41. Una proposición indecente, un coitus interruptus,un gato apestoso y un pasillo solitario
Una proposición indecente, un coitus interruptus,un gato apestoso y un pasillo solitario
Fabiola
—Tienes razón —digo separándome un poco de él.
—¿Sobre qué?
—Sobre que estás muy bueno, pero yo no soy de las que hacen estas cosas, Izan.
No soy de las que salen por ahí y se van con un desconocido a disfrutar una noche de sexo salvaje.
Solo lo he hecho una vez en mi vida: contigo tras la fiesta.
No me acuerdo de lo que pasó, pero me he torturado un poco por mi conducta.
—No pasa nada por hacer esas cosas, Fabiola. No eres peor por follarte a alguien una noche loca.
—Lo sé, pero soy así..., no lo puedo remediar.
—¿Recuerdas lo que querías hacer en este viaje? Disfrutar, sentirte libre y no pensar en las consecuencias.
—¿Te duele mucho hoy? —pregunto rozándole el labio con los dedos y cambiando de tema sutilmente.
—Sí. Podrías hacerme otro sana, sanita, pero con más ganas.
Me acerco a él y el aire apenas corre entre nuestros cuerpos. Le cojo la cara y le doy un beso de nuevo en la comisura del labio donde tiene el corte. Sonríe.
—No es suficiente —murmura con voz ronca.
—Lo sé, pero ahora mismo tienes que conformarte con esto. ¿Habéis traído algún medicamento para el dolor o para los golpes? —pregunto para cambiar de tema de nuevo y que el ambiente no se ponga más caldeado.
—Marc siempre viaja con un botiquín por si pasa algo —me responde extrañado.
—Pues, si hay alguna pomada para ese hematoma, sería genial.
Miro donde Izan me indica y veo un neceser con el símbolo de las farmacias bordado en él. Lo abro y me sorprendo al encontrar lo que buscaba.
—Vaya, sí que es precavido. Nosotras solamente hemos traído algún que otro analgésico. Somos unas principiantes.
—Digamos que Marc se viene muy arriba siempre con todo. Es parte de su encanto.
Sí, sí que lo es.
Me acerco de nuevo a Izan y me vuelvo a agachar como antes, quedándome en cuclillas. Justo cuando unto mi dedo en la crema y me acerco a su piel para extendérsela, la puerta se abre.
—¡Mis ojos, mis ojos! —grita mi prima mientras se descojona de la risa.
—Solo te falta cantar «Smelly Cat» para ser oficialmente la señorita Phoebe Buffay —le dice Marc riéndose tanto o más que ella.
— Smelly cat, smelly cat, what are they feeding you? Smelly cat, Smelly cat... It’s not your fault!!!!!!!!!!
—Te quiero, tía —se declara su amigo.
—Marco Polo, ese tema del gato apestoso es la mejor canción del universo... y a lo que apesta aquí es a sexo salvaje. Tronquis, ¿qué habéis hecho esta noche? ¡Sois un par de guarretes! —exclama ella.
—Candela, por favor... —pido mientras ya estoy a la misma altura que el resto de las personas que me acompañan en la habitación.
—Ni por favor, ni par favar , Fabs. Nosotros pensando que ayer os habíais pillado el pedo de vuestra vida y que hoy estaríais para el arrastre y resulta que si no os podéis mover es porque os habéis matado a polvos... otra vez.
—No nos hemos acostado —le aclaro a mi prima, que se está montando una peli digna de un Óscar.
—Porque os hemos pillado con las manos en la masa, viciosilla.
—Dios, mándame una señal de la razón por la cual la aguanto.
—Pues porque me amas. Todo el universo me ama. Bueno, bueno, bueno..., ¿qué tenemos aquí? —dice acercándose a Izan.
—Me estás acojonando, chica mariposa —anuncia este.
—¿Fabiola te ha mordido y pateado mientras le regalabas el mejor orgasmo de su vida?
—Ayer tuvimos problemillas en el festival —respondo, dejando sorprendidos y preocupados tanto a mi prima como a Marc—. Tenemos que ir a comisaría a declarar, pero mejor os lo explico mientras vamos de camino. Izan, te esperamos donde desayunamos ayer, que necesito un café. Vamos, chicos.
Los empujo fuera de la habitación para huir de un ambiente cargado de tensión sexual no resuelta y ni siquiera le doy opción a réplica al muchacho sobre el que hace unos minutos tenía las manos puestas, o los labios.
Izan se une a nosotros a los quince minutos y se toma un café bien cargado.
Luego vamos a comisaría y a continuación hacemos parte del itinerario que teníamos planeado, ya que algunos lugares, como Les Nuits de Fourvière, quedan finalmente fuera de la ecuación «Visitamos el Museo de Bellas Artes y el de Cine y Miniaturas, donde los cuatro disfrutamos como niños, vemos la pared gigante que está toda pintada.
.. y acabamos exhaustos». Terminamos el día cenando en un restaurante cercano y decidimos que lo mejor es irnos para el hotel y descansar, ya que mañana ponemos rumbo a la segunda parada del viaje.
Ya estamos los cuatro en el ascensor cuando un sonido nos indica que hemos llegado a nuestra planta.
—Chicuelos míos, acordaos de poner vuestras alarmas a punto para que mañana a nadie se le peguen las sábanas —comenta mi prima.
—Yo ya la tengo puesta —confirma su nuevo mejor amigo.
—Ay, Marco, siempre puedo contar contigo. Estos dos ya son harina de otro costal.
—Pero si compartimos habitación. Si te suena a ti, ¿para qué tengo que ponerla yo? —suelto un tanto indignada por que nos estén tratando a Izan y a mí de desastrosos.
—Claro..., porque los móviles no se pueden estropear o apagar de repente, ¿verdad, Fabiolita?
—¿Qué probabilidades habría de que pasase justo esta noche?
—Pues las mismas de coincidir con estos dos muchachotes en este viaje... y aquí estamos. Así que... que te pongas la alarmita, leches.
Da besos de buenas noches a Izan y a Marc, y echa a andar sin decir ni una sola palabra más. Yo me despido de ellos con un gesto de la mano y voy tras ella, sintiendo que me falta algo.
Unos segundos después aparece un Izan agitado que ha bajado a todo correr por las escaleras. Candela entiende lo que le da la gana y sonríe.
—Os dejo solos para que os babeéis el uno al otro, tortolitos.
—No es lo que piensas —la aviso, porque, si por ella fuese, yo ya estaría prometida y en un altar, cuando la realidad es que no ha pasado nada entre nosotros. Bueno, o casi nada.
—Ya... Solo te pido que no manches de residuos extraños mi ropa. Ya me entiendes, prima. Me estás dejando anonadada en este viaje.
Y, sin más, se mete en nuestra habitación, no sin antes guiñarle un ojo a Izan.
—Mambita, mal empezamos si la primera noche no realizamos el ritual.
Se pega a la pared y se deja caer hacia abajo hasta que se queda sentado en el suelo. Me da la mano y me ayuda a sentarme pegada a él. Saca los auriculares de su riñonera, los conecta a su móvil y me tiende uno. Nos los ponemos y le da a reproducir la canción, que empieza a sonar.
Apoyo la cabeza en su hombro y él posa la mano sobre mi rodilla. Cierro los ojos y me vuelvo a meter de lleno en esa letra maravillosa. En cuanto acaba, y todavía con los ojos cerrados, le pido si la puede volver a poner.
—Como si quieres escucharla toda la noche.
—Me encantaría que alguien plasmase así algún día lo que siente por mí.
—¿En forma de canción?
—No tiene por qué ser así exactamente, bastaría con que fuese de una forma bonita que me hiciera sentirme lo más importante de su mundo.
Y con esta última frase volando sobre nosotros nos quedamos juntos, uno apoyado en el otro, sentados en este pasillo del hotel mientras escuchamos una y otra vez una preciosa canción de amor.
Y así, con esa tranquilidad, es como nos quedamos dormidos, como si nuestros dos cuerpos fuesen los únicos que habitaran esta tierra.