10. Una chica mariposa, unas presentaciones, un juego y un vodka negro con limón
Una chica mariposa, unas presentaciones, un juego y un vodka negro con limón
Izan
—Hombre, has vuelto. ¿A cuánta gente has saludado ya?
—Pues a un montonazo —dice Marc entre risas.
—¿Y cuántos amigos nuevos has hecho?
—Solamente uno... Una, en realidad, pero me ha dado muy buenas vibras. ¡Y deberías ver el disfraz que lleva! Juraría que el suyo y el tuyo son los mejores de toda la fiesta.
—En ese caso, me encantaría conocer a esa chica que se está disputando conmigo el premio al mejor disfraz.
—Y lo harás. La he invitado a que se una a nuestras rondas de chupitos.
Marc, ese ser que hace amigos allá por donde pasa y, encima, los conserva.
Porque no es que conozca a alguien un día de fiesta, se eche unas risas y luego, si te he visto, no me acuerdo.
No. Él guarda religiosamente sus contactos en su teléfono de última generación y queda con asiduidad con ellos.
Nunca he visto cosa igual. Su hermana es muy parecida.
No me extraña que después me digan que tengo que abrir mi abanico de amistades.
—Mira, es aquella de allí.
—¿La del vestido de mariposas? —pregunto al mirar donde me señala y ver a una chica con un disfraz espectacular.
—La mismísima Effie, sí. Me ha dicho que iba a avisar a su prima, que me imagino que es...
—La Mamba Negra.
De detrás de la primera chica ha aparecido otra para ponerse a su lado.
.. y descubro de quién se trata mientras la que va disfrazada de uno de los personajes de Los juegos del hambre señala en nuestra dirección.
Vaya, así que voy a tomarme unas rondas de chupitos con Beatrix Kiddo.
Probablemente pueda dejar de llamarla así y hacerlo por su nombre real.
Un instante después las tenemos al lado. La chunga de Kill Bill me ha sonreído y se ha presentado a mi amigo como Fabiola.
—Encantado. He conocido a tu prima fuera y no me he podido resistir a invitaros a pasar un rato con nosotros tomando chupitos.
Ahora vienen mi hermana y mi cuñado y nos ponemos a ello.
Es como una tradición que tenemos: nunca salimos de noche sin tomarnos unas rondas cuando ya estamos un poco entonados.
—¿De tequila? —pregunta la chica mariposa.
—Depende del azar. Verás... Siempre llevamos encima una minirruleta que hacemos girar para ver qué nos toca beber.
—¿En serio? Tronco, me flipa. ¿No mola un montón, Fabiola?
—Eh... Sí, claro, chulísimo —contesta ella sin entusiasmo alguno.
Vale, veo que le ha parecido una mierda. Es evidente que estas chicas son muy distintas. ¿Serán realmente primas?
—¡Ya estamos aquí! Uy, amigas nuevas. Encantada, soy Gisela, y este chico guapo que viene conmigo es Jon.
Todos se saludan con dos besos y vemos cómo Gi abre su bolso para sacar el minúsculo artefacto que decidirá lo que vamos a meternos entre pecho y espalda.
—Vaya fantasía. A mí es que me encanta. ¿Vais cambiando las opciones cada noche? —pregunta la prima de Fabiola.
—Sí, mira. Tenemos esta cajita llena de papeles con distintos tipos de chupitos. Cogemos seis al azar y los ponemos en la ruleta. Luego le damos la vuelta a la flechita y... donde se pare.
—Tía, tenéis que patentar esto.
La chica mariposa, que creo que ha dicho que se llama Cande, y Gi se meten de lleno en una charla sobre nuestro juego.
Gisela dice que nuestros amigos siempre nos miran como si estuviésemos locos y Cande le contesta que los suyos se matarían por una cosa así.
Mientras tanto, la Mamba mira al infinito dejando claro que la conversación no va con ella.
—¿Qué opciones te gustaría que saliesen? —pregunto acercándome a ella.
—Tengo que admitir que yo soy un poco rara para eso, la verdad. Digamos que no bebo lo que la gente espera de alguien como yo. Eso sí, el tequila también me gusta mucho, aunque me sienta fatal.
—¿Rara para eso? ¿Que no bebes lo que la gente espera de alguien como tú? Déjame adivinar... ¿Puerto de Indias con Sprite?
—¿Eso es raro para ti? —Se ríe y yo pienso que es un sonido precioso.
—Yo soy más de Bulldog.
—Una cosa es lo que tú prefieras y otra distinta que la opción que no es la tuya te parezca rara. Pero, no, no es eso.
—¿Malibú con piña? —pruebo de nuevo.
—¿Qué? —pregunta entre risas—. Confieso que siempre me ha dado bastante asco.
—Reconozco que a mí también. Sé buena y no me tengas toda la noche recitándote combinados que yo considero que no deberían existir.
—¿Prometes no reírte?
—Vale, te doy mi palabra. —Aunque no lo juro, por lo que pueda salir de su boca.
—Me encanta el vodka negro con limón.
—No lo hubiese adivinado jamás... Francamente, no me apetece ni probarlo.
—Fue lo primero que bebí cuando empecé a salir a los dieciséis y ahí me he quedado, estancada —me cuenta—.
Algunas de mis amigas también lo tomaban, pero ahora dicen que eso es de adolescentes chonis.
No te voy a engañar, a mí me encanta. ¿Qué le voy a hacer?
No me pega para nada, pero bueno —añade con una sonrisa, que también es preciosa.
—¿Y por qué dices que no te pega nada, si puede saberse?
—Por cómo soy, por los ambientes por los que me muevo, por mi grupo de amigos... Debería beber cosas «más chic», tipo cócteles sofisticados o champán del caro. Hoy tiene un pase porque esto es una fiesta de disfraces y todo queda diluido, pero, aun así..., mira a tu alrededor y dime qué ves.
—No sé... Gente con pasta.
Es la pura realidad.
—Sí. ¿Y te imaginas a esta gente bebiendo algo que les deje los labios y la boca negros?
—La verdad es que no; debes de ser la única. Nosotros nunca lo hemos tomado. ¿Mancha mucho?
—Un montón. De ahí que a mis amigas les hiciese gracia tomarlo de muy jóvenes pero ahora no quieran ni tocarlo, por eso de guardar las apariencias. Te quedan los labios como si te los hubieses pintado con un labial negro.
—¿Y cómo logras quitártelo? —indago.
—Pues lamiéndomelos mucho.
«Jo-der».
No estaba preparado para esta respuesta.