Si tú supieras 38. Unos golpes invisibles, un despertar acurrucado, una resaca y un caramelo para el aliento
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38. Unos golpes invisibles, un despertar acurrucado, una resaca y un caramelo para el aliento

Unos golpes invisibles, un despertar acurrucado, una resaca y un caramelo para el aliento

Izan

No se lo he dicho, pero no solo me llevé un golpe en el labio.

Ahora mismo son las cuatro y veinticinco de la mañana y no puedo dormir debido al dolor que tengo instalado en mi costado izquierdo.

Como casi no puedo apoyarme de ese lado, lo he hecho del contrario, por lo que estoy viendo cómo duerme Fabiola.

Me encantaría recordar todo lo que sucedió el día de la fiesta de disfraces, pero, por más que me devano los sesos, no soy capaz de sacar nada en claro.

Lo que le he dicho antes de que se durmiera lo pensaba sinceramente. Creo que este viaje puede ser un nuevo resurgir para ella. El viaje que lo cambie todo y que haga que tome sus propias decisiones sin pedir opinión ni permiso a nadie y sin preocuparse de si gustan o no.

No recuerdo en qué momento, sumido en mis pensamientos sobre ella, el sueño se apoderó de mí, pero ahora noto calor en la nuca debido a los rayos de sol que se cuelan por la ventana.

Abro lentamente los ojos mientras un dolor me retumba en la cabeza y veo la cabeza de Fabiola en mi hombro.

Estamos en mi cama y ella está abrazada a mí como un pequeño koala.

Noto cómo su perfume inunda mis fosas nasales y también lo bien que su cuerpo se amolda al mío.

Sus piernas están enredadas entre las mías y mi mano izquierda está apoyada en su cadera mientras la derecha hace lo mismo sobre su pelo.

Si alguien nos viese en este momento, diría que somos la viva estampa de una pareja que no puede dejar correr el aire entre ambos.

Si por mí fuera, me quedaría en esta cama... Se acaba de mover. Veo cómo sube la cabeza y busca hacer contacto visual conmigo. Ahora será cuando se aparte bruscamente y me dé cualquier excusa atropellada para irse rápido de esta habitación.

—Buenos días. ¿Te duele la cabeza tanto como a mí? Es como si tuviese a un mono tocando unos platillos en las sienes.

Su expresión es la típica de alguien que se ha pegado una fiesta de las buenas el día anterior.

—Quizá es el hermano del que tengo yo. Buenos días a ti también.

—Lo siento si te molesto, pero estoy muy cómoda y no pienso moverme de aquí.

Su frase me pilla por sorpresa, aunque que me haya dado los buenos días tan tranquila ya lo había hecho.

—Eso y que no soy persona. Estoy destrozada...

—Ya me parecía a mí que había gato encerrado —suelto riéndome.

—Mierda, me hago pis.

Se separa de mí y noto un gran vacío, como cuando echas algo de menos. Al cabo de dos minutos sale del baño y yo me incorporo como buenamente puedo en la cama.

—Espero que no te importe, pero he usado vuestra pasta de dientes. Me he marcado un cepillado con el dedo. Seguro que podía matar a alguien con mi aliento. ¿Eres consciente de todo el alcohol que bebimos ayer? Creo que no había tomado tanto en toda mi vida.

—Yo he tenido noches muy turbias... ¿Te vas ya? —le pregunto mientras ojea su móvil.

—Marc y mi prima se han ido a desayunar y a dar una vuelta por los alrededores. Se ve que no querían despertarnos. Dice que, cuando estemos listos, les demos un toque —me informa mientras lee el mensaje en su teléfono.

Se acerca de nuevo a la cama y se sube a la mía. Se pone junto a mí y me mira.

—¿Puedo? —Yo solo asiento—. Te he dicho que estaba muy cómoda. Te he traído un caramelo, que yo tampoco quiero morir por tu culpa.

—Eres maligna.

Nos reímos y me meto el caramelo en la boca.

—¿Quieres intentar dormir otro poco?

—¿Y que tú también te duermas y te mueras atragantado por el caramelo que te acabo de dar? No pienso cargar con eso. ¿Podemos escuchar de nuevo la canción de anoche mientras te lo acabas?

—Claro.

Cojo mi móvil y los auriculares, le tiendo uno, busco la canción en mi lista de reproducción y le doy al play . Apoyo la cabeza en la almohada y ella hace lo mismo. Nos quedamos frente a frente y no dejamos de mirarnos el uno al otro. Escuchamos el tema hasta que termina.

—¿Puedes ponerla para que se reproduzca en bucle hasta que me duerma?

Lo hago en silencio y, cuando ya vamos por la cuarta reproducción seguida, veo que se le van cerrando los ojos. Yo sigo observando esa sonrisa que tiene en los labios y cómo, en un momento dado, una lágrima lucha por salir de su ojo derecho.

«Fabiola, deseo que aparezca esa persona que te diga cosas tan bonitas como las que yo sigo escuchando en mi solitario auricular».