37. Un análisis facial, unas palabras bonitas, una confesión y una nueva costumbre nocturna
Un análisis facial, unas palabras bonitas, una confesión y una nueva costumbre nocturna
Fabiola
Aunque ahora mismo solo entre un haz de luz por la ventana, veo perfectamente cada uno de sus gestos. No sé qué canción es la que está escuchando, pero se ve que le está dando ese momento de relajación que tanto necesitaba después de un día tan ajetreado.
Y debo admitir que Izan está guapísimo incluso con el labio partido.
Mi vista ha ido de nuevo hacia su boca, que tiene una sonrisa instalada. Ahora la dirijo a sus ojos, que están cerrados. Cuando los abre, su mirada conecta con la mía.
—Ha terminado —anuncia, y veo cómo se quita los auriculares bajo mi atenta mirada—. Me encanta esta canción. Ahora ya puedo contestar a tu pregunta, pero antes me gustaría que me contases cómo te sientes con todo lo que hemos vivido hoy.
—Justo estaba pensando en eso mientras tú escuchabas tu música.
Te lo voy a resumir: creo que ha sido un día bastante caótico, en el que he desconfiado de las buenas intenciones de dos personas que han resultado ser un amor.
Además, nunca hubiese imaginado que me subiría a un escenario para alcoholizarme en público por un premio que, sinceramente, no necesito. Quería ganarlo para vosotros.
—¿Para nosotros?
Está claro que mi comentario lo ha pillado por sorpresa.
—Sí, bueno, para los cuatro, en realidad.
Para gastarlo en el viaje. —No pienso hacer ningún comentario que pueda hacerlo sentirse inferior, porque no quiero herir su orgullo—.
He disfrutado y reído como hacía mucho tiempo que no lo hacía y, a pesar de lo que ha pasado con esos dos malnacidos, he descubierto que puedo confiar en ti.
Y quiero que sepas que no suelo confiar en nadie.
—¿Tengo que sentirme afortunado, Mambita? —Levanta las cejas y me hace reír.
—Quizá estás sumando puntos...
—Y cuando llegue al sobresaliente, ¿cuál va a ser mi premio? —Se pasa las manos por el pelo, haciendo que se le marquen los músculos de los brazos.
—Pues no sé... A lo mejor, al regresar a casa, podemos seguir haciendo algún plan juntos.
—Vaya, vaya...
—Los cuatro, me refería a los cuatro —corrijo rápidamente.
—Por supuesto que sí —replica en un tono burlón, como si me diese la razón como a los tontos.
—¿Eso que he notado es sarcasmo?
—¿Quieres escuchar la canción? —ignora mi pregunta.
—Sí, pero antes me debes tu respuesta...
—Debo admitir que por nada del mundo me imaginaba que íbamos a vivir un día como este.
Hemos tenido suerte, ¿sabes?, porque, salvo un par de excepciones, hemos encontrado a buena gente.
Además, me ha encantado competir contigo, porque he visto que eres decidida y que luchas por alcanzar tus objetivos.
Eso me gusta mucho. También que te hayas animado a comerte esos dónuts.
.. Quizá te parecerá una chorrada, pero creo que es un paso importante para ti.
Te he visto libre, que es lo que buscabas.
Tu prima lo ha descrito muy bien. Solo espero que cuando llegues a casa no vuelvas a sentirte enjaulada.
Tú no eres un jilguero al que dar de comer, Fabiola.
.., tú eres como un vencejo, que vuela, y vuela.
.., y sigue volando. Yo no quiero que nadie te corte las alas y no te permita hacerlo.
—¿Sabes que hablas muy bonito?
—Tú sí que eres bonita —responde de la misma manera en la que me ha dicho hace unas horas que se moría por besarme. Lanzada.
No quiero mentir, me sonrojo, aunque espero que con esta poca luz no se note que se me han encendido las mejillas.
—¿Esto es lo que has sacado en claro de tu día al escuchar esa canción?
—Y mucho más. He visto que eres valiente y que tu sonrisa lo ilumina todo.
Deberías sonreír más, Mambita, y darnos luz a los que, a veces, solo vemos oscuridad.
Y no quiero ser mala persona, juro que si esto sale en algún momento del viaje negaré haberlo dicho, pero le agradezco al estómago de Marc que nos haya dado la oportunidad de pasar este rato a solas.
—Vaya, así que eres de los que en el fondo se alegran de las desgracias ajenas —le digo entre risas.
—No sé de qué me hablas —contesta él soltando una carcajada.
—Vale... ¿Eres de los que ligan con ayuda de canciones de amor?
—La verdad es que ligo poco.
«Claro...».
—Anda ya, eso no te lo crees ni tú.
—¿Y eso?
—No quería admitir esto, pero... me pareces guapísimo.
—¿Eres tú la que habla o es el alcohol que aún sigue en tu organismo?
—Fabiola al cien por cien.
No voy a negar que estoy diciendo todo lo que en otras circunstancias por nada del mundo expresaría, pero...
—Vaya, vaya... Esto no me lo esperaba.
—Yo tampoco —digo entre risas. Vale, puede que sea yo en un setenta por ciento—. ¿Qué música sueles escuchar? Es para hacerme una idea de con qué género musical vas a intentar meterme entre tus sábanas.
—Creo recordar que ya lo hice una vez y no necesité ponerte musiquita. ¿Es hora de hablar de ello?
—¿Me dejas escuchar esa canción?
No, no estoy preparada para hablar de esto ahora. Sí, he hecho exactamente lo mismo que él para evadir la pregunta, no estoy muy inspirada en estos momentos.
—Las veces que quieras. ¿Te parece bien que la escuchemos juntos?
Asiento con la cabeza y veo cómo Izan me pasa uno de sus auriculares. Me hace gracia, porque son de los que van unidos por cable. No está muy actualizado.
—Tranquila, está limpio.
—Cállate. No se me ha ocurrido pensar lo contrario.
—Como dices que soy un perroflauta, he pensado que igual crees que soy de los que no son nada amigos del jabón y el agua.
Lo dice de una manera tan natural que me empiezo a reír. Y me estoy dando cuenta de que las risas con él son interminables.
—Dios mío... De verdad, cállate. No estropees este instante.
—Que sepas que me encantas cuando me mandas callar. Vamos allá.
Suenan los primeros acordes de una canción que me parece preciosa.
Cierro los ojos como ha hecho antes Izan para intentar sentirla tan intensamente como él.
Es la primera vez que la oigo y necesito saber cómo se llama y quién la canta para ponerla en mi lista de reproducción de Spotify con mis canciones favoritas.
Habla sobre un amor de verano y a mí me encantaría que alguien escribiese una letra así conmigo de protagonista, que alguien me escribiese cómo se enamora de mí y declarase que no solo quiere que lo nuestro dure esa estación, sino toda la vida.
Cuando acaba, abro los ojos. Izan ya tiene los suyos fijos en mí.
—Es preciosa —digo con un hilo de voz—. ¿Cómo se llama?
—Vamos a hacer una cosa. No te lo voy a decir, pero cada noche, antes de que nos vayamos a dormir, la escucharemos juntos. ¿Qué te parece?
—Bien.
No sé qué más decir, pero mi corazón se está poniendo un poco blandito.
—Y, cuando estemos en el tren de vuelta a Barcelona y queden unos minutos para llegar a nuestro destino, la oiremos juntos por última vez. Será algo así como nuestra propia despedida a este viaje mágico. Y ahí será cuando te diga el título.
Me cuesta tragar. ¿La razón? Ni idea, pero intento deshacer el nudo que tengo en la garganta.
—¿Te duele? —pregunto en voz baja mientras poso mi mano derecha en su mejilla y rozo con un dedo el corte de su labio.
—La verdad es que un poco.
No sé si se debe a la intensidad de sus palabras o si ha sido la canción, pero me acerco a él y deposito un pequeño beso sobre su herida, que está prácticamente en una de las comisuras del labio.
Intento apartar mi mano, que aún está sobre su mejilla, pero Izan me coge de la muñeca, evitando que la aleje.
—¿Por qué me has besado? —pregunta sin apartar la vista de mí.
—Sana, sanita, ¿recuerdas? —contesto con un hilo de voz.
—No comienza así.
—Hay veces que hay que desviarse de las pautas establecidas. Y quién sabe, quizá sí que consigas a la chica a base de canciones de amor. Buenas noches, Izan.
En ese instante mi muñeca deja de estar prisionera y me doy la vuelta en la cama, dándole la espalda.
—Buenas noches, Mambita.