Si tú supieras 44. Unos platos de pasta, un funicular y una fobia a las alturas
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44. Unos platos de pasta, un funicular y una fobia a las alturas

Unos platos de pasta, un funicular y una fobia a las alturas

Izan

Mentiría si dijera que no me muero por saber qué hay en esa lista, porque si su prima ha «obligado» a Fabiola a que la lleve encima es porque lo que está ahí escrito es de lo más suculento.

También estaría faltando a la verdad si no dijese que este lugar es de ensueño. Yo no sé si el señor Clooney tiene o no una mansión aquí, pero a mí, desde luego, me encantaría tenerla.

Nos informamos de horarios para coger el barco y poder recorrer el lago y nos vamos a comer.

Los cuatro estamos hambrientos. Encontramos un restaurante con una amplia terraza y nos sentamos para ojear la carta.

Al minuto aparece un camarero y, como buenamente podemos, pedimos nuestros platos y una botella del vino de la casa.

Una vez que terminamos de almorzar, decidimos dar un paseo por la ciudad. Admiramos la Porta Torre, su Duomo y la plaza de San Fedele. Nos perdemos por sus calles de piedra y Marc no hace más que decirnos que posemos para las innumerables fotos que nos saca.

—Más juntos, que no salís en el encuadre... Más... más... Cande, apártate un poco... un poco más... Listo.

Cuando me doy cuenta, veo que las únicas personas fotografiadas hemos sido Fabiola y yo. No pienso hacer preguntas al respecto.

En un momento dado, pasamos al lado de un chico que nos entrega un folleto en el que vemos que hay una foto del funicular de Brunate. En el texto se destaca que, desde ahí, las vistas son impresionantes.

—Fabs..., me encantaría subir. ¿Vamos? —le pregunta Candela con cara de corderito.

—Yo también quiero cogerlo. Menudos fotones podré hacer desde ahí arriba. Cande, con tu cámara seguro que sale alguna chula también.

Estoy seguro de que Marc ya ha visualizado en su mente el encuadre de las imágenes que capturará.

—Yo solo subo si sube mi prima —responde esta sin dejar de mirar a Fabiola.

«¿Qué pasa aquí?».

—¿Y por qué no iba a subir? —pregunto sin entender nada.

—Estoy aquí delante... —Fabiola, cruzada de brazos, nos mira con cara de circunstancias.

—Pues porque le dan miedo las alturas. Tuvo un susto de pequeña y...

—¡Que estoy aquí! Dejad de hablar de mí como si no estuviese presente —corta a Candela.

—Ya lo sé, prima, solo estoy diciendo que sin ti no me subo.

Cande sigue explicándole a Marc la fobia que tiene Fabiola a los sitios altos y yo aprovecho para acercarme a ella.

—Si quieres, yo me quedo contigo mientras ellos lo cogen. A mí me da igual no ir.

—Oh, no, tranquilo, podéis subir vosotros y yo os espero por aquí. No os preocupéis por mí —dice resolutiva.

—Yo sí lo hago, así que me quedo contigo —afirmo.

—¿Tú no quieres ir? He visto tu cara iluminarse cuando has mirado el flyer .

—Me encantan los funiculares, no te voy a mentir, pero insisto en que no pienso subir sin ti. —No pienso dejarla sola por nada del mundo.

—No me hagas esto... Sube con ellos, por favor. Yo os espero tomando un café o un helado y ya está. No me va a pasar nada.

—Solo nos faltaba que te secuestraran estando aquí sola...

—Pues sería una posibilidad. Prima, eres una perita en dulce —suelta Candela.

—Sois muy cansinos. Vais a subir los tres y yo me voy a quedar aquí. Luego me enseñáis los fotones que hayáis hecho y listo. —Su voz empieza a mostrar un poco de cabreo.

—Vamos a hacer otra cosa. Marc, tú y Cande vais a subir y yo me quedo aquí con Fabiola.

A pesar de su incipiente enfado, si ella no sube, yo tampoco.

—Pero si te encantan esos trastos... —interviene Marc incrédulo mientras yo le dedico una mirada asesina.

—Me estáis empezando a tocar las narices los tres. ¡¿Podéis dejar de decidir por mí de una maldita vez?!

En cuanto Fabiola brama esta última frase, nos callamos y todos nos sentimos mal.

Su prima, porque conoce la vida de Fabiola perfectamente, y yo, porque, por lo poco que le he ido sonsacando, he llegado a la conclusión de que ha hecho pocas cosas en su vida por sí misma, sin que se lo digan.

Por ello prefiero callarme, les hago un gesto a todos y nos dirigimos a la plaza Alcide de Gasperi, que es desde donde sale.

El recorrido del funicular no dura mucho, es de unos siete minutos, por lo que, mientras vamos y volvemos, Fabiola no tendrá que estar demasiado tiempo sola, pero. .. dejarla así... no puedo.

Voy a la taquilla y pago los veintiún euros que cuestan cuatro tíquets. Sí, he comprado también para ella. Llego a su lado y la miro. Tengo que jugar una última baza para que venza su miedo y disfrute de esta experiencia junto a nosotros.

—Cande, tu tíquet. —Se lo tiendo—. Marc, el tuyo. —Hago lo mismo.

Entonces Fabiola lleva su vista a mi mano y ve que aún quedan dos.

—No, ni lo sueñes. Que te devuelvan el dinero, porque ya he dicho por activa y por pasiva que no voy a subirme ahí. Dejadme vivir.

—Que la dejemos vivir, dice... —suelta Cande riéndose.

—Candela, no me toques las palmas, que me conozco.

—Anda, que ahora te has convertido en la María Isabel. Te hacía más de Melody con sus gorilas —bromea mientras se pone a escenificar el baile.

—Con lo bien que estaba yo en mi casa.

—Chicas, ya está —digo frotándome la frente.

Estas dos se enzarzan a la primera de cambio—.

Mira, Fabiola, he comprado para todos por si en el último momento decidías subir.

Si la respuesta final es no, no pasa nada.

Eso sí, si me lo permites, me gustaría quedarme contigo.

Lo siento, pero no me quedaré tranquilo si te quedas sola. Cuando ellos vuelvan, si eso, subo yo.

—Pero es que...

—Sí, ya sé que no eres una damisela indefensa, pero no pienso correr riesgos. Hay mucha maldad en el mundo y nunca sabemos dónde la podemos encontrar. —Y de ahí no me bajo.

La gente está empezando a montarse en el funicular y tan solo tenemos a cinco turistas por delante. Decido ir con todo a pesar de que lo más sensato a la pregunta que estoy a punto de realizarle sería decirme que no, ya que casi no nos conocemos.

—Confías en mí, ¿no es así? —le pregunto mientras tiendo mi mano en su dirección.

—Esto es muy Aladdín y yo no me siento muy Jasmine en este momento.

—Si fuese Aladdín, iríamos en alfombra y no en funicular. Venga, va, ¿confías en mí o no?

Está pensativa, pero en ningún momento se ha negado en redondo como anteriormente.

Creo que hay una lucha interna cruzada entre su fobia a las alturas y el no querer que nosotros estemos preocupados mientras ella se queda aquí.

Tampoco quiere que yo me pierda la experiencia de vivirlo junto a ellos.

Decido callarme que llegaremos a alcanzar casi setecientos metros de altura o su mano no se posará sobre la mía.