25. Un mono de piñas, una declaración de intenciones y un cambio de actitud
Un mono de piñas, una declaración de intenciones y un cambio de actitud
Fabiola
D ESPERTAR DE LAS CHICAS
—¿Has dormido bien? —me pregunta nada más abrir los ojos.
—Sí, Candela. ¿Y tú?
Ella asiente y mira su reloj. Me lo enseña y me indica que hay que ponerse las pilas para que nos dé tiempo a ducharnos y prepararnos para no llegar tarde. Se levanta y se estira, ritual que hace cada mañana.
—¿Hará buen día? Es que me quiero poner el mono corto de piñas. ¿Puedes mirar en el móvil qué tiempo hará hoy?
Lo busco y se lo enseño.
—Genial. El mono, entonces. ¿Tú qué te vas a poner?
—Había pensado en los vaqueros cortos con la camiseta negra de volantes en los hombros y mis Converse, esas que no he usado nunca... ¿Qué opinas?
—Irás fantástica. Nunca te vistes así, desenfadada, aunque estás preciosa cuando lo haces. Tal vez incluso parezcas una persona normal —me dice suspirando trágicamente entre risas—. Me voy a la ducha.
Se adentra en el baño y saco de la maleta mi outfit para hoy. Mi prima y yo no tenemos pudor la una delante de la otra, por lo que mientras se ducha entro a hacer pis.
—¿Sabes? He decidido una cosa —empiezo a hablar una vez que me siento en el váter.
—¿El qué? Sorpréndeme...
—Estas tres semanas voy a ser quien nunca soy. Voy a ser una Fabiola renovada, desmelenada, deslenguada, un tanto alcoholizada y, si puedo, muy sexual.
—¿Eso es una declaración de intenciones con nuestro nuevo amigo? —Mientras lo dice, saca la cabeza por la cortina de la ducha y me mira subiendo y bajando las cejas.
—No, lo que quiero decir es que quiero ser menos yo y más tú. No te lo digo nunca y lo siento, pero me encanta cómo eres y estoy muy orgullosa de ti.
—Ay, Fabs, no me digas esas cosas ahora que estoy en la ducha y no te puedo abrazar.
—Ya lo harás luego. Quiero comer un perrito caliente en la calle sin miedo a que me caiga un chorretón de kétchup en la ropa. Quiero cantar a pleno pulmón, bailar saltando y desinhibirme sin pensar en la opinión de quienes me vean. Quiero ser libre de una vez por todas y...
—Prima... —me corta.
Candela ha visto cómo mi tono alegre ha ido cambiando cuando he pronunciado esta última frase. Ha salido de la ducha, se ha enrollado en una toalla y se ha arrodillado delante del váter en el que estoy sentada.
—¿Eres feliz? —me pregunta.
Me coge las manos y me mira con cara de ¿tristeza?
—No... no lo sé, Cande. Solo quiero ser alguien, como tú dices, normal.
No quiero pensar en la imagen que proyecto, ni en la que esperan de mí.
Tan solo quiero ser una chica más de veintiocho años, aunque sea solo por tres semanas.
No tener preocupaciones, no estar pendiente de todo lo que me exige mi madre, como que tengo que hacer una dieta para que mi metabolismo no cambie con la edad.
No quiero tener que ser perfecta ni para ella ni para nadie. Necesito respirar de nuevo, de verdad.
—Sabes que quiero a mi tía con toda mi alma, pero creo que te ha hecho a su imagen y semejanza.
.. a tu pesar. No puedes vivir la vida que otros quieren que vivas, Fabiola.
Tienes que vivir la tuya. ¿Quieres ir de punta en blanco, beber batidos de pepino y salir a tomar champán con tus amigos?
Hazlo. ¿Quieres ponerte unos pantalones vaqueros con los que se te vea medio culo, pintarte las uñas de morado y beberte un litro de vodka negro?
Pues hazlo también. Pero porque sea lo que te pide el cuerpo y no otros, y pasando de lo que los demás opinen al respecto.
—Sabes que yo no sería nadie sin ti, ¿no?
No he dicho nada más cierto en mi vida.
—Lo sé, y siento interrumpir este momento, pero tengo que vestirme o se me va a congelar el chichi, que ya sabes que una, aunque no lo parezca, es friolera.
Media hora después estamos en la puerta del hotel.