47. Un cambio de tema, una ayuda musical y un sarcasmo
Un cambio de tema, una ayuda musical y un sarcasmo
Fabiola
—¿Estás bien? —le pregunto a Izan mirándolo con preocupación.
—Eh... Sí, claro. Solo estaba pensando.
—Te has quedado totalmente traspuesto. Te recuerdo que la que está teniendo un ataque de pánico aquí soy yo, no tú.
—Lo sé, lo sé. Es solo que estaba recordando una cosa, pero no tiene importancia —miente—. Contestando a tu pregunta, no. Realmente, mis primeras veces no fueron nada especiales.
—¿Sabes? Sé que no estás siendo sincero conmigo, pero entiendo que aún no quieras compartir eso que te reconcome por dentro, porque se nota que lo hace. Somos amigos, ¿vale? Estaré aquí para cuando te sientas preparado.
Poso mi mano sobre la suya y le doy un apretón.
—Te lo agradezco de veras, pero no hay de qué preocuparse. Venga, que ya llevamos cuatro minutos aquí. Eres una campeona.
—Sí, tú cambia de tema.
Error garrafal. Giro la cabeza hacia la izquierda y puedo ver tras la ventana la subida que llevamos ya alcanzada.
—Ay..., me muero —suelto al borde de un ataque.
Izan me coge la cara para que deje de mirar hacia allí.
—Venga, no la fastidiemos ahora. Vamos, dime lo primero que se te ocurra.
—No... no puedo..., ahora sí que no.
No puedo por lo que acabo de ver y por su cara a tan poca distancia de la mía. Sé que me repito, pero es que es demasiado guapo.
Izan saca su móvil y sus auriculares. Me pone uno y el otro se lo coloca él. Abre Spotify y la música llega a mi oído.
—Cierra los ojos y transpórtate a la historia.
Hago lo que me indica y poso la cabeza sobre su hombro.
Respiro profundamente y me centro en la melodía.
Me olvido de dónde estoy, de mi miedo, de la gente que tenemos alrededor.
De todo. Solamente me concentro en la música y su cercanía.
La de Izan. Esa que tan bien me hace y que admito que necesitaba.
De repente, una sacudida acelera mi corazón.
«No quiero morir aquí, no quiero morir aquí...».
—Chist, no pasa nada —le oigo decir por mi oído libre.
No tengo claro si es tan solo por la inercia o si, por el contrario, es porque mi contacto con su hombro no es suficiente para mí, pero mi cuerpo se ladea metiendo la cabeza en el hueco de su cuello y mi mano descansa sobre su pecho, notando cómo su corazón se acelera de forma frenética. ¿Por qué le late así de rápido?
Cuando acaba la canción, hemos llegado al final del recorrido. Ninguno dice nada. Me separo de él, le devuelvo el auricular y él me regala una preciosa sonrisa. Los dos hemos pasado miedo aquí dentro, aunque no sepa el alcance del suyo.
—¿No ha sido un pasote? —pregunta mi prima acercándose a nosotros cuando salimos.
—Oh, sí, me lo he pasado de puta madre. Estoy deseando repetir —respondo.
—Últimamente me encantas. Que sepas que yo también me voy a hacer una lista. La voy a titular «Cosas nuevas de Fabiola». Ya he añadido unas cuantas. Malhablada, borracha, sarcástica... Vamos bien, prima. Estoy orgullosa.
—No te soporto.
—Que sí, que sí. Vas a flipar cuando veas las fotos que he hecho.
—¿Habéis hecho fotones? —le pregunta ahora Izan a Marc.
—Ya me lo dirás cuando las veas —contesta este mientras observa con mirada pícara a Candela.
—¿Algo que queráis compartir con nosotros? Porque parece que no nos estamos enterando de nada —inquiero mirándolos a ambos.
—Y que lo digas...
Si mi prima dice esto, secundada por Marc, me espero cualquier cosa.