55. Una consulta indiscreta, una imagen transformada, una prima cabreada y un trueque de catre
Una consulta indiscreta, una imagen transformada, una prima cabreada y un trueque de catre
Fabiola
—¿Estás segura? —me pregunta Candela.
—Por supuesto que lo estoy. No sé qué es lo que ha pasado, pero lo noto muy distante conmigo.
—Fabs, sé que no te gusta hablar de estos temas, pero ¿ha pasado algo entre vosotros en lo que llevamos de viaje?
—No —miento un poco. Nos besamos, pero fue por la estúpida lista.
—No sé si creerte.
—De verdad que no. Hemos tenido momentos de intimidad y nos hemos contado ciertas cosas, pero nunca hemos llegado a nada más.
—¿Te frustra que no se llevase a cabo?
—No, me frustra no saber qué le pasa ahora mismo, porque está claro que algo hay y, por más que le doy vueltas, no soy consciente de haber hecho nada malo.
No le he puesto ni una mala cara ni un mal gesto; tampoco me he metido con sus pintas ni he hecho ningún comentario sobre nada que me haya podido contar de su vida.
Además, en Bérgamo lo noté mucho más distante, pero ayer creí que ya se le había pasado.
—Sí, vi que te enseñó algo en su móvil cuando entramos en el Duomo. —Candela y su análisis de todo lo que hay a su alrededor.
—Me mostró un dibujo que había hecho un pintor callejero del lugar. Por lo visto, es un muchacho que tiene poder adquisitivo, pero se dedica a viajar con sus témperas y a dibujar sitios emblemáticos para luego venderlos y donar las ganancias a fines sociales.
—Qué guay.
—La verdad es que, por lo que vi, es un auténtico artista. Es sevillano. Izan lleva años siguiéndole la pista. Cuando se acercó a mí para enseñármelo, pensé que ya estaba todo bien..., pero ha sido salir hoy del hotel y ver que me equivocaba.
—Lo que no entiendo es que os quedéis todas las noches escuchando la cancioncita juntos. Si yo quisiera alejarme de alguien, no haría eso.
—Yo tampoco, pero solo él sabe cómo funciona su cerebro.
—¿Te gusta? —me pregunta mientras entrelaza sus dedos con los míos.
—Sabes que no puede gustarme —contesto derrotada.
—No me jodas, Fabiola.
—Me has llamado por mi nombre; esto va a doler.
—Dime por qué se supone que no te puede gustar Izan. Es bueno, atento, trabajador, amigo de sus amigos y muy guapo. Lo tiene todo —afirma con total convencimiento.
—No, no lo tiene todo.
—¿Y qué le falta, según tú?
Detecto que mi prima está empezando a enfadarse, prueba de ello es que se suelta de mi mano, y esta vez no le quito razón, pero no lo puedo remediar, es como si estuviese programada con estos pensamientos clasistas que me hacen más mal que bien.
—Pues le falta un buen estilista —contesto no de muy buenas maneras, es la forma que tengo de intentar ponerme un escudo—.
De arriba abajo, empezando por esas greñas y siguiendo por alguien que le renueve el armario.
Y que le queme todas esas riñoneras horteras que lleva.
Necesita un nuevo teléfono, porque incluso nuestros abuelos antes de morir tenían uno más moderno que el suyo.
Luego, todos esos anillos, pulseras y collares que lleva seguro que son de los que te acaban dejando la piel verde.
Estoy convencida de que ni siquiera son de plata, vamos.
Y encima... es repartidor, Candela. Sabes que yo no podría estar nunca con alguien que tuviera un trabajo así.
Lo suelto todo de carrerilla y veo cómo a mi prima se le están llenando los ojos de lágrimas.
«Mierda».
—¿Eso es lo que piensas también de mí? ¿Que nadie de tu estatus social podría enamorarse de alguien como yo?
Por nada del mundo quería que se sintiese aludida por lo que acabo de decir.
—¿Qué? ¡No! Y lo sabes.
—No, contigo ya no sé nada. No me gusta cuando eres así y... necesito alejarme un poco de ti.
Nunca he sentido un disparo al corazón, pero siento como si acabasen de dármelo.
—¿Qué? —planteo con un hilo de voz.
—Que no quiero estar contigo ahora mismo, Fabiola.
Estoy harta de que con esos comentarios asquerosos des a entender que estás por encima de los demás.
.., cuando no lo estás. Pero no voy a volver a tener esta conversación porque ya estoy hasta las narices de repetírtelo.
¿Sabes lo que me da pena? Que tendrás mucho dinero, pero estás muy sola.
Y vas a seguir estándolo como no cambies tu manera de pensar.
Eso, o que te folles a algún amigo pijo de los tuyos.
Mira, siempre puedes intentarlo con Aitor, que es igual de gilipollas que tú.
Por supuesto, según tú, yo tendré que estar con un barrendero, un camarero que curre hasta las tres de la mañana por un sueldo de mierda o un mecánico que esté siempre pringado de grasa.
¿Es eso? ¿Mi origen humilde, mis pintas y yo no optamos a que se enamore de nosotros un buen abogado, un cirujano pediátrico o un ingeniero petrolero?
No puedo seguir con esto... Cuando lleguemos a Verona tienes dos opciones.
Voy a hablar con Marc e Izan para preguntarles si podemos hacer un cambio de habitación, prefiero dormir con cualquiera de ellos dos antes que contigo, así que te tocará quedarte con el otro, esa es la primera opción.
La segunda: teniendo en cuenta los múltiples ceros de tu cuenta corriente, te coges una habitación de princesita para ti sola.
Y, sin más, se va dejándome sola y observada por el resto de los pasajeros de este tren. Yo solo rezo para que ninguno entienda nuestro idioma.