19. Una ruta, un intercambio de asiento, un escalofrío y un escáner visual
Una ruta, un intercambio de asiento, un escalofrío y un escáner visual
Fabiola
—Espera, espera... Dime que no vais a hacer una ruta que pasa por Lyon, Milán, Verona, Viena... —comienza a decir Marc.
—... Praga, Berlín, Ámsterdam y Bruselas —terminan recitando los dos a la vez, subiendo con cada ciudad el tono de voz por la emoción del momento.
Ahora mismo solo les falta un cañón de confeti para acompañar este instante de exaltación de la felicidad mientras se dan la mano, se ríen y pegan botes en sus asientos.
—¿No es maravilloso, Fabs? Vamos a pasar todo el Interrail juntos —me dice mi prima con el nivel de intensidad en lo más alto.
Ni siquiera contesto. Para qué. Actualmente no soy persona, y lo atestiguo en el momento exacto en el que Candela me levanta de mi asiento y me indica que me ponga al lado de Izan para que Marc se instale a su lado, ya que van a mirar los hoteles a los que vamos cada uno y qué planes tenemos pensados.
Cuando mi culo toca el asiento antes ocupado por Marc, un escalofrío recorre todo mi cuerpo, acompañado de una subida de temperatura corporal.
—¿Qué tal, Mambita?
—¿Qué? —suelto mientras salgo de mi estado de letargo.
—Que qué tal... Oye, no sé realmente qué pasó entre nosotros anoche, pero...
—No sigas —lo corto—. Ni quiero ni voy a hablar de eso.
—Como prefieras... Pero podemos charlar un rato, ¿no? No sé... ¿A qué te dedicas? ¿Qué haces en tu tiempo libre? ¿Qué esperas de este viaje?
—Lo único que espero es que me dejes dormir tranquila. Gracias.
Doy por terminada la conversación y miro al frente mientras mi prima y su bestie actual siguen enfrascados en una cháchara interminable sobre todo lo que vamos a hacer juntos... los cuatro, contando con Izan y conmigo en la ecuación.
«¡Yuju!».
Noto cómo mi acompañante de asiento tiene puestos los ojos en mí, pero mi cuerpo me está pidiendo una prórroga, ya que ahora mismo no me siento capacitada para abordar esta situación (ninguna, en realidad), así que se la concedo y siento que mis párpados empiezan a pesarme una barbaridad.
Cuando me quiero dar cuenta, me estoy despertando.
Siento algo duro y caliente bajo mi mejilla y.
.. ¿algo apoyado en mi cabeza? Abro los ojos, miro al frente y ahí siguen Candela y Marc, que continúan hablando a saber de qué.
No los escucho, solo me pongo nerviosa porque de pronto soy consciente de la imagen que estamos proyectando.
Me he quedado dormida, he acabado apoyada en el hombro de Izan y él se ha quedado dormido apoyando su cabeza en la mía.
Me sobresalto y lo miro incorporándome; ha abierto los ojos y tiene cara de asombro; parece que ha captado la situación.
—Lo siento mucho. Me he quedado frito sin poder evitarlo. Perdona si te he molestado, no volverá a pasar.
Percibo su incomodidad al igual que siento la mía.
—No te disculpes. Estoy segura de que la primera que se ha dormido y ha acabado sobre ti sin permiso he sido yo.
—Tranquila, que tú a mí no me molestas.
Ese tono...
—¿Disculpa? ¿Das por hecho de que tú a mí sí? —digo bajando la voz para intentar que nadie sepa de lo que estamos hablando. Y por «nadie» me refiero a las dos cotillas que tenemos sentadas delante y que siguen metidas en su propia conversación.
—Ahora que sacas el tema... —suelta Izan en un susurro sarcástico.
—Yo no he sacado ningún tema.
—Pues ya lo hago yo. Tu actitud de hoy no tiene nada que ver con la de cuando te conocí anoche. Creo que tenemos un asunto pendiente que tratar.
—Pues yo creo que no.
Cierro los ojos intentando controlarme. No quiero ser desagradable, pero no me lo está poniendo nada fácil.
—Ya te digo yo que sí.
Nos retamos con la mirada durante un rato —no sé cuánto tiempo permanecemos así—, sin ser conscientes de lo que nos rodea, y luego me dedico a escanearlo con los ojos.
Como diría mi madre, lleva greñas. Pelo oscuro, algo ondulado y más largo de lo que suele ser habitual..., al menos entre los hombres con los que me relaciono y que no llevan dos kilos de gomina para repeinárselo a lo Pequeño Nicolás.
Sus ojos, marrones, son muy bonitos y, a pesar de no ser claros, resaltan con el moreno de su piel, porque, sí, tiene una tez bronceada que le sienta de fábula. También me gustan su nariz y su boca, y no tiene vello en la cara..., y menos mal, pues habría sido chocante ver a La Máscara con barba.
Descubro luego que tiene un pequeño orificio en una de las fosas nasales y que en la oreja derecha lleva un arete de plata.
Sigo mi escrutinio por su cuerpo bajo su atenta mirada. Tiene los dedos cargados de anillos, una de sus muñecas está llena de pulseras de cuero y, como lleva la camiseta larga remangada, luce varios tatuajes.
Cuando me he despertado esta mañana en su cama, estaba tapado y yo tenía una resaca del quince y un susto de muerte, así que no he podido fijarme en todo esto.
Francamente, no sé si los tatuajes me parecen sexis o me horrorizan.
Encima de la camiseta blanca lleva un chaleco.
.. Esto sí es raro. Los únicos chalecos que mi mente procesa son los que forman parte de un buen traje de tres piezas.
Lleva unos vaqueros claros desgastados y unas botas marrones.
Después de este escáner visual de arriba abajo, vuelvo a mirarlo a los ojos.
—¿Te gusta lo que ves?
Mucho, pero no lo pienso reconocer nunca. Ni siquiera a mí misma.