Si tú supieras 42. Una nueva localización, unas horas de descanso ferroviario y una lista de cosas por hacer
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42. Una nueva localización, unas horas de descanso ferroviario y una lista de cosas por hacer

Una nueva localización, unas horas de descanso ferroviario y una lista de cosas por hacer

Izan

—El que va de romería se arrepiente al otro día —suelta Marc cuando me dejo caer en el asiento del tren.

—De lo que me arrepiento es de no haber mirado tu cuaderno de ruta, porque ya te digo yo que ni de coña iba a estar de acuerdo en subirnos a un tren a las nueve de la mañana. Me cago en la puta, esto no es sano —me quejo malhumorado.

—Eso te pasa por dormirte en suelos llenos de mugre la mitad de la noche.

Esta vez tampoco nos ha tocado al lado de las chicas —el destino ya sería demasiado caprichoso—, pero eso no es un impedimento para que, minutos después de acomodarnos, aparezca una chica mariposa cantarina diciéndonos que el matrimonio anciano que está sentado frente a ellas no tiene problema en cambiarnos los asientos para que así podamos viajar los cuatro juntos.

Otra vez. Creo firmemente que lo conseguirá en cada ocasión que nos montamos en este medio de transporte.

Por eso mi espalda dolorida, mis riñones machacados y mi mala leche —por no haber descansado bien— tienen que coger de nuevo el equipaje para irnos a la otra punta del tren, donde están ellas.

Cuando llegamos, ni pregunto: me tiro al lado de Fabiola y apoyo la cabeza en su hombro mientras la miro. Le levanto las gafas de sol y ella suelta uno de sus gruñidos.

—No me molestes, que necesito dormir en condiciones —suelta en el mismo tono con el que yo me he dirigido a mi amigo.

—Si quieres, cuando lleguemos a Milán podemos engañar a estos dos y así te vienes conmigo a mi habitación y dormimos un rato juntos. Ya sabes que lo hacemos muy bien —le susurro al oído, para que solo lo oiga ella.

Eso capta su atención y se coloca sobre la cabeza sus gafas de sol de Gucci.

—Eres buen jugador. La verdad es que nada me gustaría más —suspira.

—Pues trato hecho.

—Sería un poco raro hacerlo, aunque me muera de ganas.

—Vamos, Mambita, confío en ti.

Sé que no lo va a hacer, pero me encanta perturbar su tranquilidad.

—Chicos..., esto..., bueno, que Izan y yo necesitamos descansar un poco cuando lleguemos al hotel. ¿Os importaría que nos quedásemos en la misma habitación un rato? Ayer nos dormimos en el pasillo...

«Vale, esto sí que no me lo esperaba. Punto positivo para ella».

—Ahí los tienes, durmiendo como chusmilla en el suelo. Cualquiera diría que no tenéis camas para planchar las orejas. Sois tan monos como los cachorrillos del anuncio de Scottex.

—Marco, estos quieren chuscar —suelta Candela como si estuviesen ellos dos solos—. Creo que, cada vez que se van a poner al asunto, lo que no joden ellos se lo jodemos nosotros.

—Te digo yo que mi hermano tiene los cojones a punto de ebullición —bromea este entrometido totalmente en su papel.

—Os estamos oyendo —señala Fabiola algo exasperada.

—En ningún momento hemos pretendido lo contrario. Deberías saberlo —responde Cande con retintín.

—Sí, y también sé que eres muy porculera cuando quieres —contraataca a su prima de nuevo.

—Mírala, cada día es menos fina. Fabs, Fabs, ten cuidado con esa lengua, o cuando llegues quizá alguien te la lave con jabón. Y será por dos motivos: por deslenguada y por meterla donde no la llaman. O por lamer cosas que..., ya me entendéis.

No puedo evitar reírme. Cada vez que Candela habla, sube el pan. Es la versión femenina de mi amigo. Ahora ya puedo confirmarlo al cien por cien.

—¿Cuánto dura este viaje? —pregunta mi compañera de asiento con hastío a pesar de tener un amago de sonrisa en los labios.

Vemos cómo Candela y Marc sacan sus cuadernos. Comprueban que los datos de ambos coinciden y esta vez es mi amigo el que habla.

—Son unas seis horas. Seis horas y veintidós minutos, para ser más exactos, según los datos obtenidos.

Como bien visteis en el primer viaje, hemos juntado sus planes y los míos y los hemos amoldado a la comodidad del grupo.

Debo decir que coincidir en el mismo hotel de Lyon fue pura casualidad, bendita fuera.

Cotejando la información de los siguientes, coincidimos en alguno más, pero no en todos.

Veo esa sonrisa que mi amigo —casi hermano— tiene en los labios. La conozco a las mil maravillas: aquí pasa algo. Me lo confirma la mirada de reojo que le echa a Candela.

—Como sabíamos que esto iba a suceder —prosigue Marc—, y no me refiero a lo que sea que tengáis, que ese tema será tratado en otro momento, hablamos de que ya que habíamos decidido hacer este viaje juntos...

—Izan y yo no hemos decidido nada —lo contradice Fabiola.

—No te veo muy disgustada, cariño —responde Marc guiñándole un ojo—.

A lo que iba: que vamos a ir todos al mismo hotel en cada parada del viaje.

Nosotros somos los que hemos cancelado nuestras reservas para ir a donde ellas se hospedan.

Imagino que no te importa —me dice mi amigo a pesar de saber la respuesta—.

Hemos tenido la suerte de tener disponibilidad en todos, así que un coche de alquiler nos estará esperando cada vez que nos bajemos de algún tren y nos iremos todos juntos.

Miro a Fabiola y, contra todo pronóstico, su cara no denota incomodidad; es más, me atrevería a decir que le gusta la idea. Marc se pone en pie y se aleja de nosotros.

—¿Marco? —grita teatralmente Candela haciendo que todo el vagón fije su mirada en ella.

—¡Polo! —responde mi amigo haciendo un giro dramático—. Venga, Cande, levanta ese culazo que la genética te ha dado y vamos a bebernos una birrita fresca.

Ella asiente y va tras él. Me acerco a Fabiola para decirle algo cuando su prima aparece y nos da un susto de muerte.

—Chiquis, tengo que deciros esto antes de darme al alcohol. No hagáis obscenidades, que estamos en un lugar público. Pero... si os pueden las ganas y esta tensión sexual empieza a mataros, id al baño por turnos para no levantar sospechas. Mira, Fabs, así puedes tachar cosas de la lista. ¡Os quiero!

«¿De qué lista habla?».