29. Un festival de comida, un móvil vintage, unos dónuts y una pregunta repentina
Un festival de comida, un móvil vintage, unos dónuts y una pregunta repentina
Fabiola
—Claro que sí —contesto a mi prima.
Honestamente, a mí tanto me da ahorrarme esos veinte euros de la entrada, igual que gastar más o menos en comida y en bebida, y sé que para Marc tampoco representa un problema. Lo intuyo. Sin embargo, para Candela y para Izan la cosa es distinta.
—¿Te apetece acompañarme a uno de los puestos por los que hemos pasado antes? Es que tengo un antojo. Marc y Cande se pueden quedar en la mesa para que no nos la quiten, y luego cambiamos.
—Sí, genial.
Me levanto y noto cómo Izan posa su mano en la parte baja de mi espalda. No sé si lo ha sentido, pero mi cuerpo ha aumentado de repente varios grados de temperatura. Me voy abriendo paso entre la gente y llegamos a un puesto al que me ha ido dirigiendo con la mano.
—Esto es peor que el Oktoberfest, que ya es decir —comenta entre el barullo.
—¿Has ido al de verdad o a alguno que se haya celebrado en Barcelona?
—A los dos. Tendrías que habernos visto a Marc, a Gisela y a mí hace dos años en el de Múnich... No sé ni cómo llegamos luego al hotel. Vaya cogorza pillamos.
—¿Y os pusisteis el outfit correspondiente? —pregunto riéndome mientras me los imagino de esa guisa.
—¿Por quién me tomas? Por supuesto. Deberías haber visto lo bien que me quedaba ese pantalón corto de cuero con tirantes. Y para qué hablar del sombrero.
—Imagino que tendrás algún documento gráfico en el móvil, ¿no?
—Chica lista. Un segundo. —Me guiña un ojo, y yo..., nada. No me pasa nada.
Saca el teléfono del bolsillo de sus vaqueros y me fijo en que es un móvil bastante antiguo. Trastea un poco con él hasta que me lo pone delante de la cara.
—Joder...
Sí, me estoy aficionando a soltar improperios por la boca, pero no me importa. Estoy segura de que piensa que esta palabra la he dicho porque lo veo feo, pero es que... ¡madre mía de mi vida lo guapísimo que está! Tiene mérito el asunto, ya que esa ropa no le sienta bien a cualquiera.
—¿Tan horrible estoy? Estás hiriendo mis sentimientos. —Se lleva una mano al corazón teatralmente.
—Todo lo contrario, estás muy comestible —confieso—. Pero negaré haberlo dicho.
—Qué mala eres... Bueno, ¿qué te apetece?, ¿una cerveza? Te he traído aquí porque tienen artesanas, las he visto antes al pasar.
—¿Otra? Ya me he bebido tres.
—No insultes a los bebedores de cerveza. Te has tomado tres quintos. Eso es como beber agua.
«Pero ¿qué dice? Ya he tomado demasiada».
—Lo será para ti, que después de estar todo el día repartiendo seguro que te vas con tus amigotes al bar a hincharos a cañas.
—Ni confirmo ni desmiento.
—Si es que tienes toda la pinta... —suelto sin pensar.
—¿Tengo pinta de repartidor borracho? Vaya, eres la primera que me dice algo semejante. Si no quieres cerveza, ¿qué me dices de uno de esos dónuts glaseados que pone que son de autor?
—Uy, no, eso no lo puedo comer.
«¿Cuánto hace que no me como uno?».
—¿No te gusta el dulce o es que tienes algún tipo de intolerancia?
—Básicamente es que engorda.
Izan me mira extrañado. Creo que lo he dejado sin palabras porque tarda unos segundos en volver a hablar.
—¿Eres consciente de lo que has dicho? Una cosa es que te hinches a dónuts o a dulces todos los días y otra muy distinta es que no puedas comerte uno, y encima en un festival gastronómico. Te reto.
—¿Qué?
Me mira intensamente y no sé cómo reaccionar.
—Recuerda que en este viaje tienes que hacer cosas que no harías jamás estando en casa..., así que te reto a que te comas al menos un dónut.
—Acepto.
«Qué narices, tiene razón».
—Esto ha sido demasiado fácil...
Me mira con una sonrisa en los labios y se dirige al chico del puesto para pedirle dos. Me tiende uno con una servilleta y salivo al ver que tiene una pinta increíble.
—Pruébalo.
Le doy un mordisco y siento cómo el relleno de chocolate que no sabía que tenía se deshace en mi boca. Gimo de gusto, bajito, pero él lo oye.
—No necesito que digas nada. Ese ruidito no ha dejado lugar a dudas.
—Está buenísimo. Prométeme que antes de irnos comeremos alguno más. En realidad, los probaría todos.
—Me parece genial.
Mientras los saboreamos, tras pegarle un mordisco al suyo, de pronto se le sale un poco de chocolate por la comisura de los labios. Sin siquiera planteármelo, guío mi dedo hacia allí y se lo quito.
—Perdona, es que tenías un poco de... —Nada más darme cuenta de lo que estoy haciendo, me llamo «tonta» mentalmente.
—No pasa nada.
He visto esta escena en muchas ocasiones, ya sea en el cine, en la pequeña pantalla o en la calle. Si fuese mi novio, me llevaría el dedo a la boca y chuparía el chocolate... o incluso él cogería mi mano y me lamería el dedo. Pero lo que hago es coger la servilleta y limpiarme con ella.
—¿Alguna vez has tenido novia?
«¡Pum!».