Si tú supieras 54. Una cafetería de tren, un alejamiento, una cara de fragilidad y un miedo latente
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54. Una cafetería de tren, un alejamiento, una cara de fragilidad y un miedo latente

Una cafetería de tren, un alejamiento, una cara de fragilidad y un miedo latente

Izan

—Cuéntame de una puta vez qué es lo que te pasa y no me digas que nada o te juro por Dios que te corto los huevos.

Marc y yo estamos en la cafetería del tren que nos lleva a Verona, lugar que las chicas se mueren por visitar.

Sé a qué viene esta pregunta: es por mi cambio de actitud con Fabiola.

He intentado ser lo más cordial posible con ella, pero guardando al máximo las distancias.

A pesar de esto, sigo sin olvidarme de nuestro ritual nocturno de escuchar la canción juntos.

—¿Cuánto dura este trayecto? —intento cambiar de tema.

—¿Lo preguntas por despistar o para saber el tiempo que tienes para darme una buena explicación?

—Tú primero dímelo y luego te saco de dudas.

Dudas tiene, porque se está pensando muy mucho darme una respuesta.

—Poco más de una hora, y ya llevamos veinte minutos aquí metidos, así que desembucha rápido.

Marc no tiene demasiada paciencia, y conmigo, menos.

—Vale. Pues... digamos que le dije algo, pero no me oyó porque se había quedado dormida.

—¿Y ya está? —indaga mirándome con expresión de no entender nada.

—Fue una señal de que era una mala idea.

—¿Qué cojones le dijiste? No sé, ¿le ofreciste participar en una orgía en una comuna hippie ? —suelta elevando los brazos en un gesto de incredulidad.

—¿Qué coño dices, tarao ?

— Tarao tú, que llevas demasiado comportándote como un imbécil por una supuesta señal divina. Vamos, no me jodas. ¿Qué le dijiste?

—No te lo pienso contar.

Me reta con la mirada, pero no claudicaré; no voy a confesar lo que le dije esa noche.

—Yo solo sé la cara que se le quedó cuando se montó de nuevo en un funicular, el de Bérgamo, y tú te largaste de su lado porque quisiste ver las vistas.

.. Claro, en Como, que duraba siete minutos, te la peló, pero en ese otro, que eran solo dos, te moriste por ver la ciudad desde las alturas en todo su esplendor. Conmigo no cuela.

Después del día que pasamos en Como, esperamos a que Marc y Cande llegasen a Milán y así decidir qué hacer.

Volvimos a coger un tren y nos desplazamos a Bérgamo, un lugar espectacular que divide su ciudad en dos partes: el centro de la ciudad y la ciudad alta.

Se puede llegar a esta última caminando, pero Cande le pidió de nuevo a su prima que le hiciese el favor de subir al funicular y ahorrarnos un buen tramo de caminata.

La medio convenció diciéndole que tan solo eran doscientos cuarenta metros recorridos en dos minutos y que no se iba a enterar.

Cómo no, lo hizo. Eso sí, en cuanto se subió, se sentó a mi lado y se pegó mucho a mí, como pidiendo auxilio.

Y yo, que sé el pánico que siente en esas ocasiones, hui con el rabo entre las piernas.

Nunca mejor dicho. No me enorgullezco de ello.

—¿Y qué cara puso? —Tengo claro que la respuesta me va a doler.

—De fragilidad, Izan. Y no me gustó un pelo. Por favor, cuéntame qué es lo que pasa.

Dudo mucho, pero, joder, es mi hermano.

—Estoy aterrado; creo que estoy empezando a sentir cosas por ella.

—Pero ¿cosas de qué tipo?

—No te preocupes, ya me conoces: no soy de los que a los pocos días de conocer a alguien van gritando a los cuatro vientos que ha sentido un flechazo y es amor a primera vista.

No es eso. Pero es algo raro que no puedo explicarte con palabras porque no sé cómo expresarlo.

Simplemente, me gusta estar con ella, la observo más de lo que me gustaría y siento que tenemos una especie de atracción recíproca.

Creo que ella tampoco es muy dada a relaciones de este tipo.

Ya ves que su mejor amiga es su prima y en lo que llevamos de viaje no la he oído nombrar a ninguna más.

Juraría que es igual de hermética que yo.

Bueno, quizá podamos ser mejores amigos. Quién sabe.

—Vale, no es nada sexual ni de enamoramiento, pero ambos somos conscientes de que os acostasteis el día que os conocisteis —me recuerda.

—Sí, pero no me parece que acostumbre a hacerlo.

Es más, me dijo que había sido la única vez en su vida.

Todos sabemos lo que le pasa: está en una especie de transición en su vida donde quiere hacer las cosas a su manera y está experimentando cosas nuevas que quizá en casa no se ve preparada a llevar a cabo.

A mí lo que me aterra es que lo que estemos creando aquí, una vez que volvamos, se pierda. ¿No te jodería no volver a ver a Cande?

—Yo ya no puedo vivir sin semejante perraca —afirma poniendo cara de horror de solo pensarlo.

—Pues eso es lo que me pasa a mí con Fabiola. Me encantaría que formásemos parte de la vida del otro, sea del modo que sea. No quiero que nos convirtamos en un par de desconocidos que han compartido algo que se lleve el olvido.

—¿Crees que podrías llegar a enamorarte de ella?

—¿Quién dice de esta agua no beberé?

—Me asombra que no lo niegues rotundamente.

—Eso es porque no quiero hacerlo. Quiero conocerla. Pero... algo me dice que me partiría en mil pedazos, y no puedo volver a pasar por eso otra vez.

—Pero solo...

—Lo sé, en mi vida solo he querido conocer a Celeste y tú mismo estuviste a mi lado hasta que logré coser todas las heridas que me dejó.

Por eso mismo me conformo con una amistad.

No puedo permitirme que se me meta dentro, Marc.

No puedo. Y justamente por eso tengo que tomar ciertas distancias de momento.

Me encantaría que no fuese así, pero sé que, si pasara algo, me destrozaría si saliese mal.

—Si no le das una oportunidad, nunca sabrás lo que pudo haber sido.

Marc y Gi no estarán tranquilos del todo hasta que no me vean enamorarme de nuevo; soy consciente de ello. Sin embargo, respondo lo único que siento ahora mismo.

—Ya, pero no puedes echar de menos algo que no has tenido.