Si tú supieras 60. Un balcón, unas palabras especiales, una curiosidad palpable y un sobresalto
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60. Un balcón, unas palabras especiales, una curiosidad palpable y un sobresalto

Un balcón, unas palabras especiales, una curiosidad palpable y un sobresalto

Izan

—He visto que aquí cerca hay un restaurante en el que se come de vicio. Eso o han sobornado a los clientes para que les dejen reseñas de cinco estrellas en TripAdvisor.

Marc y su manía de mirar toda reseña habida y por haber en internet. Da igual de qué se trate, él tiene que mirar y comparar lo que digan el resto de los usuarios que hayan utilizado el servicio.

—Por mí, bien. Si me dais un momento... Necesito ir al baño. Podéis esperarme fuera.

Acabamos de bajar del balcón de Julieta.

Hemos subido de dos en dos para que los que estuviésemos abajo hiciésemos ochocientas fotos a los de arriba.

Tengo curiosidad por ver las que saldrán de la cámara de la chica mariposa.

Veo cómo se alejan y le pido en un perfecto inglés el rotulador a una chica que acaba de poner un candado con su novio.

Busco el que hace un rato hemos puesto Fabiola y yo y sonrío.

«La pija y el perroflauta». El no tener un apodo con el que ella se refiera a mí ha interferido un poco en la decisión sobre qué poner, pero al final le he dicho que era original y que nos definía, aunque no sea así realmente.

Por eso hemos rememorado nuestra primera conversación al inicio del viaje, cuando nos describimos mutuamente con esas palabras.

Una vez que he escrito eso, ella me ha quitado el candado de la mano y, entre risas, ha dibujado un corazón.

«De amistad», ha aclarado. Le ha dado la vuelta, ha añadido la fecha de hoy y lo hemos puesto en la verja.

Ahora lo que quiero es dejar dos palabras que para mí significan mucho, aunque a ella no le dirían nada. No aún.

Estoy escribiendo cuando noto que el vello de la nuca se me eriza. Estoy nervioso. Al instante algo me roza la mejilla. Me sobresalto y oigo su risa.

—Tranquilo, tonto, que soy yo. No soy una asesina en serie que venga a apuñalarte por la espalda. Estabas tardando mucho y he venido a buscarte. ¿Qué haces? —pregunta Fabiola intentando ver por encima de mi hombro.

—Sabes que tienes una fijación con los asesinatos, ¿verdad? Hablas muchas veces sobre cosas relacionadas con cargarse a peña.

—No puedes ser más bobo.

—Ni tú más guapa. Bueno, quería poner algo más.

Veo cómo se acuclilla a mi lado, con sumo cuidado para que no se le vea nada debido al peto minifaldero que lleva, y me quita el candado para observarlo.

—«Si supieran...». ¿Qué significa?

—Nada, es una tontería.

—No puede ser una tontería cuando nos has mentido diciendo que ibas al baño para venir a poner esto. Por cierto, ¿te has quedado la llave?

—Sí, bueno, es que no quería poner esto delante de ti y... Pues eso, que tenía intención de añadirlo.

—No vas a confesar, ¿verdad? —pregunta elevando las cejas.

—¿Te vas a enfadar si la respuesta es negativa?

—No. Esto no hace más que inflar mi curiosidad —responde sonriendo.

«Ay, esa sonrisa».

—¿Curiosidad?, ¿sobre qué?

—Sobre ti.

—No sabía que sentías eso por mí.

—Es que siento que no te conozco en absoluto, y ¿sabes qué?

—¿Qué?

Me acerco más a ella, hasta que solo nos separan unos pocos milímetros.

—Que me muero por descubrirlo...

No lo pienso: poso mi mano en su nuca y me acerco a su boca para morderle suavemente el labio inferior. Ella coloca sus manos en mi nuca y profundiza el beso, provocando que desee no estar aquí ahora mismo rodeados de tanta gente.

—¿Y esto?

—Cada vez tengo menos fuerza de voluntad para no besarte... —le digo en cuanto nos separamos.

Nos miramos en silencio y noto que un hilo invisible tira de nosotros acercándonos el uno al otro. Estamos tan cerca que el aire prácticamente no pasa entre ambos... y es justo cuando una voz familiar nos saca del trance en el que nos encontramos.

—Venga, hombre, que estoy a punto de morderle un ojo a Marc. Estoy hambrienta. ¿Qué cojones estáis haciendo? —nos interrumpe Candela.

—Nada —decimos a la vez.

—Ya, nada... Un poco más y os encuentro dándoos el filete. Anda, Izan, con lo que a ti te gusta.

Porque me tiene encandilado, porque juro por Dios que, si no fuese así, Candela moriría entre terribles sufrimientos. Será perra...