Si tú supieras 20. Un ambiente hostil, una cámara desechable, una pija y un perroflauta
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20. Un ambiente hostil, una cámara desechable, una pija y un perroflauta

Un ambiente hostil, una cámara desechable, una pija y un perroflauta

Izan

U N RATO DESPUÉS

No estoy acostumbrado a moverme en ambientes hostiles y creo que Fabiola, con esta enorme coincidencia, no se siente muy a gusto que digamos.

Estoy seguro de que se habría bajado de este tren si hubiese tenido la mínima oportunidad de hacerlo, incluso en marcha, y más cuando ha acabado sentada a mi lado.

—Soy algo así como una coleccionista de DVD —le comenta Candela a Marc. Parece que ahora se han puesto a hablar sobre cine.

—¿De verdad que no somos gemelos separados al nacer? ¡Yo también! —exclama él—. Entre mi hermana, Izan y yo tenemos para montar un videoclub.

—Un videoclub... Nunca me había pasado esto con nadie, es que lo estoy flipando.

—A mí tampoco. Ayer, cuando vi todas esas mariposas que llevabas encima, supe que estábamos conectados de alguna manera.

—Qué tonto eres, aunque... ¿y eso?, ¿por qué?

—Llámalo intuición, energía cósmica... Ni idea.

—¿Crees en las energías y esas cosas? —le pregunta intrigada.

—Uy, no, me dan mucha pereza. Pero siempre queda más interesante dicho así.

Ambos empiezan a reírse y, sí, sin duda están destinados a ser supercolegas. Candela busca algo en su mochila mientras interroga a Marc.

—¿Eres de los que se hacen mil fotos en los viajes o de los que las aborrecen?

—¿Es importante la respuesta?

—Mucho... —Sigue buscando.

—Soy de los que vuelve loco aquí al colega que tenemos sentado delante para que me haga un montón, hasta que considero que una ha quedado decente.

—Uff, menos mal. Yo siempre voy con la cámara en la mano y me gusta capturar cualquier situación. Eso sí, yo no aviso, yo disparo directamente... —Sin saber en qué momento ha sacado la cámara, ya la tiene en las manos y está enfocando a su víctima—. ¡Sonríe!

Veo el desconcierto en la cara de Marc y no puedo más que reír.

Él sigue procesando lo que acaba de pasar y yo miro a mi lado porque me sorprende que mi acompañante de asiento esté tan ausente.

.., hasta que descubro que Fabiola se ha dormido.

Mejor, así no tendré que sentir su hostilidad hacia mí mientras imagina que me asesina con sus propias manos.

Me he sentido un tanto incómodo, francamente.

Mientras la miro, veo que, poco a poco, su cabeza va descendiendo hasta acabar descansando en mi hombro.

Por fin mi cuerpo se relaja y vuelvo a centrarme en lo que tengo delante.

—¿Vives en el Pleistoceno? ¿En un poblado amish ? ¿Qué cojones es eso?

—Una cámara desechable, tonto —le contesta Cande a Marc riéndose.

—¿Eso aún existe?

—Claro. Siempre llevo una encima. La verdad es que me dejo una pasta, porque entre que las compro y las revelo... Y a veces para bien poco, porque, en ocasiones, de todo el carrete solo se salvan dos. Pero, oye, no encontrarás fotos más naturales.

—A mí eso no me mola —dice mi amigo, amante de las últimas tecnologías.

—¿Por qué?

—Pues porque no sé cómo he quedado, si he salido bien o no —puntualiza el amante del postureo.

—Esa es la gracia. Un día te enseñaré mis álbumes para que veas las joyas que pueden salir de una como esta. Ya soy toda una experta, y la que te he hecho fijo que ha quedado genial.

—¿Cómo vas a ser una experta? Ya te digo yo que he salido con cara de susto.

—Hombre, en esta seguro, pero ahí estará la gracia.

.. Y ya verás qué bien sales en las próximas.

Cuando las revele, te las mostraré. Y te aviso desde ya: nunca doy ninguna.

Que mucho quejaros todos, pero luego bien que os las queréis quedar.

Como mucho, las presto para poder escanearlas y hacer copias.

—No te preocupes por eso, no será mi caso. Yo solo quiero las fotos que hace mi cámara Evil Nikon Z6 II con veinticuatro píxeles y medio.

—Eso huele a trasto caro.

—No quieras saber cuánto cuesta... Bueno, cariño, ¿algo más de ti que deba saber?

—Soy emocionalmente muy estable. ¿Te vale?

Mientras ellos siguen a sus cosas saltando de un tema a otro alegremente, siento que Morfeo también se está apoderando de mi cuerpo.

De repente noto que la cabeza se me escurre y abro los ojos sin saber qué pasa.

Vale, ya lo sé: me he quedado dormido apoyado en la cabeza de Fabiola y ella se acaba de mover porque se ha despertado.

Estoy seguro de que quiere rociarse con agua bendita para eliminar cualquier rastro satánico mío.

Aunque, intuyendo lo que pasó anoche, tendría que rociarse pero bien.

Tras un intercambio de un par de frases mordaces, un intento por mi parte (sin éxito) de hablar sobre nuestra noche de supuesta pasión y medirnos con la mirada, nos analizamos mutuamente.

Pelo castaño claro, con alguna mecha más clara pero sin llegar a ser rubio.

Lleva la melena con raya en el medio, estirada y recogida en una coleta ni muy alta ni muy baja.

Al haberse apoyado en mi hombro, se le ha soltado un pequeño mechón que le cae casi encima de un ojo.

Son de un verde oscuro, color aceituna con motas marrones, y me parecen preciosos.

Nariz respingona y labios deseables, algo gruesos pero en total sintonía con el resto de su rostro.

Además, me doy cuenta de que tiene una pequeña cicatriz en la parte derecha de la mandíbula.

Su tez no es tan morena como la mía, pero tampoco es de porcelana.

Lleva unos pendientes de perlas blancas y un fino collar que parece de oro; no sé si este lleva un colgante porque se mete por debajo de la camiseta negra sin mangas que deja al descubierto la totalidad de sus brazos.

Ni rastro de tinta en su cuerpo. Me fijo en el Apple Watch y el montón de pulseras que lleva, como yo.

La diferencia es que las mías son de mercadillo, y las suyas, de las marcas más caras que existen.

Incluso lleva una de perlas, a juego con sus pendientes.

No creo que sea muy acertado viajar en tren y moverse por ciudades tan turísticas como las que vamos a visitar con todo eso a la vista.

Echo un vistazo a sus pantalones vaqueros y me digo que, con lo que cuestan, yo me hubiese comprado cuatro.

Además, calza unas Golden Goose, cosa que no me extraña en absoluto.

Acabo de radiografiarla antes de que ella lo haga conmigo, así que, cuando sus ojos vuelven a los míos, estos ya la están esperando.

—¿Te gusta lo que ves? —le suelto poniéndola tensa.

—¿Y a ti? —me responde con otra pregunta mientras frunce el ceño.

—Sí, me encanta; el problema es que no me gusta lo que no se ve, huyo de las chicas como tú.

Si ella va a ser desagradable conmigo sin ninguna razón, me pondré a su altura.

—¿Y cómo se supone que soy?

—A mi modo de ver, bastante superficial.

—No me conoces de nada —escupe.

—Ni ganas tengo —replico.

—Ya...

—En el fondo, no me van las pijas.

—Ni a mí los de tu especie, perroflauta.

Llegados a este punto, la guerra ha comenzado.

Lo dicho: creo que me lo voy a pasar de fábula en este viaje. Ella, no tanto... ¿O sí?