Si tú supieras 24. Un «outfit» acertado, un aviso y un halago insospechado
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24. Un «outfit» acertado, un aviso y un halago insospechado

Un «outfit» acertado, un aviso y un halago insospechado

Izan

—Arriba, bello durmiente —me suelta Marc zarandeándome por un pie.

¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Abro un ojo y observo a mi amigo, que me mira sonriente mientras me aparta la sábana y empieza a tirar de uno de mis brazos para levantarme.

—No quiero...

—Tú lo que no quieres es ver a la chunga de Kill Bill porque te pone los huevos de corbata. Venga, que en veinte minutos hemos quedado con ellas para desayunar y tienes que darte una ducha, que hueles a choto.

Ni contesto, para qué. Me levanto, cojo la ropa que voy a ponerme de la maleta, pues no la deshice anoche, y me dirijo hacia el baño, no sin antes acercarme a Marc, que lee mis intenciones.

—Como me eches el alientorro en la cara, te corto las pelotas —me amenaza.

Me río y me meto en la ducha. Ocho minutos después ya estoy preparado.

—¿Ya estás listo? —pregunta mi amigo.

—Siempre —contesto yo.

Llegamos a la puerta del hotel dos minutos antes de la hora fijada y veo que he acertado con mi indumentaria.

Hoy en Lyon hace una temperatura de veinticinco grados, ideales para mis bermudas vaqueras.

Las he acompañado con una camisa negra de manga corta, que no he abotonado del todo, dejando ver mi crucifijo de plata, y mis Converse del mismo color.

Como complemento, esta vez no llevo una de mis riñoneras, sino una de mis mochilas, que haría de mi look un total black si no fuese por mis pantalones.

—¿Qué llevas en esa mochila andrajosa?

El día que Marc diga algo positivo de alguno de mis bártulos, será fiesta nacional.

—No te valen mis riñoneras y ahora tampoco mis mochilas. Nunca estás contento con nada.

—Como para estarlo; son un cuadro. Venga, dime.

—Pues llevo la cartera, la llave de la habitación, analgésicos, una chaqueta y dos de mis cargadores portátiles. —He tenido que echar un vistazo porque no estaba al cien por cien seguro de lo que he metido ahí hace unos minutos.

—Cualquiera diría que eres una especie de Mary Poppins. No sabía que entraba tanto en esa cosa. De todos modos, te aconsejo que lleves la cartera en el bolsillo delantero de los pantalones. Ahí tiene menos peligro de robo o pérdida.

Hace un gesto para que mire en el bolsillo de su pantalón, en el que lleva la suya.

—¿Por qué siempre piensas que van a atracarnos o algo por el estilo?

—Error: lo pienso en mi caso. Si me apuras, los maleantes tal vez piensen que tienes su mismo oficio —suelta entre risas—. Sabes que estoy de broma. Eres algo así como una especie de Can Yaman, así que no se acercarían a ti por miedo a que les hicieras el hechizo del amor.

—Uy, ¿qué me he perdido? ¿Hechizo del amor? —suelta una voz cantarina a la que ya me empiezo a acostumbrar.

Estábamos tan entretenidos, Marc diciendo tonterías y yo escuchándolas, que no hemos visto que las chicas ya estaban aquí.

—Le decía a Izan que tuviese cuidado con la cartera —le explica Marc a Candela—.

Nunca se sabe cuándo te la quieren meter.

.. La mano, digo, y en el bolsillo, por supuesto.

Pero he añadido que seguro que no se le acercaba nadie porque está tan comestible, cual actor turco, que tendrían miedo a enamorarse de él.

—La verdad es que hoy estás muy guapo, Izan —me halaga ella—. Y actor turco, no sé, pero a mí me recuerda bastante a Noah Centineo en sus épocas de estar bueno que te cagas, todo hay que decirlo... ¿No, Fabs? —pregunta girándose hacia su prima.

Me he dado cuenta de que Fabiola no es de las que contesta, pero sí de las que da a entender con su mirada. Y lo que está viendo queda claro que le gusta, aunque no lo vaya a reconocer.

—La verdad es que sí, estás muy guapo hoy.

«¿Dónde está la cámara oculta?».