Si tú supieras 17. Rihanna, Geri Halliwell, un abastecimiento y una mirada de asombro
15%

17. Rihanna, Geri Halliwell, un abastecimiento y una mirada de asombro

Rihanna, Geri Halliwell, un abastecimiento y una mirada de asombro

Fabiola

U NOS CUARENTA MINUTOS ANTES DE « M ARCO P OLO»

—Fabs, que ya puedes empezar.

—Pero ¿qué dices? Si acabo de terminar la hamburguesa y me quedan solo cuatro patatas.

Sé a qué se refiere, pero prefiero hacerme la tonta mientras sigo con mi comida basura.

—Por eso mismo, ya has masticado todo lo que tenías que masticar y ya puedes hablar tranquilamente sobre los hechos ocurridos en la noche de ayer. Bueno, y en la madrugada de hoy, y en la mañana...

—Mira que eres pesada. ¿Qué quieres saber al respecto?

—Obviamente, todo, así que no escatimes detalles. Ya me entiendes: dame cosas jugosas que poder utilizar en un futuro contra ti.

—Pues entonces me callo —digo metiéndome en la boca la última de mis patatas gajo.

—Pero si no has dicho nada, tonta —replica sonriendo—. Quiero que me lo cuentes para que, de una vez por todas, me confirmes que no eres una cíborg creada por gente adinerada para que los esnobs acaben dominando el planeta.

—¿Eres consciente de las chorradas que sueltas por la boca?

—Sí, ¡y me encantan! Venga, no te cortes... Piensa que no está mal desmelenarse de vez en cuando.

—No me desmelené.

Recogemos las bandejas, echamos los restos en las papeleras y salimos del local de comida grasienta que revive hasta a un muerto.

—Anda que no... Nos diste tres gloriosas actuaciones con «paraguas» incluido —comenta tras pararse y soltar su maleta para hacer unas comillas con los dedos al pronunciar «paraguas». Es dramática hasta para dar énfasis a una palabra, sería capaz de perder el tren solo por tocar las narices.

—¿Cómo dices?

—Sí, hija, sí. El arma letal que llevabas te sirvió para resguardarte de la lluvia en tres ocasiones.

—No me estoy enterando de nada —admito.

—Casi mejor porque, siendo como eres, miedo me das. Prométeme que lo que te voy a contar no va a hacer que cambies esa buena actitud que intuyo que tienes para disfrutar en este viaje. Necesito disfrutarlo. En serio.

—Sí, te lo prometo, pero di ya lo que tengas que decir.

—Te marcaste un Shania Twain —suelta a bocajarro.

—Lo recuerdo...

—Y más tarde un Rihanna y un Geri Halliwell. De verdad que siempre pensé que no podrías ser otra que no fuese Victoria. Quién lo hubiese imaginado.

No reacciono. Lo último que medio recuerdo es estar en un almacén con La Máscara. ¿Salimos de allí y nos fuimos con el resto? ¿Realmente no llevaba nada raro mi copa? La vergüenza que estoy sintiendo en este instante no la había sentido jamás.

—No recuerdo esas dos últimas actuaciones.

—Con la borrachera que llevabas, como para acordarte.

—¿Me explicas entonces cómo permitiste que me fuera con un desconocido si tan mal estaba? —exijo saber. Yo no la hubiese dejado sola ni un mísero segundo.

—Vamos a aparcar el tema por ahora, chiqui, pero voy a pasarme las próximas cinco horas de trayecto dándote la vida mártir hasta que sueltes prenda de todo lo que recuerdas.

—Candela, llevas dándomela desde que naciste —replico.

—Que sí, que lo que tú digas. Ven, que es por aquí.

Llevamos a rastras nuestras grandes maletas —porque yo no puedo viajar con una minúscula y mi prima tampoco— en dirección a la vía donde está parado nuestro tren.

Después de pensarlo mucho, llegué a la conclusión de que esta escapada con Candela podía ser un punto de inflexión en mi vida, porque dejaría que, de vez en cuando, las apariencias no tuviesen tanta cabida en ella como hasta ahora.

—Tranquila, que aún queda una media hora para que salga —le digo tras mirar mi reloj.

—Sí, pero antes tengo que ir a comprar agua, hacer pis y comprarme alguna chuchería en el quiosco que está allí. Sin duda, gominolas de esas gigantes rellenas de gelatina, a ver si tienen... Es que me chiflan.

—No sé cómo puedes comerte kilos de esas porquerías.

A mí no me gustan nada.

—Lo dice la que, con veintiocho años, sigue bebiendo un líquido que mancha la boca. Mira la princesa...

—Ahí tengo que darte la razón.

Cuatro botellas de agua, un kilo de gominolas rellenas de gelatina, una revista de cotilleo, un pis y doce minutos después, estamos subiendo el escalón que separa el suelo de la estación de nuestro medio de transporte hacia el sureste de Francia.

—Joder, un poco más y no llegamos —masculla Candela.

—Anda, calla, que aún queda un cuarto de hora para que salga.

—Trece minutos, eso es lo que queda. Pero mi mayor preocupación era que no encontráramos sitio en la consigna de la entrada del vagón.

—¿Por qué? ¿Llevas un cadáver ahí dentro?

—Ay, Fabs... Lo que llevo es mucha ropa y de muchos estilos, que nunca se sabe dónde va a acabar metida una.

—Quién me mandaría a mí decir que sí a esto.

—Créeme cuando te digo que este viaje cambiará nuestras vidas. Lo intuyo. Lo presiento. Lo visualizo —suelta riéndose, y consigue contagiarme su entusiasmo.

—Vale, te creo. ¿Qué asientos son los nuestros?

—Eh... Se supone que esos de ahí. —Señala hacia la fila en la que hay una pareja con un bebé.

—¿Estás segura?

—Déjame mirar...

Candela saca su móvil para comprobar los billetes y, mientras lo hace, veo cómo su cara va cambiando.

—Ups.

—¿Qué pasa?

—Pues que este es el coche nueve y el nuestro es el tres.

—Eso está casi en la otra punta del tren.

Justo cuando mi prima va a contestarme, el llanto del bebé provoca que nos giremos hacia él y sus padres se disculpan con la mirada.

—Ay, es que es monísimo. Espero que no se topen con el típico idiota que mira mal a un niño porque llora. ¿Es que no sabe que también fue así? Aunque, con toda la gente que hay aquí ahora mismo, seguro que no se libran.

Mi prima hace un pequeño barrido visual por el vagón y la cara le vuelve a cambiar.

—Candela —la llamo—. ¿Candela? —repito cuando no me hace ni caso.

—Creo que me va a dar un parraque... —oigo que susurra por lo bajo.

—¿Y ahora qué te pasa?

—¿¡Marcoooooooooooooo!? —chilla mi prima mientras todo el vagón la mira.

—¡Poloooooooooooooooo! —Esa voz la conozco de algo...

No, no, no, no... Decidme que no es quien creo que es.

Candela sale corriendo hacia la persona que le ha gritado en respuesta y yo miro más allá.

Mis ojos se clavan en un hombre que se está dando la vuelta en su asiento para observar la escena con cara de asombro y, de pronto, también posa sus ojos sobre mí.

¡Me muero!, no es otro que el chico con el que, por lo visto, me acosté anoche.

.. tres veces. La verdad es que es guapo a rabiar.

¿En serio tenía que encontrármelo aquí?