35. Un falso mito, una invasión de espacio personal, una pelea y una petición de sana, sanita
Un falso mito, una invasión de espacio personal, una pelea y una petición de sana, sanita
Fabiola
Libre : Dicho de quien disfruta de libertad. Aquella persona que tiene la posibilidad de tomar decisiones y llevar a cabo acciones sin imposiciones externas.
Sí, probablemente este sea el día en que más libre me haya sentido en toda mi vida. Liberada, despreocupada, osada, atrevida.
«¿Y libertina...?». Desde el punto de vista social, se considera libertinaje cuando una persona deja por completo de lado los prejuicios y las normas morales creados por la sociedad y la cultura y ejerce una libertad total; independientemente de lo que dicten la ley y las instituciones en esa sociedad.
No me voy a pasar, la ley voy a cumplirla (creo), pero vuelvo a estar rodeada de gente que no me conoce, que no tiene ninguna opinión sobre mí y, sobre todo, estoy con una persona que me produce un montón de sensaciones y que es totalmente lo opuesto a lo que soy.
Dicen que en la variedad está el gusto, y yo digo que quizá va siendo hora de sentirme una chica de veintiocho años que tiene que experimentar ciertas cosas, aunque no las considere correctas.
—Sí, quiero.
Lo cojo de la mano y comienzo a caminar de nuevo hacia el festival, al puesto de Amélie.
—Hola. Oye, Izan y yo nos vamos a dar una vuelta y volveremos al hotel en taxi. No he querido decirlo delante de mi prima, pero ya has hecho demasiado por nosotros.
—No ha sido nada y a nosotros no nos cuesta acercaros.
—Os merecéis llegar a vuestra casa cuanto antes con todo lo que habéis trabajado hoy. Ha sido un verdadero placer, chicos. Infinitas gracias.
—Lo mismo digo. Mil gracias por todo, chicos, me ha encantado conoceros.
Nos damos unos cuantos besos y abrazos de despedida y nos alejamos del puesto. Salimos del recinto en silencio y nos apartamos del bullicio para dirigirnos a una explanada con césped y árboles en la que hay gente sentada comiendo.
—Estás muy callada —me comenta una vez que nos acomodamos.
—Estoy comiendo y quiero que se me baje la borrachera cuanto antes. Haz lo mismo: come y calla.
No volvemos a hablar hasta que acabamos los perritos y el agua.
—¿Te importa si me acuesto un poco? Aún estoy bastante pedo...
—¿Sabes con qué se nos bajaba a Marc, a Gisela y a mí la borrachera cuando éramos adolescentes? Un buen café con sal.
—Sabes que es un falso mito, ¿verdad?
—No es un falso mito.
—Cuando estoy más bebida de la cuenta se me suelta la lengua, así que ahora vas a escuchar la explicación que te voy a dar.
—¿Es necesaria? —pregunta entre risas.
—Cállate.
—Me mandas callar todo el rato. —Hace un mohín y yo me disperso más segundos de la cuenta.
—Para el caso que me haces... No es verdad que por tomarte un café con sal se te baje la borrachera.
¿Vomitas? Sí, pero el alcohol ya lo tienes en sangre.
Y podría decirte muchas razones más, pero es verdad, no es necesario y a ti te darán igual las explicaciones que te dé.
Y yo solo pienso en que me siento libre, que todo me importa una mierda y que quiero otro dónut.
Mira, el comer sí que ayuda a que se te baje la borrachera.
—Tus deseos son órdenes. Voy a comprarlos. Quédate aquí tranquila, que ahora vuelvo.
Observo cómo se aleja de mí en dirección al pabellón y me acuesto de nuevo cerrando los ojos.
Aunque estoy bajo un árbol, siento que el sol, que se cuela entre las ramas, me da en la cara.
Sé que no es la mejor opción, pero es que no tengo fuerzas ni para moverme.
No sé el tiempo que ha pasado, pero al rato algo me lo tapa.
—¿Cuál has escogido esta vez? ¿También lleva chocolate por dentro? —Ya estoy salivando.
Izan no me contesta. Abro los ojos y me encuentro con que dos tipos que no conozco de nada están invadiendo mi espacio personal. Se ve que van pasadísimos y preveo que me van a dar problemas.
—¿Puedo ayudaros en algo? —Mi tono de voz pretende ser calmado, pero no lo consigo del todo.
«Claro que sí, estando en Lyon y hablándoles en español, seguro que me entienden».
Se ríen y esto cada vez me gusta menos.
— Are you alone, sweetheart?
«Que si estoy solita... Estadounidenses. Ese acento no es británico».
—No, I’m with my boyfriend. He is about to arrive, he’s gone to get something to eat.
Les he mentido diciendo que estoy con mi novio, pero no en que ha ido a por comida y está al llegar.
— We are better company than your boyfriend .
Dudo que estos dos sean mejor compañía que mi novio, aunque este sea inexistente.
Me levanto, veo que llevo mi bolso y mi móvil y me dispongo a alejarme de ellos.
.., pero no me dejan: unas manos me agarran y me hacen retroceder empujándome hasta colocarme detrás del árbol debajo del que descansaba.
Tener ahora aquí mi espray de pimienta me habría venido fenomenal.
Maldita la hora en la que elegimos ponernos en un sitio tan alejado.
«¿Tengo que pedir ayuda?». Entre el alcohol y el miedo, no puedo pensar con claridad.
Uno de ellos acerca la mano a mi pierna e instintivamente le doy un manotazo.
—Ni se te ocurra tocarme.
Sé que no me ha entendido, pero tampoco hay que ser muy listo para captar el mensaje.
— Scared little bitch...
—Gilipollas.
No lo veo venir, pero de repente uno de ellos es lanzado con fuerza hacia atrás.
Al darse cuenta de lo que pasa, los dos se abalanzan sobre Izan y lo empotran contra el árbol.
Le ha dolido, ya que lo oigo quejarse. Intento subirme a la espalda de uno, pero lo hago en vano.
Comienzo a gritar pidiendo ayuda y la gente mira en nuestra dirección.
Un grupo de jóvenes, al ver la escena, sale corriendo hacia nosotros y, en cuanto llegan, se los quitan a Izan de encima.
Eso sí, no evitan que uno de ellos le lance un puñetazo a la cara, haciéndole una pequeña brecha en el labio.
Viendo la que se está formando, un par de guardias de seguridad se acercan para llevárselos de allí y nos recomiendan que pongamos una denuncia en la comisaría.
—¿Estás bien? —pregunto cogiéndole la cara entre mis manos para evaluar el golpe que se ha llevado.
—Podría estar mejor. ¿Esos hijos de puta te han puesto una mano encima?
—Lo han intentado. —Al ser plenamente consciente de sus intenciones, mi cuerpo comienza a temblar.
—Los mato...
—Chist, ya está. ¿Te duele mucho? —digo sacando un pañuelo del bolso y poniéndoselo sobre el labio.
—Ahora estoy un poco mejor —responde procurando tranquilizarme con una sonrisa.
—No digas bobadas —le contesto riendo.
—Lo digo en serio: cuando he visto que te tenían acorralada, lo único que quería era darles una paliza. Ahora que veo que estás bien, se me han quitado un poco los instintos criminales.
Sigo limpiándole la sangre del labio mientras él me observa con atención.
—Hubiese estado genial verte convertida en Beatrix Kiddo y que hubieras acabado con ellos, Mambita.
—No sé yo si ese traje de látex me hubiese dejado hacerles mucho.
—No me hables de látex que me pongo tonto.
Me río.
—Tonto eres un rato. Y deja de hablar, que se te va a abrir más la herida.
—Merece la pena.
—¿El qué? —planteo frunciendo el ceño. No tengo ni idea de por dónde va esta vez.
—Ese corte, para que cuides de mí y estés tan cerca. ¿Sería mucho pedir un sana, sanita? Recuerda que acaba con besito. —Pone ojos de corderillo y de nuevo pienso que es muy guapo.
—Está claro que el golpe te ha afectado más de la cuenta, listillo.
—Ya que tirándote la caña no estoy viendo resultados, tal vez yendo de listo consigo más.
.. —suelta el muy sinvergüenza mientras se ríe—.
En serio, hubiese acabado con ellos si te llegan a tocar un solo pelo.
Quiero que te quede claro que no soy un chico que se meta en follones.
.. Es más, nunca había llegado a las manos con nadie, pero quiero que tengas presente que siempre te protegeré si es necesario.
—Muchas gracias, Izan. Te lo agradezco de todo corazón.
Si no llega a aparecer en el momento justo... No quiero ni pensarlo.
—No tienes que agradecerme nada. Para eso están los amigos, ¿no?
— ¿Amigos? Eso ya son palabras mayores. —Y yo soy una persona a la que no le sobran.
—Vale, pues podemos dejarlo en que soy tu atractivo salvador. Tranquila, también me vale. Ahora tendré que estar todo el viaje contigo por si algún ser maligno intenta atentar de nuevo contra tu integridad.
Sonrío. Lo hago a pesar de los nervios que aún noto por dentro y porque estoy descubriendo que Izan es una de esas personas que consiguen convertir los malos momentos en sonrisas tímidas.
—Volviendo al látex...
—Eres mala.
—No me hubiesen dejado entrar con la katana, ¿verdad?