45. Un trayecto de siete minutos, unos propósitos tachados y un semblante distinto
Un trayecto de siete minutos, unos propósitos tachados y un semblante distinto
Fabiola
Justo cuando mi mano toca la suya, una descarga eléctrica va a parar directa a la boca de mi estómago, haciendo que bichillos voladores arrasen con todo a su paso.
Bueno, también puede ser fruto del miedo atroz que siento ahora mismo.
Y ese «miedo» es por varias cosas. Una de ellas es que no sé en qué momento he decidido montarme aquí con lo que eso conlleva para mí.
Pero lo que me da realmente pavor es que lo he hecho porque, cuando me ha preguntado si confiaba en él, no lo he dudado ni un segundo.
Esto me hace acordarme de lo último que he escrito y que ahora mismo no me apetece analizar, aunque tendré que hacerlo en un periodo no muy lejano. A poder ser, en este viaje.
Hoy es un día bastante caluroso, pero no me arrepiento de haberme puesto una camisa blanca amplia de manga ancha y mis vaqueros con efecto stiletto .
Estoy sentada en el funicular esperando a que se suban los demás pasajeros y ya no sé si tengo frío o calor, ni si sudo por la temperatura o por el ataque de pánico que amenaza con aparecer.
«No pasa nada, no pasa nada...», me digo mentalmente mientras mis piernas se mueven sin parar.
Candela y Marc se han agenciado unos asientos de auténticos privilegiados para su maratón fotográfico.
Yo, sin embargo, he preferido sentarme en el asiento más céntrico que he encontrado, para evitar así ver cómo ganamos altura y lo que vamos dejando a nuestros pies.
Cómo no, Izan se ha sentado junto a mí, confirmando ser el caballero salvador.
Posa su mano sobre mi muslo en el momento en el que se cierra la puerta y todos los turistas ya estamos dentro.
Noto que los nervios se van apoderando más y más de mí y es ahí cuando Izan me da un apretón cariñoso en la pierna, demostrándome que está conmigo y transmitiéndome que no me va a pasar nada. Cierro los ojos porque no voy a poder. Necesito bajarme de aquí cuanto antes, pero no me puedo mover.
—Eh, tranquila. Estoy aquí contigo. Dura solo siete minutos. Cuando quieras darte cuenta, ya nos habremos bajado. —Su tono sosegado debería servir de algo, pero no lo hace.
—No puedo, Izan, siento que me falta el aire —contesto abriendo los ojos—. Luego tendremos que volver a subirnos para regresar y no voy a ser capaz. No puedo.
—Pues bajaremos andando —resuelve con una de sus sonrisas.
—¿Tú estás loco? Estoy segura de que estos siete minutos por aquí se convierten en horas si hay que hacerlo a pie.
—No me importa. No voy a hacerte pasar por esto otra vez si no quieres. Estás a punto de que te dé un puto ataque al corazón, joder. Esto es por mi culpa. —Izan se pasa la mano por el pelo y hace un gesto con la cara. Se nota que está enfadado consigo mismo.
—Cállate... —le digo, y una sonrisa se instala en sus labios—. No es culpa tuya que yo esté sentada aquí.
—Lo es. Si me hubiese quedado contigo abajo, ahora mismo te estaría robando una bola de tu helado.
—Si te hubieses quedado conmigo, no estarías disfrutando de esto. Aunque disfrutar, poco, porque estás aquí aguantando mis nervios. Tienes que contarme tu afán por montarte en estos trastos y en qué sitios lo has hecho. —Realmente, me encantaría saberlo.
—Vale, lo dejaré anotado para cuando no tengamos tema de conversación. ¿Estás más tranquila?
—No.
Es cierto, no lo estoy. Probablemente, llevamos en movimiento como un minuto y a mí me parece que llevo diez horas aquí metida. Me estoy empezando a asfixiar y no es porque la temperatura haya subido de repente, sino porque siento que no puedo respirar.
—Mambita, mírame. Por favor.
Dirijo mis ojos hacia él, que ya me está mirando con esa cara tan atractiva que tiene. «Fabiola, stop . Solo faltaba que ahora me diese otro ataque por culpa de su belleza extrema. Pero es que es taaaaan guapo...».
—Aún no me has hablado de esa lista. Desembucha.
—Son cosas que por nada del mundo haría en mi zona de confort y que me he propuesto hacer durante este viaje.
—¿Hay escrito algo relacionado con enfrentar tu miedo a las alturas? Así podrás tacharlo.
—No, en mi vida hubiese imaginado que esto pasaría. Mi prima me dijo que pusiese algo relacionado con parques de atracciones por si coincidía que encontrábamos alguno. Ya te digo que me negué en redondo. —Pongo los ojos en blanco y él se ríe.
—Una pena, porque sería algo memorable que contar. ¿Has tachado alguna ya?
—Sí, la de comer con las manos.
—Hombre, comer unos dónuts y comida basura con las manos imagino que lo haces en Barcelona.
Comprendo lo que dice, pero también me entiendo a mí.
—Me da igual, lo he tachado. Creo que es lo único que voy a tachar de aquí a que volvamos a casa.
—No te subestimes. Mírate, aquí estás unos días después de ganar quinientos euros en un concurso de chupitos.
—No metas el dedo en la llaga. Esos mil euros eran míos. —Intento poner cara de asesina, aunque no sé si lo consigo.
Izan se empieza a reír y yo vuelvo a mirar mi reloj. Dos minutos. Solamente llevo aquí ese tiempo, que ni siquiera es la mitad del trayecto.
—Dime qué más cosas hay ahí apuntadas.
Está intentando distraerme. Lo sé.
—Me cuesta hablar. La lista está en el bolsillo interior de mi bolso. Cógela.
—No creo que...
—Izan, cógela.
Aparta su mano de mi muslo para coger el bolso y abrir la cremallera. Rebusca dentro y saca el papel. Lo desdobla y se ríe. Su mano vuelve a hacer contacto con mi cuerpo.
—Veamos. ¿Ser agradable? —pregunta incrédulo.
—Hice esta lista la primera noche del viaje. Fui consciente de que no había sido muy maja contigo a pesar de que tú no me habías hecho nada. De ahí que te pidiese disculpas a la mañana siguiente. Así que creo que estoy siendo una compañera de viaje maravillosa.
—Desde luego que sí. ¿Tener sexo salvaje con un desconocido? Eso ha dolido. Yo no soy un desconocido. Me has roto el corazón. —Se pone una mano precisamente ahí, sobre el corazón, y hace como que le duele.
—Técnicamente, sí que eres un desconocido.
—¿Eso es una proposición en firme?
—No. Oh, Dios, no quería decir eso. Yo...
«Esto no está saliendo bien».
—No te pongas más nerviosa de lo que estás. Lo he entendido, te estaba tomando el pelo. Quieres conocer a alguien que no va a ser trascendental en tu vida, acostarte con él y llevarte el recuerdo de que has hecho algo que no harías en otras circunstancias.
—No necesito tachar eso porque lo hice contigo el día antes de emprender este viaje. Recuérdalo.
—Qué más quisiera que recordarlo... Creo que tenemos que repetirlo; no puedo con este sinvivir de saber si estuvimos a la altura o no. —Levanta las cejas y yo solo pienso en que tiene razón. En lo de poder recordarlo, no en que... Dejémoslo.
Tres minutos. Sí, está intentando distraerme por todos los medios.
—Se acabó por ahora. Ya volverás a mirar la lista para descubrir si he logrado tachar cosas.
¿Y qué hay de ti? —De pronto, la que está intentando distraerlo soy yo a él.
No quiero que siga indagando en cosas de mi vida.
Necesito saber más sobre sus experiencias—.
Quedan aún cuatro minutos infernales, y creo que me ayudaría que me contaras alguna cosa esencial sobre ti.
Sé que trabajas en una empresa de transporte y poco más.
Me dijiste que nunca habías tenido novia.
Yo tampoco he tenido pareja estable, pero recuerdo con gran cariño a un chico con el que experimenté alguna primera vez.
El primer beso, la primera vez que me acosté con alguien.
.., eso son cosas que marcan y que hacen que esas personas sean recordadas hasta el fin de los días y a las que guardas un cariño especial por el simple hecho de haber compartido esos momentos.
Así que ¿no ha habido ninguna mujer digna de mención en tu vida?
Su semblante cambia cuando acabo de hablar, aunque intenta disimularlo inmediatamente, pero no lo logra.
Se queda pensativo mirando al infinito. Y con esto me confirma que no está siendo sincero conmigo al cien por cien y que me ha mentido sobre ese asunto.
Hay alguien, pero no sé qué grado de importancia tiene en su vida.
¿Debería molestarme? No, pero lo hace. Mucho. Y esto, esto sí que es sentir vértigo.