Si tú supieras 62. Unas ganas, unos cuerpos unidos, unos jadeos y un recuerdo para la posteridad
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62. Unas ganas, unos cuerpos unidos, unos jadeos y un recuerdo para la posteridad

Unas ganas, unos cuerpos unidos, unos jadeos y un recuerdo para la posteridad

Izan

—No aguantaba más, tenía que besarte.

Estamos en medio de la habitación y mis manos están en su culo, cogiéndolo con fuerza y haciendo que se roce contra mí.

—Me estás volviendo loco...

Más besos, más jadeos, más excitación y más ganas.

—Me muero por follarte.

—Ya lo has hecho.

—Me muero por hacerlo y recordarlo.

La llevo hasta la mesa y la siento encima, poniéndome entre sus piernas. En algún otro momento de mi vida ya la habría desnudado, pero quiero prolongar esta noche todo lo posible. Desciendo hasta sus pies y la descalzo, viendo cómo ella instala una tímida sonrisa en sus labios.

—Ahora esto —digo refiriéndome a la parte baja de su indumentaria.

—¿Vas a seguir desnudándome?

—Hasta que no haya nada que no esté a mi vista...

Se sonroja, pero eso no me para. Sigo despojándola de toda prenda que interfiera en mi tarea de tenerla completamente desnuda ante mí.

Una vez que lo consigo, la observo unos segundos en los que me doy cuenta de que estoy perdido, porque ahora voy a querer tenerla así a cada segundo del día.

—¿Todo bien?

—Insuperable...

Empiezo a dejarle un reguero de besos desde la boca hasta el ombligo, viendo cómo el vello de su cuerpo se pone en alerta ante la anticipación de saber hacia dónde me dirijo.

—Si quieres que pare, tan solo tienes que decírmelo —le digo para que sepa que conmigo nunca tendrá problemas al respecto. Si no está segura, esto no está bien.

—No lo hagas.

—¿El qué?

—Parar...

Aquí acaba nuestra breve conversación, justo antes de hacer lo que llevo deseando hacer desde hace mucho tiempo: comérmela.

Cojo su pierna derecha y la pongo sobre mi hombro ahora que vuelvo a estar prácticamente a sus pies. Lamo, succiono y saboreo durante varios minutos que se me hacen escasos, pero es que sé que, como siga así, ya no voy a querer parar.

Me incorporo mientras me limpio la boca con el antebrazo y me lanzo a besarla, haciendo que parte de su sabor se cuele en la suya.

Hago que rodee mi cuerpo con las piernas y nos llevo hasta la cama, esa cuyos muelles quiero destrozar de tanto follar esta noche...

Noto cómo se me endurece la entrepierna y sé que estoy a punto de correrme como un quinceañero.

La beso y me separo de ella para buscar mi cartera y sacar un condón.

—¿No coges más? —me pregunta con mirada inocente mientras se muerde el labio inferior.

—Tenemos toda la noche, Mambita. Pero vamos a comenzar por el principio.

Me quito los pantalones y me bajo los calzoncillos. Ella observa mi desnudez con una mirada que no le había visto antes y que hace que quiera volver a comérmela ya. Me enfundo el condón y vuelvo con ella, que me espera expectante.

Repto por el colchón y me sitúo entre sus suaves piernas. Estoy nervioso, ansioso. No sé qué me pasa, pero no lo puedo evitar.

Nos besamos con mucha lengua y me separo para tomar un poco de aire.

—¿Estás segura de esto?

—Al cien por cien.

—Bien, porque no quiero que seas de las que se levantan al día siguiente y se arrepienten.

—En realidad, me pasó en nuestra primera vez.

—Ahí aún no eras mi Mambita y yo no era tu perroflauta. Esta vez no, por favor.

—Esta vez no...

No hay más palabras, solamente hay acción.

En esta ocasión es ella la que se me adelanta y me coge de la nuca para que mis labios se fundan con los suyos.

La habitación comienza a llenarse de gemidos, susurros, deseo y toda la pasión, y la temperatura ambiente pasa a ser asfixiante.

Me hundo en ella lentamente y le pregunto con la mirada, porque todavía tengo miedo de que se quiera echar atrás.

Confirma que estoy equivocado cuando con un movimiento de cadera hace que se la meta un poco más.

Está tan húmeda que es tarea fácil. Ella lleva el ritmo y yo me dejo hacer.

Ella debajo, yo encima. Ella encima, yo debajo.

—Fabiola, estoy a punto —murmuro cuando noto que me voy a correr.

—Sigue, sigue...

Noto que ella también está al límite. Me muevo con ganas y con más urgencia. Unos segundos después apoyo mi frente contra la suya, dejándome ir.

—Desde luego que esto no lo voy a olvidar en mi vida.

—Yo tampoco —me contesta mientras me besa de nuevo—. Quiero más.

«Tus deseos son órdenes para mí», pienso.