Si tú supieras 50. Una ducha para entrar en calor, una visita en plena noche y una cena calórica
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50. Una ducha para entrar en calor, una visita en plena noche y una cena calórica

Una ducha para entrar en calor, una visita en plena noche y una cena calórica

Izan

—Necesito pegarme ya una ducha; estoy congelada —me informa cuando estamos frente a la puerta de su habitación y estoy sacando los auriculares para escuchar la canción antes de separarnos—.

Tú deberías hacer lo mismo. Buenas noches, Izan.

Hoy podemos dar por escuchada la canción, ya que lo hemos hecho en el funicular. Hasta mañana.

—Buenas noches, Mambita.

Se mete en su habitación y yo me quedo fuera tiritando de frío.

Tiene razón: debería ir corriendo a la mía y meterme bajo el chorro de agua caliente, pero hay algo que hace que me cueste separarme de ella.

Sé que le he dado a entender que ese beso bajo la lluvia se ha debido a la lista que lleva en el bolso, pero nada más lejos de la realidad.

Lo he hecho porque me muero por besarla a todas horas.

No estaba seguro de qué era lo que estaba empezando a pasarme, pero ahora lo tengo claro: me gusta un montón y quiero tener mi lengua metida en su boca muchas veces al día.

Aun así, giro sobre mis talones y me obligo a dirigirme a mi habitación.

Nada más cerrar la puerta, voy al baño y abro el grifo de la ducha.

Me desnudo y me meto dentro. Necesitaba esto como el comer.

Una vez que salgo y me seco, me pongo el pijama y me tumbo encima de la cama. Ya es de noche y no he sabido nada más de Marc, pero sé que Candela con él está en buenas manos y seguro que mañana amanece más animada.

Ya llevo una hora en la cama sin poder dormir cuando oigo un ruido, que no logro identificar del todo. Creo que ya estaba en un principio de duermevela. Vuelve a sonar y me doy cuenta de que proviene de la puerta.

Me levanto y abro.

—Esto..., no consigo entrar en calor. ¿Te importa que duerma aquí?

—Claro que no. Pasa. —Me hago a un lado.

—No quería molestar, pero es que, al salir de la ducha y ponerme el pijama, pensaba que no tendría problema.

—Diría que ese pijama tuyo tampoco tapa demasiado...

Ella lo llama «pijama»; yo lo llamo «provocación para mi mente perversa».

—Ya, bueno..., no pensé que fuese a pasar frío en pleno junio. Culpa mía. Además, me he dado cuenta de que no hemos cenado nada y..., vale, lo reconozco, quizá soy un poco cagada cuando viajo y estoy sola por las noches.

—¿Quieres que te confiese una cosa? Yo también —comento para que no se sienta así. Se lo veía en la cara—. Yo también tenía hambre. Vamos a hacer una cosa.

Me quito la parte inferior del pijama bajo su atenta mirada, me pongo un pantalón de algodón gris y una sudadera del mismo color, y me calzo unas deportivas.

—Métete en la cama y yo voy a coger algo para cenar. Al venir he visto que, a la vuelta de la esquina, hay un restaurante de comida rápida. Sé que no es lo que más te entusiasma, pero no hay otra cosa a estas horas. ¿Alguna petición?

—Una hamburguesa de pollo con queso cheddar, bien de beicon y mucha salsa barbacoa. Repito: mucha barbacoa —recita sin ni siquiera respirar.

—Esa es mi chica —digo entre risas—. Quiero que sepas que estoy muy orgulloso. Vuelvo antes de que me eches de menos. Pon la tele si quieres, para no sufrir por mi ausencia —suelto mientras sigo con la sonrisa en los labios.

Cuando entro de nuevo en la habitación con la cena, veo que se ha cambiado de cama y se ha metido en la mía. Me quedo mirándola con cara de asombro y a ella se le sonrojan las mejillas.

—Es que la tele se ve mejor desde este ángulo.

La verdad es que tiene toda la razón. Voy hacia ella y saco todo el arsenal de comida que acabo de comprar.

—¿Y todo esto? Es mucha comida. Dime cuánto te ha costado y te hago un bizum.

Hace amago de coger el móvil y le lanzo una mirada de reproche.

—Casi todo esto es para este cuerpo, que no se alimenta solo. Y, por supuesto, yo invito.

—No, no, yo lo pago. Es lo menos que puedo hacer, ya que me dejas quedarme aquí contigo.

—¿Crees que es una penitencia para mí o algo por el estilo? —pregunto sonriendo.

—No, pero...

—Pues deja de decir gilipolleces. Todo el tiempo que estamos hablando, no estoy masticando, y te recuerdo que tengo mucha hambre.

—¿Eres capaz de comerte todo esto? —Está realmente sorprendida.

—Si tú supieras de lo que soy capaz... Toma, tu hamburguesa. Le he dicho como he podido a la chica que me echase muuucha salsa barbacoa.

—Pues creo que te has explicado genial. Sobresale por todos lados.

La mira como si fuese una de las siete maravillas del mundo.

—Confieso que me ha sido muy fácil. Me ha atendido la buena de Carolina, nacida en México.

—Eso es trampa.

—Ha sido majísima y por ello le he dejado una suculenta propina.

—Ya...

«Ya». Esas dos letras que pueden significar muchas cosas. En este caso, «seguro que le has dejado un mísero euro porque tu sueldo de repartidor no da para más».

«Si tú supieras, Mambita... Si tú supieras...».