Si tú supieras 12. Un mojito, una interrupción, una imprudencia y un lanzamiento no esperado
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12. Un mojito, una interrupción, una imprudencia y un lanzamiento no esperado

Un mojito, una interrupción, una imprudencia y un lanzamiento no esperado

Izan

U N RATO ANTES DE METERSE EN EL ALMACÉN

No tenía grandes expectativas en esta fiesta. He ido a tantas que se me han vuelto aburridas. Pero esta vez me he equivocado. No esperaba que una tía con un arma de plástico me fuera a poner tan tonto.

No soy de los que salen con la finalidad de ligarse a una chica y acabar la noche con ella.

Soy de los que esperan a ver cómo se van dando las cosas.

Si sucede, genial. Si no es así, pues también.

No necesito follarme a alguien cada vez que salgo.

Esta noche pensaba tomármela con calma. Era eso o que en un momento dado Marc decidiese cortarme los huevos mientras me recordaba que, como le estropease el viaje, sería hombre muerto.

Así que aquí estoy disfrutando de mi gente y de estas dos chicas que van y vienen entre risas. Conocen a bastantes de los presentes en la sala y van a saludarlos, se tiran unos minutos con ellos y vuelven con nosotros.

Marc ha conectado al cien por cien con Candela, la chica mariposa.

Hemos hablado bastante a lo largo de la noche entre chupito y chupito y he descubierto que es una enamorada de las letras y del séptimo arte.

También que es peluquera y que la han despedido recientemente.

Me ha llamado mucho la atención que me haya dicho sin tapujos el barrio en el que vive y su profesión, para nada glamurosos.

Con esto no quiero decir que la vea inferior a nadie, ni mucho menos, pero sé que su prima es otro cantar, pues se nota a la legua que disfruta de un buen poder adquisitivo.

Así me lo indican las pulseras de marca que le asoman debajo del látex y su círculo de amistades, que también me ha quedado claro que no es el de su prima.

Sí, quiero saber su historia familiar después de confirmar que sí que comparten sangre.

De quien lo ignoro prácticamente todo es de Fabiola.

Aparte de lo que he acabado deduciendo, no sé a qué se dedica, ni en qué barrio vive, por ejemplo —esto suena un poco a persona psicópata, pero yo me entiendo—.

Sin duda, habla de manera más «exquisita» que su prima, que es bastante deslenguada, pero que también con el paso de las horas se ha vuelto menos recatada y está más desinhibida, más despreocupada.

Estaba reticente con el tema de los chupitos, pero, con cada ronda, se ha ido relajando. ¿Ha tonteado conmigo? Negativo, o por lo menos no he pillado las señales.

Sé que hay una explicación para su atuendo porque en nuestra primera toma de contacto me ha contado que no le ha quedado otra que ponerse esto, y me encantaría saberla; en todo caso, ya la he pillado en varias ocasiones intentando bajarse la falda del vestido un tanto incómoda.

Spoiler : ese látex no va a estirar jamás.

—Voy a por una copa, chicos —los aviso.

—Te acompaño. —Me sorprende que quiera venir conmigo.

Camina delante de mí y yo no puedo evitar mirarle el culo. La verdad es que tiene un cuerpazo. Llegamos a la barra y le hago una señal al camarero para que nos atienda.

—Hola, ¿tienes vodka negro, por casualidad? —pregunta ella.

—Déjeme mirarlo, me parece que antes he visto una botella por ahí. No suelen pedírnoslo, pero deberíamos tener alguna.

Observo a Fabiola, que espera, como un niño en la cabalgata, a que aparezcan los Reyes Magos de Oriente.

—Ha tenido suerte, señorita —comenta el camarero alzando la botella que lleva en la mano.

—¡Genial!, y trátame de tú, que solo tengo veintiocho años, y encima recién cumplidos —contesta pizpireta.

—Por supuesto. Perdona, es deformación profesional. ¿Y con qué te pongo el vodka?

—Con limón, por favor.

—¿Los dos lo mismo? —plantea mirando en mi dirección.

—No pienso beberme eso —respondo rápidamente—. No quiero morir tan joven. A mí ponme un mojito.

—Marchando.

Mientras el camarero prepara nuestras copas, aprovecho para entablar conversación con ella.

—Así que veintiocho. Eres una yogurina.

—Podría decirse que sí. ¿Y tú?, ¿qué edad tienes?

—Treinta y uno. Los cumplí en febrero.

—Aquí tenéis, pareja.

—Gracias —respondemos a la vez.

Ella hace el gesto de buscar en su bolso, pero me adelanto y pago las consumiciones. Me lo agradece y nos alejamos de la barra.

—Bueno, ¿y a qué te dedicas?

—Digamos que se me da muy bien dibujar.

—¿Siempre eres tan enigmática? —Compruebo que es dada a dar respuestas un tanto ambiguas, y eso la hace mucho más interesante.

—Con los desconocidos, sí.

—Hemos compartido cinco rondas de chupitos. Creía que ya habíamos superado esa fase y nos habíamos adentrado en la de colegas de fiestas.

—Eres gracioso, me gusta. Hummm, qué rico está esto. ¿Quieres probar?

Me tiende la pajita y yo niego con la cabeza.

—No, gracias.

—Oye, Fabi, te estaba buscando. ¿Puedes venir un segundo? —nos interrumpe su amigo, cuyo nombre desconozco, que ha estado mirando mucho en nuestra dirección.

—Claro. Luego nos vemos, Izan.

—Claro... —digo para mí mismo, porque ya se están marchando.

Media hora después aún no ha vuelto y el que no ha quitado la vista de donde está esta vez he sido yo.

De pronto veo que se dirige saltarina hacia la zona de los baños.

En una mano lleva otra copa de esa cosa negra que bebe, y, en la otra, la katana, a la que aventuro que le queda poco tiempo de vida.

Se ve que el plástico no es muy bueno. Estoy relativamente cerca y, desde aquí, me fijo en que posa su copa en la maceta que está en la entrada del servicio de mujeres y, acto seguido, se adentra con el arma en la mano.

Quiero pensar que se ha equivocado en qué cosa «aparcar» antes de entrar.

No creo que sea tan descerebrada como para dejar un vaso con líquido a merced de cualquier depravado que quiera drogarla.

Si lo hace aquí, puede hacerlo en cualquier garito al que vaya.

No pienso: actúo. Me encamino hacia allí para esperar a que salga y así asegurarme de que nadie tiene malas intenciones.

Al cabo de un cuarto de hora, sale. Después de mantener una pequeña conversación, se pone rígida al ver que su amigo de antes viene en nuestra dirección; descubro que se llama Aitor.

La cojo de la mano y nos meto en un almacén cercano.

No es la primera vez que estoy en este habitáculo.

Ambos sabemos que el alcohol ha hecho mella en nuestros organismos, aunque Fabiola cree que yo estoy fresco como una lechuga.

—Que no te engañen las apariencias, estoy aguantando el tipo como buenamente puedo. ¿Ves este mojito de aquí? Pues me lo voy a acabar porque no me gusta dejar las cosas a medias —digo apurándolo de un trago.

—¿Nada?

—Nunca...

No puedo dejar de mirarle la boca, esa que se relame cada poco.

—¿Tengo la boca muy negra? No dejas de mirármela. —Se la lame de nuevo y yo empiezo a tener mucho calor con este traje.

—Mucho...

—¿En serio que no quieres probar el vodka? Está riquísimo.

—Creo que sí me gustaría probarlo, pero no del vaso...

Esto ha sido una declaración de intenciones en toda regla.

—¿Y cómo quieres probarlo, entonces?

—Antes has dicho que el color se quita lamiéndote mucho los labios, ¿no?

Me acerco más a ella y compruebo que no se aparta.

—Ajá.

Prácticamente no pasa el aire entre nosotros.

Nos hemos acercado como dos imanes, nos hemos movido por el almacén sin darnos cuenta hasta que su espalda ha terminado contra una de las paredes.

Pongo una mano por encima de su cabeza y, antes de ser consciente de lo que voy a decir, mis palabras salen de mi boca sin permiso.

—¿Quieres que te ayude a quitarlo?

No contesta. Simplemente, es ella la que se lanza a mi boca, y yo... yo me vuelvo loco. Dejo mi mojito en una estantería que hay a nuestra izquierda y mi mano va directa a su culo. Subo la falda de látex y hago contacto piel con piel.

—Joder —gimo contra sus labios.

—Izan... —gime ella contra los míos.

Y así es como, la noche antes de irme de viaje, yo, La Máscara, me ligo a Beatrix Kiddo, la temida Mamba Negra.