Si tú supieras 52. Un contacto nocturno, un calor corporal y una revelación sin respuesta
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52. Un contacto nocturno, un calor corporal y una revelación sin respuesta

Un contacto nocturno, un calor corporal y una revelación sin respuesta

Izan

No tengo ni idea de qué hora de la madrugada es, pero lo que sí sé es que noto cómo se hunde parte de mi colchón. Con ese hundimiento llega un cuerpo con una temperatura corporal demasiado baja para mi gusto. Abro los ojos y veo que me está mirando.

—No consigo entrar en calor, pero, si te molesto, me vuelvo a la otra cama sin ningún problema. De verdad. Siento haberte despertado.

—Tú de aquí no te mueves. Ven, acércate más —le digo mientras la pego a mi pecho.

—Gracias... Es que no sé qué me pasa, pero no logro entrar en calor ni conciliar el sueño.

—Ya verás como en nada conseguimos ambas cosas mientras te distraigo. Venga, ¿qué quieres que te cuente?

—Me he quedado con las ganas de saber en qué cacharros de esos te has subido en tus viajes por el mundo.

—La lista es extensa. He subido en funiculares en Portugal, en Reino Unido, en Suiza, en la República Checa, en Francia..., entre otros. Y para qué hablar de los que tenemos en casa.

—No sé nada sobre ese tema, pero veo que a ti te apasiona sobremanera. ¿Hay más cosas que te gusten tanto?

—Sí, soy una caja de sorpresas. Por ejemplo, tengo la casa llena de álbumes de fotos. Me encanta tenerlas en papel y todas las semanas me siento un rato a mirarlas. Me hace recordar buenos tiempos y algunos que no lo son tanto, pero son experiencias que me han convertido en quien soy hoy.

—Eso es muy bonito.

—Es real. ¿No te gusta mirar fotos?

—Las veo en el móvil. Recuerdo que, cuando era pequeña y mi prima y yo íbamos a casa de mis abuelos, nos tenían entretenidas enseñándonos fotos y contándonos la historia de cada una de ellas.

Las tenían todas guardadas en las típicas cajas de latón de las galletas.

De ahí ha sacado mi prima su pasión por las cámaras desechables.

Mis abuelos le regalaron una de esas antiguas, pero la tiene en casa, expuesta como si estuviese en un museo.

Nunca deja que la toque. Para ella es su tesoro más preciado.

—Me gusta mucho tu prima —digo sinceramente.

—Ya... te entiendo. Le gusta a todo el mundo.

—Me gusta como persona, Mambita, no como nada de lo que estoy seguro de que se te está pasando por la cabeza —aclaro—. ¿Y qué me cuentas de ti?

—Bueno, no tengo nada emocionante que contar.

—Piensa un poco; seguro que hay algo.

—No sé... Si quieres puedo contarte cómo me he sentido durante toda mi vida. La verdad es que solo lo he hablado con mi prima y, en alguna ocasión, con mi amigo Aitor.

—Si te sientes preparada, estaré encantado de escucharte.

—Desde pequeña he sentido que no soy demasiado buena, ni demasiado guapa, ni demasiado querida. Creo que es un sentimiento que me acompaña desde siempre. La gente de mi alrededor me ha ido moldeando según sus necesidades.

—Te has sentido utilizada... —Mis dedos recorren su brazo.

—Sí, no has podido describirlo mejor. Mi madre alguna vez me ha exhibido como a una muñeca de porcelana delante de sus amistades.

Me ha tenido a su lado, callada, mientras ella iba explayándose, contando mi impecable historial académico, hablando de mi cuerpo delgado y mi piel sin acné propio de la edad.

Me ha hecho sentir vacía, un monigote al que dirigir.

Lo siguió haciendo hasta que mi padre intervino.

Él fue mi primer salvador. Lo siento por ti, pero es más guapo que tú —dice con un amago de sonrisa.

—Me encantaría conocerlo algún día.

—Quizá lo hagas... Las que se suponían que eran mis amigas se juntaban conmigo para que les prestase ropa y les hiciese buenos regalos en sus cumpleaños, y para que sus padres sacasen beneficio de los míos.

Imagínate ser una cría de diecisiete años que oye que la madre de su amiga le dice a esta que se tiene que aguantar y seguir fingiendo que es mi amiga hasta que su padre firme un acuerdo comercial con la empresa de mi madre.

—¿Eso sucedió? —Odio con todo mi ser a ese tipo de gente.

—Sí, sucedió. En ocasiones sé que soy difícil, que puede que no trate como es debido a todo el mundo.

.., y lo siento mucho, de verdad, pero es que lo hice durante años y me pagaron con mentiras, deslealtades y soledad.

Menos mal que mi prima siempre ha estado ahí para mí y que Aitor jamás me dejó de lado.

—¿Todas tus amigas te hicieron eso?

—No, pero eligieron a la que sí lo hizo cuando yo jamás las puse en esa tesitura. Ella sí y a la vista está que la prefirieron a ella.

—Pues déjame decirte que saliste ganando tú. —No se merecía que la trataran así bajo ningún concepto.

—Ahora, con el paso del tiempo, veo que ha sido así. Pero me lo hicieron pasar muy mal.

—Siento que tuvieses que pasar por ello.

Después de esta última frase que ha salido de mi boca llevamos unos diez minutos de cómodo silencio. Noto que Fabiola empieza a respirar más calmadamente y que su cuerpo ya ha cogido algo de temperatura entre mis brazos.

—¿Puedo preguntarte algo? —Mi voz ha desechado la orden de mi cerebro de no hablar más de lo necesario.

—Humm...

—Bueno, no es una pregunta, es más bien una revelación. Y, por favor, no digas nada hasta que acabe o no seré capaz de continuar ni de repetirlo...

»Me gustas. Me gustas mucho, y no de la manera en la que me gusta tu prima.

Me gusta cómo estás en Babia cuando piensas en a saber qué.

También el brillo que se instala en tus ojos cuando hablas de Candela.

Se nota que no puedes vivir sin ella a pesar de ser tan diferentes.

Me encanta que te enfrentes a tus miedos y, sobre todo, que te estés abriendo poco a poco conmigo a pesar de no ser lo que esperas.

No hace falta que lo niegues; a pesar de todo, sé que interiormente piensas así.

Creo que estás librando una lucha contra ti misma por culpa de eso y me reconcome un poco por dentro que lo que estamos viviendo en este viaje se acabe el día en que pisemos Barcelona.

Sé que no somos nada, pero me encantaría que formases parte de mi vida y formar parte de la tuya.

Hubiese puesto la mano en el fuego por lo contrario, ¿sabes?

No creía que nadie pudiera hacerme volver a sentir después de lo de Celeste, pero tú lo estás consiguiendo.

Ya te hablaré de ella más adelante; siento haberte mentido cuando me has preguntado si no había tenido a nadie especial en mi vida.

Yo solo pido que nadie más me destroce el corazón ahora que las tiritas parecen haber hecho su efecto.

Me gustaría que fuésemos buenos amigos y que creásemos una confianza especial como la que parece que están creando nuestros acompañantes de aventuras.

No sé, es algo extraño de explicar, pero contigo tengo sensaciones.

.., ¿cómo decirlo?..., hay algo que me hace querer estar a tu lado.

Puedes estar tranquila, no te estoy hablando de enamoramiento (no hace ni una semana que nos conocemos), pero siento que tenemos algún tipo de conexión y es raro porque las únicas personas en el mundo con quienes la siento son los que considero mis hermanos.

Por ejemplo, nunca hubiese compartido cama con una mujer de esta forma como la estoy compartiendo contigo.

No dejamos de ser unos extraños, pero siento que te conozco demasiado.

Joder, no digo más que tonterías; borra el último minuto de tu mente.

Silencio. Dejo unos instantes para que procese lo que acaba de escuchar y para poder procesar lo que acabo de confesarle.

—¿Quieres decirme algo al respecto?

Más silencio. Bajo la mirada y veo que está plácidamente dormida.

Tiene que ser una señal. Una señal de que todo esto es una mala idea y de que tengo que tomar ciertas distancias con ella. Aunque no quiera.