36. Una vuelta al hotel, una habitación en común, un ritual para dormir y una canción
Una vuelta al hotel, una habitación en común, un ritual para dormir y una canción
Izan
Después de que a Amélie le dijesen «Han agredido a tus amigos españoles» y nos buscase durante un buen rato, tuvimos que volver a insistir en que volveríamos en taxi. Al final, acabó aceptando a regañadientes.
Cuando llegamos al hotel, Fabiola lee algo en su móvil y me mira.
—Esto... Tengo algo que decirte.
Está intranquila y no sé la razón.
—Dispara.
—Tenemos que dormir juntos —suelta a bocajarro mientras entramos en el vestíbulo.
—Veo que vas a por todas. Me sorprendes —suelto elevando una ceja.
—Más quisieras. No había mirado los mensajes hasta ahora y resulta que mi prima me ha mandado uno hace un rato diciendo que Marc estaba bastante revuelto y que se quedaba con él en nuestra habitación.
Me ha puesto textualmente: «Fabs, siento decirte esto (y no me mates.
Recuerda que soy la persona a la que más amas en el mundo), pero he traído a Marc a nuestra habitación porque está fatal.
Se acaba de quedar dormido en tu cama y no voy a despertarlo.
No pienso despegarme de él. No quiero sentirme responsable de una muerte por atragantamiento de vómito (no sé cómo sigue saliendo algo de su estómago, flipas).
Qué asco... Pues eso, que voy a intentar dormir un poco porque voy a ponerme la alarma cada cierto tiempo para ver si sigue siendo persona humana.
Visto lo visto, no descarto que se convierta en un extra de The Walking Dead .
Izan y tú ya sois colegas, así que no creo que te importe dormir con él. Guiño, guiño».
—¿Guiño, guiño? —pregunto empezando a reírme sonoramente.
—Sí, en plan «sé que no te importa porque te lo quieres tirar». Esa sería la traducción de lo que dice Candela.
—¿Y qué opinas al respecto?
—No pienso tener esta conversación. Vamos.
Se separa de mí y aprieta el botón del ascensor para disimular.
En cuanto llega, nos metemos dentro y marco el número de mi planta, una por encima de la de ellas. Se abre la puerta y la guío hasta la habitación. Cuando entramos, se queda mirando hacia las camas, que están juntas.
—Las nuestras están separadas —señala.
—Pues qué suerte, porque Marc se mueve todo el rato y siempre acaba medio metido en la mía. ¿Te supone algún problema que estén así?
—N-No, no..., no te preocupes.
—Te dejo algo para que te pongas —digo mientras me dirijo a mi equipaje para buscar entre mis cosas algo que le resulte cómodo.
—No hace falta, de verdad. Bajo a mi habitación a por el pijama.
—Fabiola, de verdad que no es necesario. Yo te presto algo.
Abro mi maleta y saco una camiseta y un pantalón corto de deporte.
—Toma. —Se lo tiendo—. Puedes cambiarte en el baño si quieres, aunque yo no tengo problema en que lo hagas delante de mí.
—Me ratifico, Izan: más quisieras —responde, girando sobre sus talones para meterse corriendo en el baño.
Pues claro que sí, Mambita, claro que me gustaría.
El ambiente está lleno de expectación, pero también de interrogantes. ¿Cómo hemos acabado el día así? Pasan pocos minutos cuando oigo que se abre la puerta.
—Ya estoy.
Fabiola aparece frente a mí y yo trago saliva como buenamente puedo mientras veo lo bien que le sienta mi ropa. Mía . Yo estoy sentado en mi cama y ella viene y hace lo mismo en la de al lado.
—¿Ya estás despejada del todo?
—No, aún sigo algo perjudicada, pero nada comparado con hace unas horas. Debo decir que esos dos gilipollas me han hecho espabilar un poco. Creo que los nervios me han bajado bastante el colocón.
—Habría que exterminar a esa clase de escoria.
—Estoy de acuerdo. Pero no ha pasado nada, así que vamos a quedarnos con eso.
Además, me alegro de que el festival tome medidas con este tipo de agresiones e interpongan directamente ellos la denuncia.
Mañana tendremos que personarnos para declarar y solo espero que no se comporten así nunca más con una mujer.
—Yo también lo espero. Ha sido un día bastante largo... ¿Estás cansada?
—Mucho. ¿Y tú?
—También —admito.
Voy hacia el otro lado de la cama y me apoyo en el cabecero. Fabiola hace lo mismo en la suya, pero ella se tumba posando la cabeza en la almohada.
—¿Puedo apagar la luz o la necesitas para algo?
—Puedes apagarla sin problema.
Ahora mismo la única claridad que ilumina la habitación es la de la luna que se ve a través de la ventana. Incluso las farolas están en penumbra.
—Tengo un ritual para dormir; espero que no te importe.
No hay un día que no haga lo que estoy a punto de enseñarle.
—¿De qué se trata?
—Escucho música para relajarme. Me evado analizando las letras de las canciones y me transporto a lugares recónditos en los que solo estoy yo acompañado de esas melodías y de las historias que cuentan. Me da paz.
—Eso es muy bonito.
—Y también muy solitario. Pero me gusta sentirme así en ciertos momentos. Puedo ordenar mi mente, pienso en cómo ha sido mi día y si me gustaría repetirlo.
—¿Y qué me dices del día de hoy? —pregunta y un pequeño bostezo sale de su boca.
—Si me dejas escuchar primero una canción, cuando acabe contesto a tu pregunta.
—Adelante. Aquí estaré esperándote.
Me pongo los auriculares, le doy al play y empieza a sonar la canción que escucho todas las noches antes de dormir.
Esta vez no analizo la letra, que ya me sé a la perfección, sino que utilizo los tres minutos y cuarenta segundos que dura para pensar en cómo me siento después de hoy y todo lo que despierta en mí la mujer que tengo a mi lado.
Lo que le he asegurado hace unas horas se lo he dicho con total convencimiento: no permitiré que sufra mientras yo pueda evitarlo.
La cuestión es la siguiente: ¿lo conseguiré?