8. Una fiesta de disfraces, la Mamba Negra y unas calabazas
Una fiesta de disfraces, la Mamba Negra y unas calabazas
Izan
—¿Me explicas, por favor, cómo puedes estar tan bueno yendo de ese personaje? —me pregunta Marc estudiándome con detenimiento.
—Juro solemnemente que no era mi intención.
Vamos en un taxi acompañados por Gisela y su novio hacia el Versace.
Estamos en junio, el calor acecha y las vacaciones ya están a la orden del día.
¿A quién quiero engañar? El noventa por ciento de los asistentes a esa fiesta son hijos de mamá y papá que no deben de haber aportado ni un solo céntimo a la Seguridad Social en su vida.
Por lo menos se dejan la pasta de sus padres en dar de comer a los hosteleros. Algo hay que agradecerles.
—Son treinta euros, chicos —nos indica el taxista, un buen hombre que nos ha contado que tiene una hija de nuestra edad que fliparía si viera cómo vamos vestidos.
También nos ha dicho que estudió marketing digital, pero que está teniendo muy mala suerte a la hora de encontrar algo de lo suyo al no tener ninguna experiencia.
Llamadme empático, llamadme salvador de las causas injustas, pero, en el momento en el que el conductor nos da su tarjeta, por si tenemos problemas para poder volver a casa, le digo a Marc que le entregue una tarjeta de la empresa, pues él siempre lleva encima alguna por si la necesita.
Chico previsor donde los haya. Añadimos una buena propina a la carrera que abonamos, nos despedimos de él y nos dirigimos a la entrada del local, desde donde ya se oye la música del interior.
—¿Habéis quedado con alguien? —nos pregunta Gisela a su hermano y a mí.
—Yo no, ya sabes que nunca lo hago: si me encuentro con algún conocido, bien, y si no, pues también.
—Quizá deberías solucionar eso y abrir tu abanico de amistades, Izan. Es muy triste que salgas solo con nosotros, que somos tus hermanos —me dice poniendo cara de circunstancias.
—Siento ser yo quien diga esto, Gi, pero no lo sois realmente.
Así que estoy seguro de que la gran mayoría de la gente que está ahí dentro mataría por tener una relación que se asemeje lo más mínimo a la que tenemos nosotros tres, por lo que creo que salgo ganando.
Ya sabes que no hay mejor compañía que la vuestra.
—Qué labia tienes, mamonazo. Vamos, anda, que ya me estoy deshidratando.
Se cuelga de mi brazo y nos adentramos en el Versace.
—¿Ronda de chupitos? —propone Marc, que va por delante de camino a la barra.
—Hermanito, espérate un poco. Y relajaos, o al final vais a espantar a Jon.
—Qué va, mujer, qué me van a espantar. Estoy deseando esa ronda, cuñado —suelta el tercer hombre de este cuarteto.
—Me gusta este chico, Gi. No lo dejes escapar —confieso bajito acercándome a su oído para que solamente le llegue a ella.
Llevamos un rato en la fiesta y ya me he tomado dos cubatas. No es que sea un gran bebedor, pero en estas fiestas me suelo desinhibir y eso se traduce en que bebo un poco más de la cuenta. Eso sí, soy de los que se denominan «borrachos graciosos». Así que ni tan mal.
Veo que Gisela y Jon están charlando con una pareja de amigos y Marc va de aquí para allá, como Pedro por su casa. Es un magnífico relaciones públicas: nadie habla con tanta gente como él.
Hago un barrido visual rápido por la sala para ver a quién conozco y miro hacia la zona del baño. Bien, no se ve mucho barullo, así que allá que voy. Una vez que tengo la vejiga vacía, salgo y alguien choca conmigo.
—Disculpa —me dice la chica que ha impactado contra mí.
—Tranquila, no pasa nada. Dios me libre de que Beatrix Kiddo me meta una paliza.
—¿Quién? —me pregunta extrañada.
—Tú, la protagonista de Kill Bill .
—Ah... Es que he tenido un percance de última hora con mi disfraz y una amiga de mi prima me ha dejado... esto. Y me ha dicho que soy la Mamba Negra.
—Sí, podemos llamarte de muchos modos. Qué raro que no lo sepas... ¿No has visto la peli?
«Fliparé si no ha visto un clásico como este».
—La verdad es que no es mi estilo de peli. Sé cuál es y he visto la foto de la protagonista un montón de veces, pero nada más. Como te he contado, no me ha quedado otra que ponerme esto a última hora. Bueno, si me perdonas, tengo que ir al baño. Por cierto, me encanta tu disfraz.
—Muchas gracias. La verdad es que mola cómo ha quedado. Pues nada, si eso, ya nos encontraremos más tarde. Hasta luego... ¿Me dices tu nombre?
Pongo en práctica el truco de la despedida, pues es una buena táctica de ligue para saber cómo se llama.
—Beatrix has dicho antes, ¿verdad? Pues quédate con ese.
Y así es como la tía más despampanante que he visto aquí me ha dado calabazas. Menos mal que no le he pedido su número.