Si tú supieras 40. Un morado descubierto, un beso cariñoso y una atmósfera caldeada
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40. Un morado descubierto, un beso cariñoso y una atmósfera caldeada

Un morado descubierto, un beso cariñoso y una atmósfera caldeada

Izan

Me he despertado en el momento en que he sentido que Fabiola se alejaba de mi lado. He abierto medio ojo y la he visto coger sus cosas sigilosamente e irse de la misma manera. Sin hacer ruido. Como un ángel.

Estoy anudando una toalla a mi cintura cuando oigo que alguien llama a la puerta con los nudillos. Tres golpes suaves que creo que provienen de los nudillos de la chica a la que no me puedo quitar de la cabeza estos últimos días.

Abro apoyando mi brazo en el marco de la puerta y echándome el pelo mojado hacia atrás con la mano que tengo libre.

—Joder...

—Eso digo yo, Mambita: joder..., estás despampanante.

Se me ha cortado la respiración.

—Gracias —contesta tímidamente.

—Pasa; no tardo mucho en vestirme. Prometo que no muerdo.

—Igual la que muerde soy yo —dice la condenada riéndose—. ¿Qué es eso? —pregunta, esta vez alarmada, mirando las marcas de mi costado de la hazaña de ayer.

—Nada, no te preocupes. Esos cabrones me dieron un buen golpe.

—¿Y cómo es que no me dijiste nada? —suelta entre intranquila y enfadada.

—No quería que te sintieses mal. De verdad, no me duele tanto.

—Tanto... Eso quiere decir que te duele. Déjame verlo bien, está bastante amoratado.

Fabiola deja sobre la mesa sus cosas y se agacha frente a mí para inspeccionar el morado, que cada vez ocupa más parte de mi lateral.

Ahora mismo no pienso con claridad. No sé si ella es consciente de esta estampa, pero estoy desnudo, tan solo cubierto con una toalla, y ella está casi de rodillas frente a mí y con sus manos en mi piel.

Me noto arder. Esto seguro que sería el inicio de una escena de película para adultos. ..

Levanta la vista y me mira, observando esta vez mi nuez, esa que apenas se mueve porque me cuesta tragar. Es el efecto que Fabiola causa en mí: hace que me suba la temperatura, que me falte el aire y que la saliva no pase por donde lo hace normalmente.

Vuelve a mirar al frente y veo que se acerca a mi cuerpo para depositar un beso en la zona magullada.

«No te empalmes, no te empalmes, no te empalmes...», me ordeno.

—Fabiola, estás jugando con fuego —siseo.

—Quizá quiera quemarme... ¿A ti te gustaría hacerlo conmigo?

—Depende de las quemaduras que pueda dejar el fuego a su paso.

La tomo de las manos y la impulso hacia arriba, quedando cara a cara. Las sandalias que se ha puesto hacen que haya ganado varios centímetros.

—No pienso tomar la iniciativa. Si quieres algo de mí, vas a tener que dar tú el paso. No quiero hacerme ilusiones para que luego te las lleves de un plumazo.

—Ya deberías saber que no soy de las que llevan la voz cantante. Ni siquiera me pega estar aquí ahora mismo y haber hecho y haber dicho lo que acabo de hacer y decir.

Estoy seguro de que le ha costado lo suyo.

—Pues a lo mejor va siendo hora de que empieces a llevar las riendas de ciertas cosas, ¿no crees?

Duda, traga saliva y me mira los labios.

—Te mueres por besarme —apunto.

—Tienes demasiada confianza en ti, Izan.

—Eso es porque soy un perroflauta muy atractivo...

Me acerco a su cuello y se lo beso.

—Acabas de decir que no ibas a tomar tú la iniciativa.

Se le ha puesto la piel de gallina.

—Y no lo estoy haciendo. Ha sido un simple gesto de cariño.

—¿Besas el cuello a todas las chicas como gesto de cariño?

—Solo a las que no me saco de la cabeza —confieso.

—Vaya... Vas con todo, ¿no?

—Ni confirmo ni desmiento.

Esta vez me voy al otro lado de su cuello y deposito el beso en su clavícula, dejando más tiempo mis labios sobre ella. A Fabiola se le está empezando a acelerar la respiración y yo solo pido que haga algo porque me estoy empezando a poner demasiado frenético. Y cachondo, eso también.