49. Una preocupación, un audio de WhatsApp y un retorno a Milán
Una preocupación, un audio de WhatsApp y un retorno a Milán
Fabiola
Un minuto. En un solo minuto esto se parará y yo volveré a respirar con normalidad. Justo cuando dejo de mirar mi reloj, se oye un trueno que hace que la luz se vaya por una milésima de segundo. El gritito me sale sin pensarlo, pero es que ahora mismo sí que puedo afirmar que estoy muerta de miedo.
—Chist, estoy aquí.
«Menos mal», pienso. Parece que ha sido un acierto que Izan dijese que fuésemos bajando por si el tiempo empeoraba. Ahora mi preocupación se instala en mi prima y Marc, que se han quedado arriba y al borde de un...
—Dios mío, Izan. ¿Y si les ha pasado algo?
—No te preocupes: he visto que Marc me ha escrito y están resguardados en el mismo lugar donde los dejamos.
Me tenso y él lo nota.
—En la cafetería, mujer.
Me relajo un poco pero no digo nada, tan solo quiero que esto se termine porque ya no puedo más.
Hemos llegado. Me deshago del abrazo de Izan y salimos intentando resguardarnos de la lluvia, que cada vez cae más tempestuosa. Los truenos y relámpagos parecen mantener una lucha cuerpo a cuerpo por ver quién es el más fuerte. ¿Cómo ha podido cambiar el día así de un momento a otro?
—Marc acaba de mandarme un audio —informa Izan poniéndose el móvil contra una oreja—. Dice que lo escuchemos los dos.
Le da a reproducir y sube el volumen al máximo para que podamos entender algo a pesar de los gritos que el cielo está pegando.
Chicos, os vais a tener que ir sin nosotros de vuelta a Milán.
Como veis, esto empeora y aquí arriba se ha ido la luz.
No hace mucho, cosa de un minuto. No sabemos cuánto tardará en volver y, además, no nos parece seguro bajar en el funicular, ya que podríamos quedarnos colgados a medio camino.
La alternativa sería pillar un taxi, pero en este pueblo hay pocos y, en este momento, todos ocupados debido a la tormenta.
Al lado de la cafetería hay un hotelito.
Hemos preguntado y hay sitio, así que vamos a quedamos aquí y mañana a primera hora nos reunimos con vosotros.
Dile algo a tu prima para que se quede más tranquila. ..
Ahora quien habla es Candela.
Fabs, cariño, no te preocupes por nosotros, que todo está bien. Mira, voy a dormir con un buen maromazo. Un besito, chicos. Id con cuidado.
Y Marc es quien termina el audio.
Pues eso, que mañana nos vemos. Pasadlo bien.
«Algo va mal».
—¿Has notado rara a mi prima? —pregunto girándome hacia Izan.
—No. ¿Por qué lo dices?
—La he notado algo agitada... Déjalo, serán cosas mías.
—Tal vez está preocupada sabiendo que tú no estás tranquila con toda esta situación. Venga, vamos a la estación.
Vamos lo más rápido posible pero igualmente acabamos calados hasta los huesos.
Por suerte, llegamos diez minutos antes de que nuestro tren salga y solo tenemos a tres personas delante para sacar el billete.
Una vez que los tenemos, vamos a paso ligero hacia el tren y subimos.
Estoy congelada. Literalmente. Tengo los pantalones pegados a la piel y mi blusa blanca deja poco a la imaginación, ya que se me ha transparentado del todo y deja ver el sujetador de encaje rosa malva que llevo debajo.
Izan me mira de arriba abajo y yo hago como si nada, porque siento que está desnudándome con los ojos y en estos momentos estoy muy nerviosa.
Me siento lo más alejada posible de la puerta para no sentir frío cada vez que hagamos una parada y esta se abra.
Izan se instala a mi lado y veo que está igual de empapado que yo.
La camiseta se le ha adherido a los hombros, a los pectorales y a los abdominales.
.. y me estremezco. No sé si es por el frío o por lo que él provoca en mí, ya que el espectáculo que tengo al lado es impresionante.
—Joder, estás helada —dice tocando mi mano.
Vuelve a juntarme a él y me frota el brazo, haciendo lo mismo con mi muslo con la mano que tiene libre.
—No vas a conseguir que entre en calor. Estás igual de mojado que yo.
—Da igual, acabaremos cogiendo temperatura corporal.
«Pues sí, tiene razón», pienso.
«Deja de pensar esto», me recrimino.
—Dime que tenemos las llaves del coche nosotros —suelto de repente.
—Sí, las tengo en la riñonera.
—Que también está empapada...
—Tranquila, por dentro es impermeable. Está todo seco. De todas formas, si se mojasen las llaves, tampoco pasaría nada. No son de papel.
—Tienes razón, ya no sé ni lo que digo.
Silencio. Solo oigo el ruido del tren, el ritmo de mi pulso acelerado y la respiración un tanto agitada de Izan.
Nos estamos observando fijamente y una gota centra toda mi atención.
Le cae por en medio de la frente, le baja por la nariz y se para justamente sobre el borde de su labio superior.
Mi mirada ha seguido su viaje hasta llegar a ese destino y ahora no puedo apartar mis ojos de su boca.
Me obligo a hacerlo subiendo la vista de nuevo a los ojos, que ya me estaban esperando.
¿Alguna escena de peli romántica con algo similar a lo que estoy experimentando ahora mismo?
Pues no lo sé, en este instante no pienso con claridad.
Solo sé que, si ya me parecía guapo, esta estampa me parece impresionante.
La gente que sube en la siguiente parada nos saca de nuestro trance, ese en el que quería seguir sumida.
—Joder, estás temblando. Ven aquí.
Me cobija completamente con su cuerpo y yo solo puedo pensar en que mi temblor no es por el frío, como él cree, sino que el causante es lo que me hace sentir.
—Fabiola, es nuestra parada —susurra bajito en mi oído al rato.
Los últimos minutos, a pesar de lo destemplada que estoy, me he quedado en una especie de tranquilidad en la que no he sentido ni padecido. Izan me ayuda a levantarme y nos ponemos en la plataforma de la puerta para bajar lo más rápido posible una vez que se abra.
Cuando salimos de la estación hacia el coche de alquiler, los charcos son inmensos. No ha parado de llover en todo el trayecto y parece que aquí en Milán también ha diluviado.
—¿Recuerdas dónde lo hemos dejado? Porque yo estoy perdidísima.
No obtengo respuesta, así que me doy la vuelta y me encuentro a Izan parado a tres metros de mí.
—¿Se puede saber qué haces? —pregunto acercándome a él.
Pasea su mirada por mi cuerpo de abajo arriba, deteniéndose en mi cara.
Acerca una de sus manos a mi pelo empapado y me mete por detrás de la oreja un pequeño mechón que tengo pegado a mi piel, dejando descansar su mano sobre mí.
Acorta los centímetros que nos separan y su otra mano se posa en mi cintura.
—¿Qué pasa? —planteo con un hilo de voz.
Las grandes gotas de lluvia siguen cayendo sobre nosotros mientras unos cuantos transeúntes pasan a nuestro lado corriendo para que el agua no los cale como a nosotros.
—Izan, te he preguntado qué pasa.
—Que eres muy bonita.
Antes de que me dé tiempo a reaccionar, noto cómo su mano se mueve desde la zona de mi oreja hasta mi nuca, cómo la otra coge con más ansia mi cintura y cómo sus labios entran en contacto con los míos, haciendo que este se haya convertido en el beso más apoteósico de toda mi vida.
Me aferro a su ropa con ganas y pego mi cuerpo completamente al suyo, provocando que nuestras prendas mojadas se conviertan en una sola.
De nuestros cuerpos emana un calor corporal nada propio teniendo en cuenta que estamos chorreando.
La lluvia ahora cae aún con más ferocidad, similar a la que estamos empleando en este beso que no quiero que acabe.
Nuestras lenguas se están pegando el baile de su vida, mis pechos matarían por estar en contacto con el suyo sin nada de por medio y mi nivel de excitación está en el punto más alto que he experimentado nunca. Justo cuando voy a gemir fuertemente, Izan se aparta de mí.
—Ya puedes tacharlo de tu lista —dice todavía jadeante.
—¿Cómo? —le pregunto desconcertada.
—Te he hecho vivir un beso de película al más puro estilo Allie y Noah.
—Pero yo...
—Creo que lo ha añadido tu prima, ya que era una letra distinta. Creía que sabías todo lo que hay en ese listado.
—Sí, claro... ¿Gracias?
—Ha sido un auténtico placer, Mambita. Estoy aquí para servirte.
Nos miramos en silencio y empezamos a correr hacia el coche. Al rato, llegamos por fin a nuestro hotel.