46. Una historia de primeras veces, un engaño amoroso y un corazón roto en mil pedazos
Una historia de primeras veces, un engaño amoroso y un corazón roto en mil pedazos
Izan
Conocí a Celeste a la tierna edad de once años. Coincidíamos cuando había comidas o cenas de trabajo a las que los mayores acudían con hijos y parejas para propiciar un ambiente lo más familiar posible.
Éramos un montón de niños los que nos juntábamos en esas ocasiones, aunque yo casi siempre estaba solo con Marc y Gisela. Ellos siempre han sido más extrovertidos que yo, aunque también es cierto que yo no era tan reservado como ahora.
Nos veíamos en todas esas reuniones y también en fiestas infantiles, vacaciones de Navidad, celebraciones.
.., ya que mis dos grandes amigos la invitaban.
Así fue como se fue forjando una relación de amistad que se afianzó con los años y que cambió en el decimoquinto cumpleaños de Gi.
Lo celebramos en el sótano de su casa, que hace algunos años constaba de una sala de juegos en la que nos pasábamos muchas horas al día.
No recuerdo a quién se le ocurrió la idea, pero la llevamos a cabo.
Ya sabéis: hacer un círculo, poner una botella en medio, hacerla girar y besar a la persona a la que señalaba.
Pero esa vez venía con un añadido: había que hacerlo dentro de un armario.
Aunque no fuese a ojos de los demás, sabrían si el reto se había realizado.
Nuestros labios hinchados nos delatarían. Y así fue.
Celeste fue la más atrevida del grupo y la primera que cogió la botella.
Estábamos sentados frente a frente y no me quitaba la vista de encima, al igual que yo tampoco se la quitaba a ella.
La fortuna hizo que el cuello de la botella apuntase en mi dirección, provocando que todas mis terminaciones nerviosas se activasen.
Ella se levantó decidida, yo no tanto. Una vez que lo hice, ella, que estaba esperando a mi lado, me cogió de la mano para tirar de mí hasta el armario que había al fondo mientras nuestros amigos se reían con la tontería de la adolescencia. Entramos y cerramos.
—Y el tiempo comienza... ¡ya! —gritó Gisela desde fuera.
Sumidos en la oscuridad, poco a poco nos fuimos haciendo a ella gracias a la poca luz que entraba por las rendijas de las puertas. Celeste fue la que rompió el hielo.
—¿Estás nervioso? ¿No te has besado nunca? La primera vez da un poco de asco con tanta baba, pero luego mola.
—¿Tú ya lo has hecho?
—Sí, unas cuantas veces.
—Vaya... Es mi primera vez.
—Pues tienes suerte de que sea conmigo, que ya tengo experiencia.
Y tanto que la tuve. Llevó la iniciativa en todo momento, me paró cuando moví la lengua demasiado rápido y me dijo que me ayudaría a practicar en más ocasiones.
Y no mintió. A partir de ese día empezamos a vernos cada fin de semana, conociéndonos, besándonos y experimentando, aunque ella llevaba la delantera.
Su cuerpo fue el primero que vi, que lamí y que veneré.
Me puso mi primer condón porque fue la primera con la que tuve sexo.
También el oral. Fue mi primera y única novia, que estuvo a mi lado los seis años siguientes.
El día que les dijimos a nuestros padres que teníamos una relación ya llevábamos juntos un año.
Encajaron la noticia con la mayor de las sonrisas y, cuando llegamos a la veintena, y sabiendo que ya llevábamos cinco años juntos, empezaron a insinuarnos que ya era hora de compartir piso y empezar a pensar en una vida adulta en común, aunque éramos muy jóvenes todavía.
Yo estaba pletórico, ya que lo quería todo con Celeste. Me pasaba el día mirando inmobiliarias por internet a pesar de estar aún en la carrera y no tener un duro propio.
Cada vez que le enseñaba un piso, ella me respondía que era muy mono por mi parte invertir mi tiempo en eso, pero que deberíamos centrarnos primero en acabar nuestros estudios y que, una vez que lo hubiésemos hecho, lo primero que haríamos sería ir juntos de la mano a ver nuestro siguiente hogar.
Cuando le contaba los planes de vacaciones que tenía con Marc y Gisela y le pedía que se apuntara, ella me respondía que le encantaría acompañarnos pero que tenía que pensar en su formación, que no podía perder el rumbo que llevaba.
Sus padres la animaban a venir, diciéndole que todos éramos muy buenos estudiantes y que por eso nos merecíamos unas vacaciones para que conociésemos mundo. Ni aun así...
Creo que Marc y Gisela ya veían señales, pero yo estaba ciego de amor por ella.
Debo mencionar en defensa de mis amigos que me intentaron advertir en muchas ocasiones que algo estaba pasando, pero yo no los quería escuchar porque estaba convencido de que Celeste sería la persona con la que pasaría el resto de mis días.
Achacaba que el distanciamiento que ellos tenían con mi novia era fruto de que yo cada vez quería pasar más tiempo a solas en pareja.
Cómo son las cosas: muchas parejas pierden esa conexión con los años y a mí me ocurría todo lo contrario, pues me moría por envejecer a su lado.
Todo cambió un día en el que decidí ir a buscarla a su casa. Me abrió la puerta su madre.
—Hola, cariño. ¿Cómo tú por aquí tan cargado?
Llevaba una caja inmensa de la pastelería favorita de mi novia, esa a la que siempre quería ir para comerse una cantidad indecente de bombones de chocolate con leche y almendras.
—Vengo a darle una sorpresa a tu hija. Ya sabes lo que le gustan estos bombones —le dije abriendo la caja.
—Pues no está. Ayer me llamó para avisarme de que se quedaba en el piso para acabar no sé qué trabajo que tenía que entregar de Gestión y Documentación Jurídica... Sí, creo que me dijo eso.
El piso en cuestión era uno de los tantos que sus padres tenían en propiedad en el centro y que ella usaba asiduamente para encerrarse a estudiar y a hacer los trabajos de la universidad.
En ocasiones también se quedaba a dormir allí, pero nunca me dejó hacerlo con ella.
Decía que no quería que lo cogiésemos por costumbre, ya que ese lugar era el sitio donde conseguía concentrarse para estudiar en la más estricta tranquilidad.
Nunca se me pasó por la cabeza que no fuese así.
—Ah, vale... Aunque anoche hablé con ella y no me dijo nada —comenté extrañado.
—Ya sabes cómo es a veces. Se pone con sus cosas y se olvida del mundo.
«Y de mí, sobre todo últimamente», pensé, aunque decidiese apartar esa idea de mi cabeza.
—Tengo una idea —soltó su madre con una sonrisa de oreja a oreja—. Dame un segundo.
Me quedé en el vestíbulo de esa impresionante casa mientras veía cómo mi suegra se dirigía al despacho de su marido. Volvió enseguida.
—Ten, son las llaves del piso. Seguro que ayer se acostó tarde y seguirá dormida. Entra con ellas y así le das la sorpresa para que pueda desayunar tu regalito. Si es que eres un sol. Qué suerte tenemos de que formes parte de la familia. Ve, corre.
Y obedecí, cómo no, porque me moría por verle la cara cuando me viese aparecer allí con sus bombones preferidos.
Pero la sorpresa me la llevé yo cuando entré y me encontré con un montón de ropa tirada por el suelo.
Ropa que ella no se pondría jamás porque no era de mujer, sino de uno de sus compañeros de carrera, al que vi tumbado en la cama y con mi novia encima nada más entré en el dormitorio.
Ese fue el día en que mi corazón se rompió en mil pedazos. El día en que perdí mi esencia y me perdí a mí. El día en que dejé de ser yo, de sentirme plenamente feliz. El día en que decidí que no volvería a permitir que nadie se metiese de nuevo bajo mi piel.
Hasta que llegó una persona con un arma de plástico en la mano y una peluca de dudosa calidad.