26. Una similitud, una disculpa sincera y una lectura acertada
Una similitud, una disculpa sincera y una lectura acertada
Izan
—La verdad es que sí, estás muy guapo hoy.
Me pinchan y no sangro. Fabiola ha debido de levantarse con el pie derecho porque tiene una sonrisa en la cara y me ha echado un piropo. No sé qué pasa, pero pido que no sea nada pasajero.
—Cómo no va a decir que estás guapo, si parecéis siameses. ¡Vais iguales! —exclama mi amigo.
Marc tiene razón: los dos con vaqueros y el resto de la ropa negra. Se la ve distinta, pero sigue estando despampanante. Es verdad que parece no ser muy fan de este estilo más desenfadado, pero todo le queda bien. Además, hoy no lleva coleta, se ha dejado la melena suelta con algunas ondas.
Y sobre Candela..., ¿qué decir? Es para mirarla todo el rato.
Tiene los ojos más aguamarina que haya visto en mi vida.
Se ha hecho unas trenzas de boxeadora y lleva los labios de color morado.
Su outfit se resume en un mono corto con estampado de piñas y unas zapatillas iguales a las nuestras.
Lleva un minibolso cruzado sobre el pecho y una cazadora vaquera colgada del brazo izquierdo.
Es muy guapa y hoy llama especialmente la atención. ..
—Chica mariposa, trae la chaqueta, que te la guardo en mi mochila —le ofrezco sonriendo.
—Oh, tranquilo, Izan, no me molesta.
—Insisto.
Tiendo la mano y me da la chaqueta con una sonrisa.
—Muchas gracias.
Marc la coge del brazo que ahora tiene libre y comienzan a caminar hacia la cafetería en la que vamos a desayunar. Está al lado del aparcamiento en el que dejamos el coche ayer, y así luego solo será montarnos para irnos a... ni idea. Ya sabéis que el del cuaderno de rutas es él.
Fabiola se pone a mi lado y me sonríe. ¿Me ha excitado una simple sonrisa? Siendo la suya, sí.
—Oye, Izan... No sé cómo empezar, pero básicamente quiero pedirte perdón por cómo me comporté ayer contigo. No sé qué me pasaba, pero no te traté como es debido. —Lo dice con la boca pequeña, pero, viniendo de ella, me parece todo un triunfo.
—Olvídalo, no te rayes. No soy rencoroso ni vengativo, y todos podemos tener un mal día. Pero debo confesar que estaba decidido a iniciar una guerra contigo en la que tenía claro que resultaría ganador. Ahora, sin embargo, puedes estar tranquila, estás a salvo.
—Te lo agradezco —me dice entre risas—. Pero necesitaba disculparme porque no suelo ser así de arisca con la gente, y mucho menos despreciar a nadie por su aspecto... y llamarlo «perroflauta».
—¿Quieres que te diga lo que pienso de todo esto? —pregunto mirándola fijamente.
—Sí, claro.
—Estás encasillada en un ambiente pijo... del que te resulta muy difícil salir, por no decir imposible, porque te lo han inculcado desde pequeña. ¿Voy bien?
—Desde luego. Sigue. —Sonríe.
—Seguramente, te exigen mucho y tú también te autoexiges, tanto en el trabajo como en casa, porque no te permites salirte de lo que tú o tu familia consideráis que es lo correcto. Corrígeme si me estoy equivocando.
—Me estás leyendo a la perfección. Más. —Se mete un mechón de pelo tras la oreja.
—La otra noche en la fiesta se te fue la mano.
Ya me entiendes: te desmelenaste más de lo que acostumbras.
.., o a lo mejor era la primera vez que lo hacías.
Cuando ayer te despertaste en mi cama y fuiste consciente de lo sucedido, te decepcionaste y no te sentiste nada orgullosa.
.., y lo acabaste pagando conmigo... porque, encima, no soy tu prototipo de niño rico.
Admito que no recuerdo nada, pero te aseguro que no hiciste nada que no quisieras.
—Yo tampoco, aunque de eso estoy convencida también. —Se muerde el labio inferior.
—Hasta aquí mi lectura.
—No te falta razón, y, como te he dicho, me arrepiento de mi comportamiento de ayer. Izan, he decidido cambiar de actitud... y abrirme más contigo en este viaje.
—Eh...
—Ay, no, no me refería a... Ya sabes lo que quiero decir.
Se ha puesto roja como un tomate maduro.
—Pues no... ¿Me lo explicas?
En ocasiones, soy un poco capullo.
—Parecerás muy cuqui, pero en el fondo eres un demonio.
—Sí que lo he entendido, Mambita, pero es que te pones preciosa cuando te ruborizas.