Si tú supieras 30. Un amor doloroso, una progenitora exasperante, unos compatriotas y un concurso de chupitos
26%

30. Un amor doloroso, una progenitora exasperante, unos compatriotas y un concurso de chupitos

Un amor doloroso, una progenitora exasperante, unos compatriotas y un concurso de chupitos

Izan

«Si alguna vez he tenido novia, pregunta».

Podría decirle que sí, que la tuve. Muy seria y durante muchos años.

Que se rio de mí. Que cogió mi corazón, lo pisoteó y lo rompió en mil pedazos.

Que mis padres no sabían qué hacer conmigo para que saliese de una vez por todas de la cama.

Que Marc y Gisela se quedaron mucho tiempo sin disfrutar de sus cosas por hacerme compañía y por no separarse de mí.

Que esa es la razón por la que soy tan hermético y no dejo que nadie entre en mi vida.

Que fueron los únicos que estuvieron a mi lado mientras el resto se olvidó de que existía.

Que daba la vida por ella. Que le dedicaba todo mi tiempo y quería ser perfecto porque era lo que me exigía: perfección.

Porque es una niña bien y yo sentía que siempre tenía que dar la talla.

Porque quería sentirme a su altura. Que me decía que tenía que ser el mejor en todo, pero sin contar conmigo.

.. porque, si yo hacía algo que no salía como ella esperaba, me dejaba a los pies de los caballos.

Que nos juramos lealtad y yo cumplí, pero ella no.

Que la pillé con otro en su cama y me quedé totalmente destrozado.

—Nada serio, la verdad. No soy un hombre que quiera comprometerse por ahora. ¿Y tú?

—Sé que esto va a sonar muy extraño y prometo que no soy tan rara, pero nunca he tenido novio formal. Es algo que a mi madre le trae por la calle de la amargura, pero no se ha dado el caso.

—No creo que sea raro no haber tenido ningún novio —comento con absoluta sinceridad.

—¿Cuánta gente conoces de nuestra edad que no haya tenido al menos una pareja? Pues eso. No es que no lo haya querido, ¿eh?, pero es que no ha llegado.

—Seguro que lo hace cuando menos te lo esperes —afirmo, porque es lo que suele pasar.

—Probablemente. En todo caso, no es algo que busque, pero tampoco lo rehúyo.

La que se pone un poco más pesada con el tema es mi madre.

Es de las típicas que piensan que se me va a pasar el arroz y que ella no ha venido a este mundo para no malcriar a sus nietos.

En plural. Insiste en que mínimo debo tener dos.

—Pero tú eres hija única, ¿verdad?

—Eso es lo que siempre le digo, que ella solo me tuvo a mí y que a mí me pide que tenga por lo menos dos.

Su explicación es que no tome las malas decisiones que en su día tomó ella.

Mi madre y sus historias... Yo la quiero mucho, pero entiendo que el resto de la humanidad, quizá, no lo haga tanto.

Es un pelín desesperante la mayoría de las veces.

—Es madre. Todas quieren lo mejor para sus hijos..., y si encima está un poco chapada a la antigua, te será difícil luchar contra esas ideas —comento tratando de quitarle hierro al asunto.

—Es curioso, ¿sabes? Ella procede de una familia adinerada que, en lugar de consentirla y dárselo todo, le exigió que se formase y se sacase por sí misma las castañas del fuego.

Nunca le regalaron nada, solo la apoyaron en la distancia.

Se enamoró de mi padre, que viene de una familia humilde, y me tuvieron solamente a mí.

Al contrario de lo que hicieron con ella, cuando acabé la carrera, me ofreció un puesto a medida en la empresa familiar.

.. y ahora no hace más que querer emparejarme con los hijos de sus amigos de su mismo estatus social y quiere que dé a luz varios hijos.

Ni siquiera me ha preguntado qué es lo que yo quiero, me lo ha intentado imponer.

Mi padre es todo lo contrario, así que, como adivinarás, esos han sido los principales motivos de discusión entre ellos.

Son una especie de ángel y de demonio. No hace falta que te diga quién es quién.

Este arranque de sinceridad por su parte me coge desprevenido, pero me alegro de que confíe en mí para compartirlo conmigo.

—Diría que tu madre no me cae nada bien...

—Lo entiendo, suele pasar. Yo siempre le digo que tiene varias personalidades.

Esa que te he contado es la que saca a relucir conmigo, pero luego la ves con los padres de Candela, por ejemplo, y se nota que los adora sin exigir nada, igual que hace con mi prima.

Otro ejemplo: la hija de nuestro chófer siempre ha estado por casa, y la ha tratado como a una hija más y le ha pagado los mejores colegios sin pedir nada a cambio.

Ella es así, de contrastes. En fin... Y tus padres, ¿a qué se dedican?

—Pues...

No puedo acabar la frase porque de pronto me cae encima una cerveza. La pareja que tenemos al lado nos mira con preocupación, casi con miedo.

—Ay, Dios... Perdón, perdón. Nos han empujado desde atrás. Leches, si no me deben de estar entendiendo na . Excuse-moi , yo...

—Tranquila, no pasa nada —le digo sonriendo.

—¡Tronco, compatriotas! —grita el chico, que sin duda ya va algo achispado.

—Lo siento —se disculpa ella de nuevo.

—Toma, tío. —Él me tiende una camiseta que acaba de sacar de la mochila que lleva—. Soy como los niños, siempre llevo recambio por si se me presenta alguna emergencia. Es lo menos que podemos hacer: estás empapado de birra.

—Eres un cuquito, cariño —suelta ella, y le da un morreo como si literalmente nosotros no estuviésemos delante.

Después de mucho insistir para que entiendan que no es necesario, y por fin conseguirlo, les muestro dónde está nuestra mesa, por si les apetece juntarse con los cuatro más tarde, y nos despedimos.

Aquí dentro hace un calor impresionante, así que, nada más volver con nuestros amigos y sentarme, me saco la camisa para que se seque antes; tengo claro que olerá terriblemente a cerveza igual, pero es lo que hay. Marc me mira con asombro.

—Un accidente: una pareja de compatriotas me han regado con cerveza —explico. Veo que Marc no ha cambiado su expresión de sorpresa—. El chico nos ha llamado así, «compatriotas», en cuanto se ha dado cuenta de que también éramos españoles.

—Anda, el día que nos conocimos los cuatro a mi prima también le tiraron una birra por encima —recuerda Cande riéndose.

—Ah, ¿sí? —le pregunto a la que acabó como yo.

—Digamos que no iba a protagonizar Kill Bill ... —contesta un tanto cohibida mientras evita mirar mi pecho desnudo.

Me río aunque ya lo sabía, pero enseguida me pongo serio porque veo que Marc me clava los ojos de un modo raro.

—¿Se puede saber qué coño te pasa? ¡Deja de mirarme así! —exclamo molesto. Esa actitud empieza a perturbarme.

—No te estoy mirando a ti, idiota. Decidme que, a pesar de no dominar para nada el francés, he entendido a las mil maravillas lo que pone en ese cartel del fondo —nos pide con una enorme sonrisa.

Candela mira hacia donde él señala, poniendo cara de fastidio por no captar ni papa de lo que hay escrito. Sin embargo, como es una chica con recursos, coge su móvil, se mete en el traductor de Google y lee en voz alta.

—Concurso de chupitos. Quien más aguante sin vomitar recibirá mil euros. Condición indispensable para optar al premio: beberse un mínimo de diez.

—Hermano, ¡vamos a por esa pasta! —exclama Marc.

Quién soy yo para no apoyarlo.