48. Un mal de amores, una llamada de socorro y una excusa sacada de la manga
Un mal de amores, una llamada de socorro y una excusa sacada de la manga
Izan
Fabiola y yo vamos caminando por detrás de Marc y Candela en silencio, pero no uno incómodo.
—¿Tú sabes a qué se referían estos dos antes? —me plantea Fabiola.
—Ni idea. Lo único que sé es que tu prima y mi amigo son tal para cual.
—Tienes toda la razón.
Llevamos ya dos horas en Brunate y decidimos sentarnos en una terraza a tomarnos algo a pesar de que ya está empezando a refrescar. Noto a Candela algo inquieta, mirando el móvil cada poco, pero la verdad es que no la conozco tanto, por lo que no sé si es su estado natural.
—Voy al baño —dice de repente.
—¿Te acompaño? —le pregunta Fabiola.
—No te preocupes.
Vemos que se aleja y noto cómo mi amigo la mira de forma extraña. Pasado un minuto, Marc está en su mundo, ajeno a nuestra charla, y por eso decido mandarle un mensaje a pesar de estar a mi lado. Si pasa algo con Candela, no quiero que Fabiola se asuste.
¿Todo bien con Cande?
Nada de lo que preocuparse.
Eso quiere decir que pasa algo.
Parece que es algo relacionado con el mal de amores, pero todavía no me ha contado mucho. Eso sí, Fabiola no sabe nada. Te ruego discreción.
¿No sabe nada? No parecía que se tuviesen secretos.
Al parecer, se trata de algún amigo en común. Espera, me ha escrito. Dame un segundo.
Miro a Marc y veo que en su cara se instala cierta preocupación.
Está llorando. Me pide que vaya al baño. Tienes que inventarte algo para llevarte a Fabiola de aquí. YA.
—Chicos, perdonad, tengo que ir al baño yo también.
Fabiola ve cómo se aleja ajena a lo que está sucediendo en los baños de esta cafetería italiana. ¿Quién será ese amigo en común? Y, lo que es francamente raro, ¿por qué Candela no se lo ha contado a su prima? No suelo ser cotilla, pero esto, de pronto, me intriga mucho.
Busco rápidamente algo que me sirva de excusa en mi móvil y la verdad es que no encuentro gran cosa. Solo...
—¿Te importaría acompañarme a una pequeña iglesia que hay por aquí cerca? —suelto haciéndome el tonto.
—¿Qué?
—Resulta que he visto que hay una iglesia a unos diez minutos de aquí en la que a veces hay música en directo. Ya sabes, seguramente tocarán el piano y habrá gente cantando cánticos extraños. Típico de las pelis.
—Cánticos te voy a dar yo a ti... ¿Y mi prima y Marc? Están tardando un montón —dice mientras mira su reloj, extrañada.
—Exagerada. No han pasado ni dos minutos. No te preocupes, voy dentro a pagar y miro a ver qué hacen.
Me levanto y voy directo al interior del local, comprobando de reojo que Fabiola no venga detrás y me chafe el plan. Pago y salgo.
—Vaya dos... Dicen que vayamos tirando, que van a salir por detrás. ¿Te puedes creer que por el otro lado de la cafetería hay una salida que da a una especie de acantilado? Si quieres, podemos ir con ellos; estaban emocionados por ir a verlo.
Una mentira piadosa, en ocasiones, no es pecado.
Me ha salido una jugada maestra.
—¿Tú estás loco? Si casi me desmayo montando en el cacharro ese como para asomarme y ver mi vida pasar contando los metros que hay hasta el suelo. Ni de coña. Entiendo que mi prima no me haya dicho nada. Vamos a ver tu iglesia.
Veinte minutos después (nos hemos equivocado de camino un par de veces; gracias, Google Maps) llegamos a nuestro destino.
—No puede ser verdad... —mascullo.
Lo es. Está cerrada por reformas y lo único que pienso es que no sé qué hacer con Fabiola para que no quiera volver corriendo a reencontrarse con su prima. Marc me ha mandado un mensaje cuando estábamos de camino diciéndome que la cosa se había complicado y que iba para largo.
—¿Qué más puede pasar? Pienso poner una queja por no avisarlo en internet.
Fabiola lleva su vista al cielo cuando termina la frase. Bueno, nada más decir eso... veo el impacto de una gota contra su nariz.
—Es broma, ¿verdad?
—Pues parece que va a llover...
—Izan, ¡cállate! No tiene gracia. ¿Qué hacemos?
Empieza a secarse las gotas que van cayendo cada vez con más ritmo.
—Anda, que seguro que en el cine bien que te encantan las escenas bajo una lluvia torrencial.
—Ya que estás tan puesto, dame algún ejemplo.
— El diario de Noah , Querido John , Spiderman , Piratas del Caribe , Sweet Home Alabama ...
—Vale, lo pillo —lo corto riéndome.
—Como ves, unas gotas de lluvia pueden darnos grandes momentos. ¿Qué quieres que hagamos?
—Creo que lo mejor será volver a coger el cacharro ese, como tú lo llamas, y esperarlos abajo. Si volvemos a ir donde están, nos llevará el doble de tiempo. Y si se pone a llover a base de bien, quién sabe si...
—Vale, no quiero oír cómo termina esa frase —me interrumpe—. No quiero morir tan joven. Aún tengo que casarme, tener hijos... Ese tipo de cosas.
—¿Quieres casarte y tener hijos?
—No lo sé, no pienso con claridad en estos momentos. Me has puesto nerviosa dándome a entender que puedo morir en ese funicular. Venga, quiero acabar con esto cuanto antes.
Diez minutos después estamos sentados de nuevo en el objeto de las pesadillas de Fabiola. El viaje comienza y yo paso mi brazo por su espalda y la acerco a mí. Ella apoya la cabeza sobre mi pecho y la noto bastante rígida. Sé que no es por mí.
—Te late muy rápido el corazón, Izan. ¿También tienes miedo?
—Mucho... —digo en un susurro.
—Tranquilo, que yo estoy contigo.
Si ella supiera que ese es el problema de mi miedo, que está conmigo...