Si tú supieras 15. Un chófer, unas maletas y un intento de sacar información
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15. Un chófer, unas maletas y un intento de sacar información

Un chófer, unas maletas y un intento de sacar información

Fabiola

—Hummm... Tú tienes cara de recién follada.

—¿Quieres no ser tan vulgar? —increpo a mi prima nada más llegar en coche a su portal para recogerla.

—Lo que tú digas, pero pienso sacarte toda la información en cuanto el tren arranque; no te vas a librar de ese salseo.

Yo que pensaba que me acabaría Juramento de sal antes de llegar a destino, que estoy ya metida de lleno en el drama que se avecina, nunca mejor dicho, entre los protas, pero resulta que no podré hacerlo porque me vas a contar con todo detalle tu noche loca de sexo desenfrenado. El viaje mejora por momentos.

—No hay nada que contar, así que te vas a quedar con las ganas —respondo toda digna para que no siga insistiendo.

—Buenos días, señorita Candela —la saluda el chófer de mi familia una vez que está junto a ella.

—Buenos días, Domingo. ¿Algún día me llamarás simplemente Cande y me tutearás? Me conoces desde que llevaba pañales.

—Sabe que no. Deme su equipaje para meterlo en el maletero, por favor.

—Yo puedo, Domingo, no te preocupes —le dice ella agarrando su maleta y su bolsa para que él no haga el esfuerzo—. Por cierto, ¿qué tal está Consuelo?

—Bien, gracias por preguntar, seño...

—Cande, solamente Cande, ¿recuerdas? O, como mucho, Candela. Dale un besote de mi parte.

Domingo sabe que tiene la guerra perdida, por lo que claudica con una sonrisa.

—Lo haré.

Es un buen hombre, honrado, amable y trabajador.

Nunca ha dicho una mala palabra ni ha puesto una mala cara.

Más que un empleado, lo considero parte de mi familia, a pesar de que también me llame «señorita», muy a mi pesar.

He dejado de luchar contra eso, pues sé que es inútil, pero Candela dice que, hasta que lo consiga, no parará.

Tanto él como su mujer y su hija, que se ha criado con nosotras, son de total confianza.

Nos montamos en el coche y llegamos a la estación con una hora de antelación porque queremos tenerlo todo controlado y comer algo antes de subir al vagón.

—Pásenlo bien, señoritas —se despide Domingo tras sacar nuestros equipajes del maletero.

—Quieres que te traiga lo de siempre, ¿verdad, Dom? —le pregunta Candela antes de que se marche.

—Si no es mucho pedir...

—Por supuesto que no —contesta ella—. Una postal por cada capital que pisemos. Cuenta con ello. Eso no me ocupa nada, no como lo de Cami, que siempre me pide camisetas con el nombre de las ciudades que visitamos... Aunque podría ser peor y querer bolitas de esas de nieve.

—No tiene por qué traerle nada a mi hija.

—¿Cómo que no? Es una de mis mejores amigas y sé que le hace mucha ilusión. Muchas gracias por traernos —se despide mientras le planta un beso en la mejilla.

—Domingo, espero que mi madre no te lo ponga muy difícil en mi ausencia. Gracias por acercarnos. Dale un beso a Consuelo de mi parte y dile que, cuando volvamos, pasaremos a verla para contárselo todo.

Él nos observa con los brazos en jarras, alternando su mirada entre mi prima y yo, y se lleva una mano al mentón para frotárselo.

—Qué demonios..., pasadlo genial, pero tened cuidado, por favor, y no os fieis de nadie, por muy buena gente que parezca ser. Esos son los peores.

—No te preocupes. Prometemos disfrutar mucho y ser precavidas —respondo acercándome a él y posando mi mano en su antebrazo, lo cual provoca que él pose la suya sobre la mía.

—Os lo digo como si fueseis...

—Tus hijas, lo sabemos —lo interrumpe mi prima—. Nuestros padres nos han dicho exactamente lo mismo.

—Siento si me he pasado de la raya, pero no quiero que os pase nada.

Lo miro y sonrío por varias razones. La primera: por el apuro que está pasando, creyendo que se ha inmiscuido donde no lo llamaban.

La segunda: por fin nos ha tuteado, algo en lo que siempre ha sido implacable.

Y, por último, porque es cierto lo que ha dicho mi prima hace unos segundos: nos ha aconsejado lo mismo que las personas que más nos quieren.

Sin duda, forma parte de ese grupo de gente, y es recíproco.

Le doy un beso en la misma mejilla en la que lo ha besado antes Candela.

—Gracias por ser familia, Domingo. Nosotras también te queremos.

Mi prima le guiña un ojo y le tira un beso al aire. Cogemos nuestro equipaje y echamos a andar hacia la estación bajo su atenta mirada, pues no se va hasta que ve que accedemos al recinto.

—Veamos... Lo primero es ir a mirar la pantalla de información para ver desde qué vía sale nuestro tren y comprobar que saldrá a la hora prevista. Una vez que tengamos eso claro, ya nos podemos despreocupar. —Arrastra la maleta tras ella, y la sigo.

—¿Estará ya indicado?

—Probablemente sí. ¿Qué te apetece comer mientras esperamos?

—Algo grasiento. Lo necesito como el aire que respiro.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi prima?

—No puedo contigo... —suspiro—. Sabes que de vez en cuando me gusta comer comida basura.

—Sí, pero hace mucho de eso. Te apetecía cuando éramos unas adolescentes con granos que salían de fiesta, se encharcaban de alcohol e incluso practicaban sexo con desconocidos.

..; bueno, por lo menos yo. Entonces atiborrarte de hamburguesas dobles con salsa barbacoa te parecía un planazo.

Teniendo en cuenta todo eso, desembucha.

—Tengo veintiocho años; ¿crees que desde que éramos unas crías no he comido en un búrguer o en una pizzería?

—Tú eres de sitios más pitiminí. No le mientas a tu prima, que te conozco como si te hubiese parido.

La cuestión aquí es que antes te he dicho que tenías cara de haber follado, y ahora te apetece comer guarro.

Blanco y en botella, esperma. —Una sonrisa lasciva se instala en sus labios. Está disfrutando con todo esto.

—Eres una cerda. Ya está puesta la información del tren. —Señalo el panel y me alejo de ella para que no siga con el temita.

—Voy a apuntarlo en mi cuaderno de bitácora.

Mi prima es de esas personas que lo anotan y guardan todo cuando viajan. Compra libretas que luego customiza con fotos, pegatinas y palabras subrayadas con vistosos colores. Lo hace siempre, así que en esta ocasión no podía ser menos.

—Ya está. Venga, anda, vamos a guarrear —dice Candela guardando su bolígrafo y andando en dirección a la zona de restauración de la estación.

La verdad es que no nos cuesta encontrar un local del tipo que estamos buscando. Entramos en una hamburguesería, pedimos nuestros menús y nos sentamos para comerlos, aprovechando para hacer tiempo hasta que anuncien nuestro tren y podamos ir en su busca para acomodarnos.

—Prima, estoy pensando que me apetece mucho acabar el libro que me estoy leyendo.

Ya sabes que a mí me pone mucho cuando entre los protagonistas hay una tensión sexual de agárrate y no te menees.

Sin embargo, me pone mucho más que me cuentes tu escarceo amoroso de ayer.

Llámame cotilla, morbosa... Lo dejo a tu libre elección.

Por ello tenemos dos opciones: la primera es que me cuentes ahora qué pasó anoche con pelos y señales, por supuesto, y la segunda es que te dé la tabarra durante todo el camino a Lyon y me lo acabes contando a la desesperada simplemente para no aguantarme más. ¿Cuál eliges?