65. Una espera agitada, un amago de secuestro, un orgasmo de baño y un bofetón de realidad
Una espera agitada, un amago de secuestro, un orgasmo de baño y un bofetón de realidad
Candela
M ISMA HORA EN OTRO LUGAR DE LA FERIA
Miro de nuevo mi Casio dorado y veo que han pasado cinco minutos desde que le he mandado el mensaje.
No sé si es que no le ha quedado clara mi ubicación o que simplemente me ha ignorado.
Echo un vistazo a mi alrededor para ver si lo veo aparecer, pero nada.
Justo en ese momento noto que un brazo rodea mi cintura y tira de mí hacia atrás mientras una mano me tapa la boca, impidiendo que pueda gritar del susto.
—No deberías ser tan guapa —me susurra al oído—. No sabes la fuerza de voluntad que necesito cada vez que te veo para no cargarte al hombro y llevarte conmigo.
—Eso sería secuestro, idiota —digo cuando aparta la mano de mi boca.
—No, no lo sería. Sabes que no opondrías resistencia y te vendrías a mi cama por decisión propia.
Me ha dado la vuelta y estamos cara a cara. Su brazo sigue alrededor de mi cintura y una sonrisa preciosa llena su rostro.
—Lo tienes muy claro.
—Sabes que tú también.
No hablamos más. Me besa como solo él sabe hacerlo y yo me derrito. No lo puedo remediar.
—Te he echado de menos, moderna.
—Pues yo a ti no, so pijo.
—Mentirosa...
Me vuelve a besar mientras empieza a caminar hacia atrás, haciendo que acabemos metidos en uno de los cubículos del baño.
—No sabes la alegría que me ha dado cuando he visto en Instagram que estabais aquí en Verona. Has ignorado mis mensajes. Lo que no me ha gustado tanto es ver que estabais tan bien acompañadas.
—¿Celoso?
—¿Debería?
—No sé, dímelo tú —lo pico y le paso la lengua por el labio.
—Depende de quiénes sean y qué intenciones tengan.
—Uno va a ser mi mejor amigo para siempre y el otro estoy segura de que será el amor de la vida de mi prima, aunque ninguno de los dos lo sepa aún.
—Bien. Entonces no tengo de qué preocuparme.
Me aprieta el culo y sonrío.
—Tampoco deberías si fuera distinto. No somos nada.
—Yo diría que somos mucho —afirma aferrándome con más fuerza.
—Cuando a ti te interesa.
—No tengamos esta conversación ahora, por favor. Solo me apetece besarte.
—¿Solo besarme?
Treinta y cinco minutos después salimos del baño con los labios hinchados y enrojecidos y un orgasmo a nuestras espaldas. Cuando nos disponemos a dejar esa zona caminando a una distancia prudencial el uno del otro, oímos una voz autoritaria detrás de nosotros que hace que me tense al instante.
—Aitor, te estaba buscando.
—Hola, papá.
—Hola, señor Ulloa —saludo con una sonrisa.
—¿Qué hace esta aquí?
—Papá, por favor. —Veo cómo Aitor aprieta la mandíbula y se pasa una mano por el pelo.
—Te he hecho una pregunta.
—Está de vacaciones con Fabiola y dos amigos más y han pasado conmigo.
—Estupendo. Tu familia aquí trabajando para que vivas de puta madre y tú tirándote a esta en un baño de mala muerte.
Yo ya no escucho más, desconecto. No sé si me duele más que este hombre insinúe que soy una puta o que su hijo agache la cabeza y no me defienda lo más mínimo.
Noto cómo las lágrimas empiezan a tomar vida y por nada del mundo voy a derramarlas delante de este oscuro ser.
Me niego, no pienso darle la satisfacción de verme hundida.
Giro sobre mis talones e inicio la marcha que pondrá distancia con la persona que estaba besándome hace unos segundos.
Aitor, que no hace amago de venir detrás de mí.
Aitor, que lleva en mi vida prácticamente desde que tengo uso de razón.
Aitor, el que me robó mi primer beso.
Aitor, con el que perdí la virginidad.
Aitor, el que ha incumplido un sinfín de promesas.
Aitor, el primer chico que me dijo que me quería.
Aitor, por el que le he mentido a mi prima.
Aitor, el que se avergüenza de quién soy, de mi profesión, de mi indumentaria, de mí.
Aitor, la persona de la que estoy enamorada.
Aitor, al que tengo que olvidar.
Y no hay mejor forma de olvidar que estando dentro de un recinto llenito de alcohol.