28. Un lugar extraño, una pareja moderna, unas entradas gratis y un ofrecimiento gastronómico
Un lugar extraño, una pareja moderna, unas entradas gratis y un ofrecimiento gastronómico
Izan
—Quiero decir que, bueno, realmente no sé nada de ti. Solo que eres amigo de Marc y su hermana y que eres repartidor.
Mientras Fabiola me dice esto, mis ojos conectan con los de mi amigo, que me mira divertido a través del espejo retrovisor.
—Tranquila, te he entendido. Pues puedo contarte que soy hijo único, que tengo una familia que me quiere, que siempre he ido bastante a mi rollo y que considero que Marc y Gi son mis hermanos. Creo que esto último ya te lo había mencionado...
—Puede que me suene. Igual que me pasa a mí con Candela.
—¿Nunca la llamas por el diminutivo? —Acabo de caer en este detalle.
—No, la tía perra casi nunca lo hace —suelta su amiga desde el asiento delantero—.
Solo oigo un «Cande» de su boca cuando la caga y quiere resarcirse o cuando sus defensas están bajas.
Es obvio que no nos parecemos en nada a pesar de compartir sangre.
Yo soy una moderna de extrarradio, y ella, una pija redomada.
Pero la quiero. La quiero mucho. Eso no quita que a veces se ponga en plan gilipollas y me den ganas de asesinarla con mis propias manos de mil maneras distintas.
Es un poco... frívola, mundana, porque vive pendiente de lo externo y lo social.
Pero, en honor a la verdad, ella también me aguanta lo suyo. Te quiero, prima.
Fabiola me mira y, en lugar de enfadarse, levanta los hombros y sonríe.
—Culpable.
Yo le sonrío de vuelta.
—Pero en este viaje vivirá una especie de catarsis, se liberará..., así que hablará con la boca llena, saltará descalza cuando lleve un buen pedo encima, se enrollará con algún desconocido, meará en sitios públicos y probablemente acabará enseñando las bragas —suelto dirigiéndome a Cande.
—No pienso hacer todo eso —afirma la protagonista de nuestra conversación.
—Vamos mejorando. Si estuviésemos en casa, habrías dicho: «No pienso hacer nada de eso». Pero acabas de decir que no lo harás todo . Veo que vas pasando por el aro.
—Esta conversación es interesantísima, pero ¿podemos cambiar de tema? —pide Fabiola.
—Venga. Como no quiero seguir haciéndote pasar un mal rato, voy a daros algunos datos de Lyon.
—Adelante —la anima Fabiola, sin duda para que no volvamos a hablar de ella.
—Veamos: aquí en Lyon nació... ¿Os gusta el fútbol?
—No —contestamos Marc y yo a la vez.
—Bueno, da igual. Aquí nació Benzema.
Dicho esto, se queda callada. Todos esperamos a que Cande siga, pero esta solo mira por la ventanilla, en silencio.
—¿Y ya está? —curioseo—. ¿No nos cuentas nada más?
—Joder, acabo de caer en la cuenta de que realmente sé poco sobre la ciudad. Me he documentado sobre muchas cosas, pero no sobre Lyon en sí... Bueno, puedo añadir que aquí nacieron los hermanos Lumière y el autor de El principito . Uy..., ¡que parece que ya hemos llegado! —exclama aliviada.
—Yo no pienso bajarme aquí. Ni loca.
Fabiola se refiere a que nos hemos detenido en una explanada solitaria apartada, muy apartada, del centro urbano y lo que tenemos delante es una especie de nave industrial gigantesca, un antiguo centro de reparación de locomotoras de veinte hectáreas.
—Fabs, no empieces —la advierte Candela—. Justo ahí está el cartel del festival. Está claro que no nos hemos equivocado.
—Mira, seré una pija redomada, pero también soy una pija fanática de las pelis de terror de los noventa. ¿Sabes que eso puede ser un cartel falso para que la gente entre y alguien la ataque una vez dentro?
«Ya sería mala suerte...».
—Tía, ves demasiadas pelis de esas, estás chalada.
Aparcamos el coche y nos acercamos al cartel del festival, en el que pone que este se celebra del 13 al 16 de junio. Hemos tenido suerte; un par de días más y nos lo habríamos perdido, aunque creo que algún miembro de este cuarteto lo hubiese agradecido.
—Chicos, somos un desastre —comenta Marc—. ¿A nadie se le ha ocurrido que plantarnos aquí a estas horas de la mañana no era buena idea?
—¿Qué problema hay? —indago.
—Pues que hasta dentro de hora y media no abren las puertas. Tanto informarnos para acabar no mirando el horario.
—No me jodas... —suelta Cande mientras empieza a reírse.
Todos nos reímos a excepción de Fabiola, que pone cara de fastidio.
Justo en ese momento un camión se acerca a nosotros.
—¿Veis?, este es nuestro fin. Nadie sabrá jamás que nos han metido en ese tráiler a la fuerza.
Empiezo a estar de acuerdo con su prima en que ve demasiadas películas.
El camión se para y baja una pareja con un look muy moderno. Nos miran y nos sonríen, preguntándonos algo en francés que se nos escapa por completo.
—Lo siento, somos de Barcelona —digo, como si fueran a entenderme.
—Eso, tú dales más razones para que se deshagan de nosotros —me susurra Fabiola poniéndose a mi lado.
—Hola. Me llamo Amélie —dice en un español bastante decente.
—Ay, esto es una señal. Prima, son buena gente, hay una peli que lleva por título su nombre.
—Candela, por favor —masculla Fabiola, que no sabe dónde meterse en estos momentos.
— Excuse-moi , no hablo vuestro idioma trop bien.
Soy una chef del festival. ¡Habéis llegado beaucoup pronto!
Por aquí no hay rien à faire hasta más tarde.
¿Ya tenéis les tickets del festival? Si queréis, podéis pasar con nous .
.. gratis, mais nos ayudáis un poco a cambio; nos han fallado un par de trabajadores.
«Mira tú qué maja». Todavía no las habíamos comprado, pensábamos hacerlo online al llegar.
La tarea que nos encomienda es sencilla.
Se trata de echarles una mano para descargar toda la comida que llevan en el camión, que no es poca, y meterla en el recinto en unos grandes carros.
Bastian, su marido, no sabe ni una palabra de español, ni nosotros de francés, así que nos comunicamos con gestos y sonrisas.
Al terminar de descargar y entrar los productos, comprobamos que, sin apenas darnos cuenta, ha llegado la hora de apertura.
— Merci beaucoup , chicos. Ahora disfrutad del festival y, por favor, cuando tengáis hambre o sed, venid a vernos.
Amélie ha resultado ser una mujer encantadora.
Se lo agradecemos, damos una vuelta por el enorme recinto y vamos de aquí para allá siguiendo el programa y disfrutando del ambiente. El espacio se ha ido llenando rápidamente de público.
—Qué bien habernos ahorrado los eurillos de la entrada, ¿no os parece? —comenta Candela mirándonos a todos con cara de felicidad cuando por fin nos sentamos en una mesa cercana al puesto de Amélie y Bastian, a quienes saluda con la mano.