16. Una salida del armario, un viaje detallado y un reencuentro totalmente inesperado
Una salida del armario, un viaje detallado y un reencuentro totalmente inesperado
Izan
—¿Era necesario subirnos con treinta minutos de antelación? —pregunto nada más entrar en el vagón.
—Por supuesto que sí. Así lo hemos podido colocar todo antes de que lleguen el resto de los pasajeros, cómodamente, y me ha dado tiempo a descubrir a qué altura queda la cafetería. En mi lista de tareas solo queda ver si hay alguien interesante a bordo.
—Ni que fueras a ligar en las horas que estemos aquí.
—Nunca se sabe dónde puedes encontrar al amor de tu vida —suelta con total convencimiento, ya que para él existen altas probabilidades de que su hombre perfecto pueda estar en este tren.
—Desde luego que no será aquí.
—Nunca escupas hacia arriba, no vaya a ser que las babas te caigan luego en todo el careto.
—Tú siempre tan fino. Venga, déjame tu cuaderno de ruta, que quiero echar un vistazo a esos planazos que nos has montado.
—¿Eso que huelo es sarcasmo?
—Para nada. Sabes que podrías encargarte de organizar viajes profesionalmente y forrarte.
Solo se lo he pedido porque quiero ver lo que nos espera.
—La verdad es que valgo para todo. Toma —responde mientras me tiende su bien más preciado.
Lo abro y miro todo lo que ha preparado para estas tres semanas de Interrail.
Por norma general, nos vamos solo quince días, ya que nos resulta complicado ausentarnos tanto tiempo seguido de nuestros trabajos, pero esta vez lo hemos podido alargar un poco, nos ha apetecido.
Bueno, más bien le ha apetecido a él, ya que, al montar el itinerario y estudiar lo que quería que viéramos, un par de semanas se nos quedaban un poco cortas y nos hacían falta veintiún días.
—Aquí hay de todo: hoteles, festivales, distancias de un sitio a otro, previsiones meteorológicas... Cada día te superas más. —No miento.
—Creo que debería marcarme un Mr. Wonderful y patentar cuadernos de rutas con frases motivacionales y venderlos por un módico precio. En los primeros cien pedidos podría regalar la ruleta de chupitos. Estoy viendo que sería el negocio del siglo.
—Te pega más Superbritánico, pero, sí, es una idea cojonuda —comento riéndome, aunque hablo totalmente en serio: estoy seguro de que amasaría una fortuna.
—Ya te digo, de puta madre —suelta. Y es que Marc es una de esas personas de aspecto impoluto y trato exquisito, pero que, si tuviese que meter un euro en un tarro por cada taco que soltara, la fortuna de la que hablamos se iría a la mierda.
El pijerío y el poligonismo, en él, son las dos caras de la misma moneda. Un híbrido bastante raro, vaya.
Al principio, sus padres se quedaron un poco en shock al descubrir su homosexualidad.
No les cuadraba con la imagen que tenían de él como hijo hetero impecable: enfundado en sus polos de firma, con una carrera brillante y siempre rodeado de preciosas mujeres, de las que pensaban que saldría la madre de sus nietos. Error.
«No hay nadie más maricón que yo». Esas fueron sus palabras el día que les comunicó sus gustos amorosos.
¿Lo llevaron bien? Podría decirse que sí, aunque con algún que otro matiz.
A Gisela, en cambio, no la pilló por sorpresa. Nada de nada.
«¿No te ha sorprendido que sea gay?», le preguntó a su hermana.
«Teniendo en cuenta que, cuando ves a una pareja de guapos, por quien babeas es por él y no por ella..., no, no me ha sorprendido lo más mínimo. Por cierto, tengo un conocido al que quiero presentarte».
Y esa fue la presentación en sociedad de un renovado Marc Santana, el homosexual recién salido del armario procedente de una familia de pasta gansa al que todo el mundo adora, aunque estén en contra de las relaciones entre personas del mismo sexo.
Esto daría para una buena charla, pero os lo voy a resumir un poco: los padres de Marc tienen un imperio, y también muchos «amigos» —más bien muchas sanguijuelas que quieren sacar partido de sus buenos contactos—, todos con un pensamiento chapado a la antigua —no dicen la palabra maricón con el cariño que mi colega emplea para referirse a sí mismo—, pero que han «pasado por el aro» porque es eso o quedarse sin su propósito de sacar algo de provecho de los buenos, y ricos, de mis padrinos. Gentuza, con todas las letras.
Marc sabe de sobra lo que hay y es conocedor de cómo es la galería de aprovechados que rodea a sus padres, pero no le quita el sueño, aunque le molesta.
Lo único que le quita el cabreo es tocarles las narices haciendo comentarios sobre el atractivo de otro hombre cuando estos están presentes. Así es él. El puto amo.
—¿Cuántas horas de viaje tenemos por delante? —pregunto.
—Si leyeras, lo sabrías, so vago... Poco más de cinco.
Lo tienes todo detallado ahí. Y antes de que me preguntes otra cosa ahí escrita, prefiero soltar la información del tirón porque no me quiero encabronar.
A las siete y media de la tarde, más o menos cuando llegaremos, estará esperándonos un coche de alquiler en la estación.
En cuanto lo cojamos, tan solo tendremos que conducir unos dos kilómetros para llegar al hotel-hostal.
No es un establecimiento de los que estamos acostumbrados a frecuentar, porque es un híbrido que combina la comodidad de un hotel (con baños privados, toallas o televisión) con la flexibilidad y el ambiente de un hostal (por ejemplo, cocina para huéspedes, precios económicos y habitaciones compartidas y privadas).
Por las fotos, mola mucho; por algo tiene una puntuación de nueve con tres en las reseñas de otros viajeros.
—Ya sabes que a mí me da igual dormir en un sitio que en otro.
—Sí, tus pelajos y tus riñoneras cochambrosas lo atestiguan. Incluso serías capaz de dormir en una comuna hippie ... Sigo. Es el Hotel Meininger, ubicado en el Lyon Centre Berthelot. Está muy bien situado.
—La verdad es que lo pintas genial.
—Lo pinto como es. He planificado también lo que podemos hacer estos tres días. Ya sabes: festivales, museos... Lo típico que no nos podemos perder como buenos turistas. Por ejemplo, tenemos que ir a Les Nuits de Fourvière.
—¿Y eso es...?
—Un festival internacional de música, teatro y cine. Comienza a principios de junio y termina a finales de julio, así que hay que ver la suerte que hemos tenido. Además, se hace en el teatro romano de Fourvière, así que nos hacemos un dos por uno. Un poquito de historia y disfrute para el cuerpo.
«Promete muchísimo».
—¿Cuánto te ha llevado organizar todo el Interrail? Seguro que te has pasado noches en vela buscando sitios y cuadrando fechas y horarios para que sea el viaje más épico de nuestras vidas.
—No te creas, en tres días lo tenía todo listo... ¡No puede ser! —suelta de repente, poniéndome en alerta.
—¿Qué cojones te pasa a ti ahora?
—¿¡Marcoooooooooooooo!?
Esa voz me suena...
—¡Poloooooooooooooooo!
Y ahí es cuando sigo con la mirada a mi amigo, que se ha levantado a toda prisa y se dirige hacia la chica mariposa, que va acompañada, ni más ni menos, por la Mamba Negra, esa a la que hace tan solo unas horas le estaba introduciendo una parte importante de mi anatomía.
Desde luego que este viaje tiene pinta de ser épico.
Que Dios nos pille confesados.