te ha contado algo?
—Nada. No ha cambiado lo más mínimo la versión que nos ha dado a los tres de camino a aquí..., pero tengo claro que no es lo que ha pasado. El problema es que la conozco y sé que necesita su tiempo. Ahora te explico con más detalle.
—¿Ahora?
—Estoy fuera, en la puerta de tu habitación. No te olvides los auriculares.
—Jamás.
Salgo bajo la atenta mirada de Marc, que está descojonado mientras me suelta un «lo que yo diga», para escuchar nuestra canción de nuevo en un pasillo de hotel.
Y así pasamos la última noche en Italia, juntos, con sus piernas encima de las mías y mis manos envolviéndolas.
.. y no solo eso. Me he levantado y le he ofrecido la mano para que hiciera lo mismo, porque quiero algo más de privacidad.
La he llevado hacia el fondo del pasillo, donde está más oscuro, para poder cogerla en volandas y presionarla contra la pared mientras acallaba sus gemidos con mi boca.
Sí, como dos adolescentes ocultándose para meterse mano.
He hecho que ella tuviera un orgasmo, en un lugar público, sin miedo a que alguien pudiera encontrarnos, y puedo asegurar que no he visto nada más erótico en mi vida, lo que provoca que tenga que hacer acopio de todas mis fuerzas para no follármela aquí mismo.
Viena, allá vamos.