43. Unos limoncellos, George Clooney y un paseo inolvidable por el lago de Como
Unos limoncellos, George Clooney y un paseo inolvidable por el lago de Como
Fabiola
Dejamos las maletas en nuestras respectivas habitaciones y, como hemos podido dormir en el tren, Izan y yo decidimos no quedarnos tirados en la cama y aprovechar el día en la bella Italia.
Debido a mi trabajo, no es la primera vez que estoy en Milán y conozco bien la ciudad.
Pero, como no es el caso de mis acompañantes, me adapto a todo.
Hemos pactado que, siempre que lleguemos a un nuevo destino, dejaremos las cosas en el hotel y nos iremos a la cafetería más cercana para poner sobre la mesa las opciones que tenemos y poder votar por lo que más nos guste a los cuatro.
Mi prima se pide un prosecco, un vino blanco, y ellos dos un limoncello.
Yo me decanto por un café italiano. Es lo que tiene ser una amante de la cafeína, que, lugar al que voy, café que tengo que probar.
Eso y que mi madre me lo medio «prohíbe», ya que siempre está con la cantinela de que se me estropeará el esmalte dental.
—Bien, debemos admitir que no tenemos muchas opciones. Hemos visto un par de fiestas que tienen buena pinta y algún lugar característico, como el Duomo, el campo de fútbol de San Siro, la catedral... —nos cuenta Marc mientras se recuesta en el asiento con una mueca de fastidio.
—Yo tengo una propuesta que igual os gusta —digo de repente.
—¿Tú organizando algo en uno de nuestros viajes? Está claro que en ocasiones te subestimo —comenta mi prima.
—Tranquila, no es eso. Ya sabes que, por trabajo, he estado varias veces en Milán y me conozco la ciudad; en cambio, me he quedado siempre con las ganas de hacer lo que hacen algunos de mis compañeros cuando vienen...
—¿A qué te refieres? —me dice Candela extrañada.
—Pues que van a conocer los alrededores, como Bérgamo o el lago de Como.
—¡No sigas! —me corta mi prima—. Marc, no quiero ponerte nervioso ni hacerlo yo, pero dicen que ahí George Clooney tiene tremendo casoplón. Estamos en junio; ¿te imaginas que nos lo encontramos de incógnito?
—Cande, no juegues con mis sentimientos, que se me sube el azúcar —responde Marc abanicándose con las manos.
—Piénsalo. Nosotros nos conocimos en una fiesta y al día siguiente nos encontramos en un Interrail que nos lleva a un montón de lugares coincidentes. No creo que sea tan descabellado encontrarnos al hombre que hizo que me gastase buena parte del sueldo en una Nespresso, ¿no?
—Vale... ¿Eso quiere decir que nos vamos a Como? —pregunto emocionada.
—No sé ni cómo osas siquiera ponerlo en duda. Dadnos un segundo a Marc y a mí para mirar el tema de cómo ir.
Cinco minutos después ya sabemos que hay un tren directo que tarda poco menos de una hora y que si vamos en coche nos ahorraremos unos cuantos minutos.
Como no sabemos si se puede torcer el día —porque acabemos, yo qué sé, participando en un concurso de bebedores de orujo italiano—, tenemos claro que nos vamos en tren.
Cogemos el coche y nos dirigimos a la estación Milano Bovisa Politecnico, que es desde donde salimos.
Logramos aparcar relativamente rápido y nos adentramos en la estación buscando la taquilla para poder sacar los billetes.
Una ganga, ya que solamente cuesta cinco euros con veinte por cabeza.
Buscamos la vía de la que partirá nuestro tren y mi prima saca una de sus cámaras desechables y se pone a tirar de carrete (nunca mejor dicho).
A su vez, Marc lo hace con su móvil mientras Izan y yo estamos viendo la vida pasar.
—No has estado nunca en Como, por lo que he entendido antes —inicia Izan la conversación.
—La verdad es que nunca he tenido la oportunidad. Siempre que he estado aquí por trabajo me he quedado el tiempo justo para volver a casa cuanto antes. Nada de ocio. Eso sí, lo he visto en fotos millones de veces y me parece un sitio precioso.
—Sí, yo también lo he visto en alguna ocasión y me alegro de que lo hayas propuesto. No se me hubiese ocurrido nunca. El otro sitio..., ¿Bérgamo?
—Sí, lo has dicho bien —respondo regalándole una sonrisa.
—¿Tampoco lo conoces?
—No, y también me encantaría. Al parecer, está dividido como en dos partes. Una moderna y otra antigua. ¿Te parece bien que proponga que vayamos mañana? Si realmente queréis ver pocas cosas en Milán, creo que podemos ir.
«Ojalá diga que sí».
—Yo no tengo problema. Si tú quieres ir y lo decidimos democráticamente, cuenta con mi voto, presidenta.
—Cállate —me río—. Lo digo más que nada porque ya estamos hartos de tren, y eso que las vacaciones acaban de empezar.
—Seguro que ellos estarán encantados. —Señala con la cabeza en dirección a nuestros amigos, que están mirando fotos en el móvil de Marc—. Aprovecharán ese rato para seguir contándose secretos oscuros de su vida.
—Yo más bien creo que, cuando tienen ratos así, lo que hacen es seguir organizando el viaje. Es su droga. Venga, vamos ya para el tren, que al final verás que lo perdemos.
—Antes de irnos... ¿Esta noche vas a querer dormir conmigo o ya se ha pasado el momento? —Se para mientras me lo pregunta, provocando que yo haga lo mismo.
—Hombre, Izan, si antes era raro, no te quiero contar si les decimos que esta noche queremos dormir juntos. Pensarán que nos vamos a dedicar a romper el somier de la cama.
—¿Y eso te molesta? —inquiere con un deje de diversión.
—No, porque no es verdad.
—Porque no quieres... —me dice guiñándome un ojo.
—Anda, tira.
—Una última pregunta. ¿De qué lista ha hablado antes tu prima?
—Ah, eso. Nada, escribí una estúpida lista de cosas que debería hacer en este viaje. —Le quito importancia porque no quiero que indague en el tema.
—¿Y ya has tachado algo?
—Mucho quieres saber tú. —Esta vez soy yo la que le guiño un ojo a él.
—Chicos, venga, que en cinco minutos sale el tren —nos grita Candela a lo lejos.
—¿Y la tienes aquí?
—Mi prima me ha obligado a llevarla siempre encima. Si te portas bien, igual te la enseño.
Una hora después llegamos a un lugar mágico que no olvidaré jamás.