Si tú supieras 23. Un coche de alquiler, un hotel compartido y una contradicción con patas
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23. Un coche de alquiler, un hotel compartido y una contradicción con patas

Un coche de alquiler, un hotel compartido y una contradicción con patas

Fabiola

—¿En serio no podríamos haber cogido un taxi hasta el hotel?

—Sí, claro, y también podríamos haber cogido un autobús, ya puestos. ¿Preferirías haberlo hecho?

—Pues no lo sé, Candela, pero me habría encantado que no me hubieran traído ellos hasta aquí. Sabes que no me gusta deber favores a nadie...

«Y, aún menos, a él».

—Pero ¿qué dices? ¡¿De qué favor hablas, si ellos tenían hecha la reserva también aquí?! No les ha supuesto nada traernos, mujer. ¿No es genial? Es que, si lo hubiésemos querido hacer a posta, no nos habría salido.

—Vamos, creo que no podré dormir de la emoción —suelto con sarcasmo y hastío.

—No será por eso... Seguro que mañana me darás por el culo con que no has dormido porque no es un colchón viscoelástico. Como si no te conociese yo...

—Por lo menos te agradezco que cogieras una habitación con baño propio.

—Oye, guapa, que a mí tampoco me apetece cagar en comuna. Venga, vamos a acostarnos, que mañana nos espera un día intenso.

—¿Qué vamos a hacer? —le pregunto para ver si así consigo pensar en otra cosa y cojo el sueño.

—Ya lo verás. Si me pongo a contártelo, me emocionaré y no podré dormirme hasta las tantas. Buenas noches, Fabs.

Apaga la luz de su mesita y yo me quedo tumbada en la cama bocarriba mirando el techo, rememorando la última hora de mi vida.

Cuando el tren ha llegado a la estación, Izan ha tenido que ayudarme a bajar la maleta porque se me ha quedado atascada.

Mi prima y Marc ya estaban fuera del vagón, enfrascados en sus cosas, y mi única opción ha sido él. ..

—Perdona, ¿puedes echarme una mano?

—¿Me preguntas a mí? —Me ha mirado sorprendido, como si me hubiesen salido cuernos de repente.

—Claro. ¿A quién, si no?

—No sé... ¿A alguien que, por su pinta, no temas que te robe? —me suelta—. Deja, ya me ocupo yo.

Esa ha sido toda nuestra conversación... hasta que hemos llegado al exterior de la estación.

—Venga, chicas, vamos a por el coche de alquiler que hemos contratado y os acercamos. ¿En qué hotel os quedáis? —nos ha preguntado Marc.

Francamente, me ha sorprendido que no lo supiese ya, pues se han pasado todo el trayecto dándole al pico.

—En el Meininger Lyon Centre Berthelot. Está en la rue Professeur.

—¡No jodas! ¡Nos hospedamos en el mismo hotel! Tiene muy buena puntuación en las webs de viajeros; uno de los mejor valorados —la corta Marc estallando en risas.

«¡Me va a dar algo, es de locos!».

Hemos recogido el coche de alquiler a pocos metros y ellos han metido su equipaje en el maletero primero y se han instalado en la parte delantera.

Mi prima, por toda la cara, se ha adueñado del asiento del copiloto sin contar con que ella no es la compañera de viaje de Marc.

.., aunque he visto claramente que este le ha sonreído; resulta evidente que no le ha molestado lo más mínimo.

—¿Te ayudo?

—No, gracias. Puedo sola.

A eso se ha reducido nuestro intercambio de palabras antes y durante el trayecto.

Al llegar al hotel, hemos hecho el check-in y nos hemos separado, ¡por fin!

, en las escaleras —ellos están un piso por encima—, no sin antes «programar» relojes para quedar a desayunar a la mañana siguiente. Es decir, en unas horas.

Veintiún días. Eso son quinientas cuatro horas, treinta mil doscientos cuarenta minutos y.

.. un millón ochocientos catorce mil cuatrocientos segundos, uno detrás de otro.

Ya sé que no estaremos pegados todo el rato y que habrá días en los que ellos tendrán sus planes y nosotras los nuestros, pero me está empezando a entrar ansiedad. ¡Es que es muy fuerte!

Mi prima tiene razón: no sé por qué estoy actuando así con Izan.

Cuando lo conocí ayer me lo pasé genial con él, al menos por lo que recuerdo.

.., pero soy así. Quizá tenga que admitir que no se ha equivocado y sí que soy una persona superficial y clasista, ¿no?

Me moriría si alguien de mi entorno me viese manteniendo una relación afectiva con un hombre como él.

Y para qué hablar de si mis amigos se enteraran de que nos hemos acostado.

A pesar de que me gusto, ya lo he admitido: lo paso fatal con los comentarios ajenos negativos porque me importa mi imagen, el qué dirán, que me juzguen... Tal vez demasiado. Me encantaría que no me afectasen, sentirme libre..., porque no me permito serlo. Toda yo soy una contradicción.

Miro a Candela, que duerme plácidamente, y sonrío al verla con su antifaz de leopardo. Estoy muy orgullosa de ella, aunque nunca se lo diga.

Comienzo a quedarme dormida mientras pienso que ojalá fuera más como ella: feliz, despreocupada, dueña de mí misma. Quizá algún día lo consiga.