58. Un dialecto propio, unas hojas de colores, una teta dorada y una sonrisa preciosa
Un dialecto propio, unas hojas de colores, una teta dorada y una sonrisa preciosa
Izan
Mientras conduzco, observo de reojo a Fabiola, que esta vez es mi copiloto.
Parece totalmente enfrascada en su mundo, ya que no participa en la conversación que están manteniendo Marc y Candela en el asiento trasero.
Suena «Tacones baratos», de Huecco, y el tatareo de Fabiola llega a mis oídos y hace que una sonrisa se instale en mi boca.
Llegamos a un semáforo y giro la cabeza para poder mirarla con tranquilidad mientras rememoro una y otra vez lo que ha pasado hace un par de horas, antes de que pisásemos Verona.
Bajo la vista hacia sus piernas desnudas, esas en las que hace nada tenía las manos puestas, y vuelvo a mirarla a los ojos, no sin antes pasar por su boca, haciendo que se sonroje.
Me muero por besarla de nuevo y ella lo sabe.
El claxon de un coche me saca de mis pensamientos, indicándome que el semáforo se ha puesto en verde, y miro el GPS, que me informa de que nos quedan pocos minutos de trayecto.
Todavía no nos hemos bajado todos del coche al llegar cuando Candela ya nos está dando información importante.
—Veamos, según indica el móvil, estamos a siete minutos de poder poner una mano en la tetuca a Julietina.
Sí, Candela tiene su propio dialecto, que me encanta.
Creo que nunca he conocido a nadie que se exprese de la manera en la que lo hace ella.
Hoy se ha puesto (según ella, para salir «bella como una camella» en las fotos) una minifalda vaquera, una camiseta de tirantes violeta, que deja su piercing del ombligo al aire, y sus Nike Air negras, y se ha hecho dos moñitos en el pelo.
La verdad es que está jodidamente guapa.
Los labios se los ha pintado de morado oscuro y va comiendo una piruleta de corazón con bastante.
.. ¿cómo decirlo?... Estoy seguro de que todas las personas que la están mirando están viendo en ella a la protagonista de sus fantasías más húmedas.
Detrás de ella va mi Mambita —no es mía, es una forma de hablar—, que, a pesar de no hablarse con su prima, se ve que ha metido mano en la maleta de ella y le ha cogido un vestido peto vaquero de color amarillo pastel.
Lleva puesto eso, unas deportivas blancas, su chaqueta vaquera y un minibolso negro cruzado sobre el pecho.
Lo que más me gusta de su indumentaria de hoy es que se ha hecho dos trenzas de raíz, con algún pelo suelto por la cara, y se las ha anudado en la nuca formando una especie de moño.
Bueno, no quiero mentir, lo que no puedo dejar de mirar son esas piernas y ese culazo. Despampanante.
—Hoy parece que estés mirando una lubina en salsa verde —comenta la chica mariposa.
Se ha parado a mi lado mientras Fabiola se ha acercado a Marc para enseñarle algo en su móvil.
—¿Cómo sabes que me chifla?
—Bueno, digamos que he realizado un Equipo de investigación y sé que te encanta un buen chuletón de ternera, la lubina en salsa verde...
—Ya, lo pillo. Cada vez que me cojas infraganti mirando a tu prima con deseo, me dirás que la miro como algo que me gusta.
—Hay que ver lo bien que te funcionan las neuronas, querido. Es exactamente eso. ¿Te gusta realmente?
—Sí, mi abuela hacía una salsa que estaba para chuparse los dedos.
—Dios mío... Retiro lo dicho. Mi prima, atontao , no la salsa de la lubina —suelta riéndose, lo que provoca que Marc y Fabiola nos miren interrogantes, una más que el otro.
—Mucho.
—¿Como la trucha al trucho?
—No puedo contigo.
—Ay, Izan, pues espero que puedas, porque me encantaría verte mucho de ahora en adelante —dice en tono sincero mientras me sonríe con cariño.
—¿Eso es una proposición indecente?
—¿Qué? ¡No! Yo...
—Pillada. Era broma. A mí también me encantaría, pero me da que tu prima es un hueso duro de roer.
—Pero aquí está la Cande para ofrecerte una ayudita... y para que os deis besitos de amor y folléis de una puta vez para que deje de ser una remilgada, que me tiene harta.
Una vez dicho eso, se aleja dejándome pasmado y le gruñe algo a Fabiola, que me mira vacilante. A los pocos minutos la tengo al lado.
—Ya me lo ha comentado mi prima. De verdad que no pasaba nada.
«Vale, no sé de qué coño me está hablando».
—No sé a qué te refieres.
—Pues a que al final dormiremos juntos. Ya me ha comentado que ninguno de los dos estaba cómodo con la idea de compartir habitación porque no os conocéis tanto. Yo creo que lo hacéis por mí, de ahí que haya dicho que no pasaba nada. En serio que lo pienso.
Esto no me lo esperaba, pero veo cómo Cande gira la cabeza y me guiña un ojo. Joder con la ayudita. Amo a esa tía.
—Sí, bueno..., me sentía un poco cohibido. Espero que no tengas impedimento para compartir habitación conmigo.
—No será la primera vez.
—Ya, pero después de lo de... —No acabo la frase. Joder, parezco un puñetero quinceañero.
—Chavales, os recuerdo que me tenéis que apoquinar el money que he pagado para subir al balcón a hacer el canelo. —Marc, mi más fiel salvador de momentos incómodos.
No le contesto; estoy sin habla. Lo que tenemos delante es digno de admiración.
Estamos en la entrada de un pasillo cuyas paredes están totalmente empapeladas con cartas, notas llenas de firmas, frases y declaraciones de amor.
Rojo, azul, amarillo, verde...: todos los colores están aquí concentrados para crear uno de los sitios más espectaculares que he visitado jamás.
Vamos avanzando por este pasillo que está lleno de gente que, como nosotros, no puede apartar los ojos de las paredes.
Una vez que acaba esta especie de túnel, pisamos el patio de Julieta, ese que vi por primera vez en la película.
«No me lo puedo creer: estamos aquí de verdad».
Saco mi móvil, me hago un selfi y se lo paso a Gi, con una frase que dice: «Te echo de menos. Ojalá estuvieses aquí».
Giro sobre mí mismo mirando todo lo que me rodea y la veo a ella, a Julieta, que está siendo manoseada por un montón de turistas.
Y yo me muero por tocarle la teta. No por tener un fetiche con las estatuas ni nada por el estilo, sino porque dicen que da buena suerte, así que no quiero desaprovechar la oportunidad.
Cande y Marc están haciendo fotos a todo lo que ven a su paso. Uno, con una cámara que vale un riñón, y la otra, con una desechable. Esta mujer debería cambiar de método; creo que al final se gasta más dinero así que con una cámara profesional.
A quien no veo es a ella y me pongo nervioso de inmediato. ¿Dónde está? Unos segundos después la encuentro al fondo del todo, delante de una especie de verja que está llena de candados. Está sonriendo y es la sonrisa más bonita que he visto en toda mi vida.