Si tú supieras 18. Un destino cruel, una suposición monetaria, un cuaderno de rutas y una coincidencia casi imposible
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18. Un destino cruel, una suposición monetaria, un cuaderno de rutas y una coincidencia casi imposible

Un destino cruel, una suposición monetaria, un cuaderno de rutas y una coincidencia casi imposible

Izan

Tiene que ser una broma, no puede ser real.

—Esto mejora por momentos. ¡¿Cómo es posible que nos encontremos aquí?! —chilla de nuevo Candela.

«Eso mismo me estoy preguntando yo».

—Marichocho, esto es una señal del destino para decirnos que estamos hechos para ser amigos hasta la sepultura —suelta Marc.

Nadie se creería que estos dos se conocieron anoche. Al verlos, parece que lleven décadas de amistad a sus espaldas.

Mientras charlan animadamente, veo que ella mira a la pareja que tenemos sentada al lado.

—Ay, estoy tan emocionada... ¿Cuánto hacía que no nos veíamos? ¡Siglos! Qué alegría, después de todo por lo que he pasado; ya sabes, las desgracias nunca vienen solas... —dice cambiando el tono de voz a uno lastimero y haciéndole señas raras a mi amigo para que le siga la corriente.

«Menuda actuación. Brillante».

—Lo sé, amor, lo sé. Me hubiese gustado poder estar a tu lado en esos duros momentos para apoyarte, pero me ha sido imposible. En fin, cielo, al menos nos hemos encontrado, aunque...

—Qué pena no haber sabido que íbamos en el mismo tren, ya que habríamos cogido los asientos contiguos.

Me habría venido genial poder desahogarme con mi mejor amigo, compartir unas cuantas horas con vosotros.

—Nos mira a todos con los ojos vidriosos, una actuación de Óscar—.

Estoy segura de que eso me daría fuerzas para poder tirar hacia delante, porque estoy tan triste. .. Pero no va a poder ser.

Fabiola está igual que yo: estupefacta. ¿Lo peor de todo? Que están consiguiendo su cometido.

—Perdonad, chicos —dice la señora que nos observa con una sonrisa tierna y que podría ser la madre de cualquiera de nosotros—. No hemos podido evitar oír vuestra conversación. Preciosa, si me indicas cuáles son vuestros asientos, podemos intercambiarlos y así podréis quedaros con vuestros amigos.

—Oh, ¿de verdad? Se lo agradezco muchísimo, aunque no queremos molestar... —contesta con voz temblorosa.

«¿Se va a echar a llorar?».

—Insisto —la interrumpe.

«Qué buena mujer».

Dos minutos después, vemos cómo el matrimonio se aleja por el pasillo arrastrando su equipaje, y Cande y Fabiola ocupan su sitio tras dejar sus maletas.

—¿Qué tal, Izan? Te veo buena cara... —Por fin se digna dirigirse a mí. Menuda mamona.

—Muy bien, mariposilla. Me alegro de volver a verte.

—Hola.

La que acaba de hablar no es otra que Fabiola. Ya te digo que también le ha costado abrir la boca.

—¡Hola, cariño! Esto es una pasada, qué emocionado estoy. Tenía ganas de volver a verte, ya que ayer no me pude despedir de ti.

Marc le da un abrazo apretado que la pilla por sorpresa.

—Eh..., sí..., eso..., pues...

La pobre no sabe dónde meterse y mi amigo está disfrutando esta situación tanto como su prima. ¡Vaya par!

—Déjala, Marquito, que hoy se ha levantado parca en palabras —interviene Candela con una sonrisa maliciosa.

—¿Marquito? ¿Desde cuándo dejas que te llamen así? —le planteo.

—Desde que anoche apareció este ángel del inframundo para alegrarme la existencia hasta el fin de nuestros días, cuando nos iremos de la mano a ver al del tridente... y el rabo —suelta Marc de forma dramática haciendo que los dos estallen en carcajadas.

—A tu hermana y a mí nos has pegado fuerte por hacerlo.

—Porque sois imbéciles y lo hacéis para tocarme las pelotas. Cande, no.

—Madre mía, lo siento, no sabía que te molestaba —murmura su nueva mejor amiga, un tanto cohibida.

—Que no, amore , que tú puedes llamarme como te dé la real gana y yo encantado. No quiero que me llames como el resto de la humanidad. Tú eres especial. —Y con estas últimas tres palabras se la ha ganado para toda la eternidad.

—Siento ser la que rompa este momento de amor intenso, pero ¿me dejáis pasar para poder sentarme? —interrumpe Fabiola un poco tensa.

—Perdón —responden a la vez mi amigo y su prima.

Fabiola se sienta frente a mí y susurra un tímido «hola». La observo detalladamente y ella se me queda mirando también. Casi diría que me está analizando; me parece normal, ya que hoy no tengo la cara pintada de verde ni una calva de látex en toda la cabeza.

Me reafirmo en la impresión que me llevé ayer de ella.

Tiene pasta, mucha pasta... Por la forma en la que me está mirando, me atrevería a decir que piensa que soy poco más que un indigente y que me dedico a tocar algún instrumento en el metro pidiendo limosna.

Seguro que se está preguntando qué hace un tipo como yo en un lugar como este y qué pinto siendo amigo de Marc (sin duda, un hombre de su misma especie).

.., aunque me asombra que pueda estar pensando eso teniendo en cuenta que ella y su prima son como el agua y el aceite.

Los nuevos besties del vagón por fin toman asiento.

Se ponen a hablar de páginas web en las que te puedes encontrar ofertas de viajes y en cómo organiza cada uno los suyos.

Él le enseña su cuaderno de rutas, y ella, su cuaderno de bitácora, perfectamente customizado con un montón de colores fluorescentes y preparado para que anote o pegue en él cualquier cosa.

Lo cojonudo es que, dentro de su excentricidad, los colores combinan en perfecta armonía, sin provocar una inminente ceguera.

—Entonces le dije: «Prima, necesito hacer este viaje».

Es que, joder, lo necesito de veras. ¿Sabes lo mal que me sentí cuando mi jefa me llamó a su despacho y me anunció que me tenía que despedir?

¡A mí! Cinco años me he pasado ahí tirando adelante su negocio.

Por favor... Para que luego me echara y se quedara con su sobrina, una inútil que ni siquiera les aclaraba bien el pelo a las clientas cuando les lavaba la cabeza.

—Cande, como dice el refrán, «no está hecha la miel para la boca del asno». Ellos se pierden un talento tan brutal —la tranquiliza Marc.

—Sí, pero yo he perdido el sueldo, que lo necesitaba más que el comer.

—¿Has buscado algo ya?

—No. Como tengo paro y me quedé hecha polvo, decidí hacer esta escapada antes, para recargar pilas. Al volver me pondré a mandar currículums a tope porque sé que estos días me voy a dejar un dineral por el camino.

—Por cierto, ¿cuántos días dura vuestra aventura?

—Veintiuno. El caso es que entré en unos blogs de viajeros y encontré...

—Espera, espera... —la corta Marc—. Dime que no vais a hacer una ruta que pasa por Lyon, Milán, Verona, Viena...

Marc sigue hablando y Candela abre muchísimo los ojos, entusiasmada, mientras puedo detectar a la perfección el horror en la cara de Fabiola.

Intuyo que me lo voy a pasar de lujo estos días. O eso espero.