Si tú supieras 59. Unas cartas a Julieta, una tregua, un candado de leopardo y un apodo único
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59. Unas cartas a Julieta, una tregua, un candado de leopardo y un apodo único

Unas cartas a Julieta, una tregua, un candado de leopardo y un apodo único

Fabiola

—Me has dado un susto de muerte.

—¿Yo? —le pregunto a Izan. No sé a qué viene esto.

—Sí, no te veía y se me estaba empezando a salir el corazón por la boca.

—Qué mono... —comento riéndome—. ¿Sabes que aquí se han rodado muchas películas?

—Me sé de memoria Cartas a Julieta . Gi nos obligó a verla la primera vez, pero las doscientas veces siguientes fue por decisión propia.

«Si cuando digo que es mono es por algo».

—No es la única, aunque para mí es la mejor. Hace poco vi una que estrenaron en Netflix que apuntaba maneras por sus protas, pero me pareció malísima —digo mirando a mi alrededor.

—Ya sé de cuál hablas, y creo que está mucho mejor en Umbrella Academy .

—¿La has visto? —inquiero estupefacta.

—Digamos que soy muy fan de Bonnie en Crónicas vampíricas .

—Vaya, eres una caja de sorpresas. No te imaginaba viendo en solitario un sábado noche una película titulada Romance en Verona .

—¿Quién te ha dicho que la vi solo un sábado noche?

—Nadie, pero me lo acabas de confirmar.

Estamos riéndonos como tontos cuando Marc y Candela se acercan a nosotros.

—Tú y tú, aún no habéis soltado la guita que cuesta la entrada. Cualquiera diría que hace unos días ganasteis quinientos pavos cada uno —nos acusa Candela.

—¿Cuánto es? —le pregunto a mi prima.

—Por nuestra edad ya no entramos dentro del grupo juvenil, que tiene un precio reducido, así que son doce eurazos. Marc dice que es buena gente y se encarga de pagarnos los gastos de gestión. No hay manera de hacerlo entrar en razón.

—Toma, Marc —digo tendiéndole un billete de cincuenta euros.

—Ni de coña. A mí me haces un bizum, que, cuanto menos dinero en metálico tenga encima, más feliz soy.

—Claro, ahora mismo te lo hago.

—Tranquila, sé dónde duermes todas las noches.

Me guiña un ojo y se va a admirar las paredes de este lugar mágico. Veo que mi prima va tras él, pero se lo impido.

—Cande... —digo cogiéndola por la muñeca cuando veo que se aleja—. He traído un candado para que lo pongamos juntas. Bueno, he traído dos por si no te gustaba lo que había puesto en él y querías hacerlo tú sola.

—¿En serio?

—Claro —contesto tirando un poco de ella para que no haya tanta distancia física entre nosotras—. ¿Quieres verlos?

—Si insistes...

Abro mi pequeño bolso y saco dos candados. Sé que voy a dar en el clavo y sé que no se lo espera para nada. Veo cómo abre los ojos como platos en cuanto los tiene delante, a pesar de no haber leído lo que pone.

—¿Has comprado un candado de leopardo y otro de cebra? —Los observa en su mano con cara de felicidad.

—No podía ser de otra manera. Había que dejar tu esencia en un cachito de este lugar. ¿Me perdonas? Por favor, te juro que te lo contaré todo, no quiero que estemos así. Aquí no.

—Yo tampoco. Te perdono, pero con pelos y señales y, bueno, ya veré si me convences. ¿Tregua? —pregunta tendiéndome un meñique.

—Tregua —contesto uniendo el mío al suyo, como hacemos desde pequeñas.

—Venga, petarda, déjame mirar qué has puesto en el candado... Ay, me encanta. Tengo que confesarte algo: yo también he traído dos, pero yo he sido más cobarde y no he puesto nada. Tengo aquí un rotulador para escribirlo sobre la marcha. No tenía fe en que tú fueses a traer.

—Admito que soy un poco desastre para estas cosas.

—¡Tengo una idea!

—Bueno... Miedo me das, cuqui —suelta Marc, que se ha acercado a nosotras.

—Calla, que te va a encantar —contesta mi prima—. Puesto que uno ya es de nosotras dos..., ¿qué os parece poner uno con las iniciales de los cuatro y que luego yo ponga uno con Marc y otro vosotros? No te ofendas, Izan, si tuviese más pondría uno contigo, pero creo que os gusta la idea.

—Eh... Sí, claro —digo mirando a Izan—. ¿Qué quieres que pongamos en el nuestro?

—¿Quieres que sea sincero? —me pregunta mientras vamos caminando el uno junto al otro.

—Siempre.

—No tengo ni idea. ¿Quedaría muy extraño poner «Mambita y Perroflauta»?

—Yo... Esto...

—No me molesta que me llames así, si eso te preocupa. —Se para y yo también—. Es más, me hace gracia, pero me jode que no hayas encontrado otra manera de llamarme.

—Te llamo por tu nombre, Izan.

—Sí, como el noventa y nueve por ciento de la gente. No tiene gracia; yo quiero que me llames de una manera especial.

—Pues es que no se me ocurre nada. Lo siento. —Bajo la mirada, y él, la cabeza para poder mirarme a los ojos.

—No se acaba el mundo por ello, Mambita.

—¿Y si ponemos simplemente «Fabiola e Izan»?

—Pues dibujaré un corazón al lado y la gente pensará que el candado es de una de esas parejas que se han jurado amor eterno en el mismo lugar donde lo hicieron Romeo y Julieta —dice con una amplia sonrisa.

—Tú has visto que hay cientos de candados así, ¿verdad?

—Qué forma de quitarle lo especial a todo... No sé qué hacer contigo.

—Cállate.

Nada más decir esto, ambos estallamos en carcajadas.