11. Shania Twain, una katana, una advertencia y un cuarto oscuro
Shania Twain, una katana, una advertencia y un cuarto oscuro
Fabiola
Las últimas horas —o lo que buenamente recuerdo de ellas— se han desarrollado de la siguiente manera.
Después de la conversación con La Máscara sobre mi gusto en bebidas alcohólicas desde la juventud, nos ha tocado tomarnos una primera ronda de chupitos de tequila.
Menuda puntería la mía, que soy la que ha elegido los papelitos que poner en la ruletita y la que le ha dado a la flecha.
Ahí mi estómago ya me ha pedido una pausa, pero no se la he concedido. Entretanto, mi prima, en su salsa, cómo no, agarrada del brazo de su nuevo mejor amigo y mirando expectante qué nos iba tocando beber a continuación.
El problema ha llegado con el cuarto. Después de bebernos unos cerebritos (vodka y Baileys), ha tocado el Satanás de los Satanases: el famoso Jäger.
He intentado resistirme a beberlo, pero no me han dejado.
Bueno, he luchado contra mí misma, porque me lo estaba pasando tan bien que no quería cortarme el rollo.
Por una noche, estoy haciendo lo que me apetece sin pararme a pensar en la imagen que pueda estar proyectando ni en quién pueda estar juzgándola.
Estoy con un grupo de gente a la que no conozco de nada, ni ellos a mí, y con la que me he sentido cómoda desde el minuto uno, a pesar de que Izan sea uno de sus integrantes de honor.
Resumiendo: después de toda esta ingesta de alcohol, que sin duda se me ha subido a la cabeza, me he tomado dos vodkas negros con limón.
Me he hecho mi propia tarima y me he subido a cantar por Shania Twain, sin importarme mi minúsculo outfit , utilizando la katana como paraguas y sin ser consciente de dónde estaba y quiénes me rodeaban.
Y ahora, a las dos y catorce de la madrugada, es la cuarta vez que vengo al baño. Me miro en el espejo y veo que mi caracterización de Uma Thurman ya no es lo que era. Me coloco bien la melena rubia y me miro los labios, que, como bien aventuré, están completamente negros.
—¿Quieres que te preste un pintalabios? —me pregunta una chica a mi lado que está retocándose el maquillaje.
—No, gracias. No hace falta.
Saco la lengua y me río cuando veo que está del mismo color.
Me observo unos segundos antes de salir y lo que veo, a pesar de mi pinta, me gusta.
Estoy explorando una parte desconocida de mí y me lo estoy pasando francamente bien.
Cojo la katana que había dejado apoyada en la entrada y salgo del baño de chicas.
Me vuelve a dar la risa cuando, en la pared de enfrente, veo apoyado a alguien con un traje amarillo, un sombrero del mismo color en la mano y la cara verde. Bueno..., dejémoslo en que ahora mismo no está como al principio de la velada.
—Pensaba que te habías caído por el váter. Llevas ahí un cuarto de hora largo —comenta mirándome fijamente.
—¿Tan aburridos son nuestros amigos que llevas aquí esperando todo ese rato?
—Digamos que prefiero tu compañía; me resulta más satisfactoria. Por cierto, dime una cosa: ¿Cande y tú sois realmente primas?
—Sí —respondo escuetamente sin apartar tampoco la mirada de él.
—No os parecéis en nada.
—¿Eso es bueno o malo? —inquiero.
—Buenísimo. Las dos sois estupendas siendo totalmente opuestas. Creo que mi hermano se ha quedado prendado de ella.
—Pues juraría que Charlie no es su tipo. Y mira que le encanta el chocolate.
—Hazme caso: no van por ahí los tiros. A Marc le gustan con pelos en la cara —suelta riéndose.
—Ah... Ya entiendo. ¿Los tres sois hermanos?
—Me encantaría decirte que sí, pero no. Mi padre y el suyo son amigos desde pequeños y siempre hemos estado juntos. Mis padres son sus padrinos, y sus padres son padrinos míos.
Parece que su relación es similar a la que tenemos Candela y yo, y eso me encanta.
—Qué relación más bonita... Mi prima y yo nos llevamos solo un año y también hemos estado siempre juntas. No le gusta venir a este tipo de sitios, pero de vez en cuando la arrastro a ellos igual que ella me arrastra a los suyos. Digamos que su mundo y el mío colisionan con fuerza.
—Ya veo...
—Oh, mierda, Aitor —suelto en una especie de chillido cuando lo diviso a lo lejos.
Veo —un poco doble, todo hay que decirlo— que mi amigo viene en nuestra dirección.
Es lógico, estamos hablando en la puerta de los servicios.
Cojo mi copa, que había dejado en una de las macetas que hay al lado, y miro hacia el otro lado por si hay algún sitio por el que pueda escapar.
No me apetece encontrarme con él ahora mismo.
Parece que Izan ha leído perfectamente mis intenciones y siento cómo su mano cobija la mía.
Tira de nosotros hacia una puerta cerrada y la abre sin miramientos.
Dentro está a oscuras y, cuando le da al interruptor y se enciende la luz, descubro que se trata de un almacén. Pone el pestillo y no puedo evitar mirarlo a los ojos.
—Voy a actuar como Marc y a señalarte una serie de puntos —dice mientras yo lo miro totalmente desconcertada—. Punto uno: nunca dejes la bebida sola o alguien podría echarte cualquier mierda en ella y luego hacer contigo lo que quisiera.
¡He sido una inconsciente, tiene toda la razón! No sé cómo se me ha ocurrido dejar el vaso fuera del baño y cogerlo al salir con intención de acabármelo.
—Puedes bebértelo, tranquila, lo he controlado todo el rato. He visto el momento en el que lo has dejado ahí y nadie se ha acercado. Pero ten cuidado con esas cosas, por favor. Tuvimos un susto hace años con Gi y no quiero que nadie tenga que pasar por lo mismo.
En ese instante, por impulso, doy un trago. Ni siquiera pienso que él mismo podría haberme puesto algo dentro.
—Punto dos: no sé por qué has puesto esa cara cuando has visto a tu amigo. Sé que lo es porque te he visto hablar alegremente con él al principio de la noche. Lo único que se me ocurre es que te avergüences de que te vea conmigo.
—No, no. No es por ti, es por mí —suelto atropelladamente. Por nada del mundo quiero que se le pase eso por la cabeza.
—Eso suena a ruptura de las malas.
Los dos nos reímos. Izan, contra todo pronóstico, me hace sentir muy cómoda y relajada.
—Quizá lo que me avergüenza es que me vea así.
—¿Preciosa? —pregunta mirándome de arriba abajo hasta volver a posar sus ojos en los míos.
—Borracha, tonto. Claro, tú estás como una rosa.
—Que no te engañen las apariencias, estoy aguantando el tipo como buenamente puedo. ¿Ves este mojito de aquí? —Pone el vaso que sujeta en la mano desde que nos hemos encontrado entre nosotros, suspendido en el aire—. Pues me lo voy a acabar porque no me gusta dejar las cosas a medias.
—¿Nada? —intento averiguar con un hilo de voz debido a los nervios que se han instalado en mi cuerpo.
—Nunca...
Estamos peligrosamente cerca, tengo la mente en blanco y noto que mi cuerpo ha cogido una temperatura corporal a la que no estoy acostumbrada.
Quizá ha llegado el momento de dejarme llevar por primera vez.