33. Una chica competitiva, un duodécimo trago, una hija modélica y una distracción
Una chica competitiva, un duodécimo trago, una hija modélica y una distracción
Fabiola
Avariciosa, no sé, pero competitiva, un rato. Y no me hace falta suerte... Bueno, sí, pero que venga de la mano de otra vejiga y un nuevo estómago.
El público está animado viendo cómo dos borrachos —nosotros, evidentemente— seguimos mano a mano, chupito a chupito.
—¿Te rindes?
—Ya te he dicho que quiero ese dinero. Así que lo ganará el mejor.
—No me pongas esa cara de mala leche, mujer. Recuerda que hemos quedado en ser algo así como amigos.
—Yo ya no sé ni qué cara pongo, Izan..., llevo un pedo de cuidado. Pero, no, no te voy a dejar ganar.
—Pues siento decirte que yo a ti tampoco.
Chupito número doce. Ni más ni menos. Yo ya ni siento ni padezco, y, por supuesto, veo triple por lo menos. ¡La madre que me parió! Hablando de ella, si ahora mismo me viera por un agujero, se iría corriendo al despacho de sus abogados a iniciar los trámites para repudiarme y desheredarme.
Siempre he sido la hija modelo que toda madre desearía. Aspecto impecable, sonrisa siempre en todo lo alto, ni una palabra malsonante, currículum académico ejemplar, nunca llegué pedo a su casa, por supuesto que nada de embarazos no deseados ni amigos malotes del barrio... Una joya, vamos.
Siempre escuchando sus charlas nutricionales, sus consejos empresariales, sus comentarios sobre jovencitos de buena familia.
.. e incluso sugerencias sobre decoración del hogar.
Digamos que podría ser una especie de cíborg, como me recrimina a veces mi prima, creado por su progenitora.
Mamá nunca me ha querido hablar sobre su vida antes de que mi padre apareciese en ella y debo decir que me encantaría saber algo, lo más mínimo, y así intentar comprender por qué es como es.
Repito: no es mala, pero en ocasiones no me hace la vida fácil porque es muy exigente.
Por eso, si me viese en estos momentos, le daría un patatús, aunque creo que aguantaría el tipo solamente para decir la suya.
Primero le echaría la culpa a mi prima, acusándola de ser la instigadora de este despropósito a pesar de no haber participado directamente.
Luego me soltaría que cómo es posible que una señorita como yo esté en un sitio como este, y en este estado deplorable.
Además, se horrorizaría al verme con unos shorts vaqueros y unas deportivas.
.. Bueno, podría seguir enumerando un sinfín de cosas más, pero.
.. ha llegado el momento de beber. Otra vez.
«Maldita sea..., otro chupito de los malos.
Malísimo». Esto no es una bomba de relojería, esto es la bomba atómica por excelencia.
Nos ponen delante un vaso lleno de tequila, vodka, ron y ginebra.
Poseidón, creo que lo llaman, o poseído.
.. Y poseída voy a estar yo, al estilo niña de El exorcista , cuando abra la boca para beberme semejante mezcla.
No voy a ser capaz de meterme esta cosa en el cuerpo. Pero...
—Mambita.
—¿Qué? —pregunto mientras procuro enfocarlo con la mirada, lo que me cuesta un mundo.
—No sé si voy a poder beberme esto.
—Yo tampoco...
Admitir las cosas, en ocasiones, es de valientes.
—¿Lo dejamos ya?
—Acabo de decirte que no voy a rendirme.
Izan me mira fijamente a los ojos y sonríe.
—¿Por qué me miras así? Das miedo.
—Porque eres preciosa.
—Oh, vamos, cállate. Estás borracho. —Pongo los ojos en blanco.
—Los borrachos siempre dicen la verdad.
—Eso es cierto, sí...
—¿Tú no me dices que soy precioso?
«Precioso, no sé, pero estás bueno que te cagas», pienso.
«¿Qué me pasa?».
—No, pero te diré que eres guapísimo, aunque tengas esas pintas de perroflauta.
Ay, el alcohol...
—No me queda claro: ¿eso es un piropo o no?
—No lo sé, me confundes mucho. Y deja de mirarme la boca.
Lleva unos segundos alternando su mirada entre mis ojos y mi boca, y mi corazón se está poniendo frenético.
—Es que así te veo los labios.
—¿Te has quedado sordo y necesitas un dibujo?
—No, es que me apetece mucho besarte...