7. Un tugurio, una cerveza derramada, Effie Trinket y un vestido de látex
Un tugurio, una cerveza derramada, Effie Trinket y un vestido de látex
Fabiola
—Siempre me arrastras aquí —me quejo.
Con la de locales bonitos que hay por zonas cercanas y no hay manera de no acabar en este.
—Perdone usted, lady Perfecta; no sabía que venir a tomar algo con mis colegas la perturbara tanto.
—Y no lo hace... del todo.
—Los conoces de toda la vida.
—Precisamente por eso.
Digamos que sus amigos y yo tenemos gustos bastante dispares. Creo que en lo único en lo que coincidimos es en que queremos una barbaridad a Candela. Y solo por eso estoy aquí con ella.
—Venga, no protestes, que en dos horas estaremos en tu salsa en esa fiesta de disfraces pijotorra.
—Lo dices como si no quisieras ir.
—Por supuesto que quiero. ¿Una fiesta temática de cine? Si muriese allí mismo, lo haría feliz. Pero sabes que esa gente tampoco es de mi agrado al cien por cien. Me miran por encima del hombro, como si fuesen más que yo.
—Algunas veces son exasperantes —admito porque es cierto. Todos aceptan a mi prima, pero en ocasiones he pillado a más de uno mirándola de arriba abajo con desaprobación.
—Madre mía, la night se pone interesante. Sí que has decidido desmelenarte, Sandy.
—Es que tienes razón. Sabes que no me gusta su actitud con determinada gente; son un poco clasistas.
Quiero que le quede claro que, aunque intento hacer la vista gorda, me doy cuenta de esos detalles.
—Bravo, pero ahora vas a añadir que son gente de bien y que son tus amigos del alma. De verdad que te entiendo, ese es tu ambiente, pero debes comprender que yo estoy más cómoda en un tugurio, con mi peña, rodeada de personas que me valoran por lo que soy y no por lo que tengo.
—Venga, vamos a tomarnos unas cervezas «con la peña», como tú dices. Por cierto, no he visto Effie Trinket más espectacular que tú.
—Y lo he hecho yo solita. Nadie diría que la diseñadora de moda, en esta ecuación, eres tú. —Sonríe.
—Un día voy a hacerte una oferta para que trabajes conmigo que no vas a poder rechazar. Acuérdate de lo que te estoy diciendo.
—Si le pones unos cuantos ceros a la propuesta, quizá me lo piense —contesta ampliando la sonrisa, aunque siempre he sabido que mi prima no se mueve por dinero. Es la persona más sencilla que conozco.
Ya llevamos un buen rato en este antro con sus amigos cuando una jarra de cerveza (de las grandes) acaba bañándome por completo.
—Joder, Fabs, perdona, guapa. Espera, que te limpio...
—¡No me toques! Y dejad de llamarme así, coño.
Se hace el silencio y veo cómo todos me miran como si me hubiese salido una segunda cabeza.
Están flipando porque nos conocemos desde pequeños (prácticamente todos son amigos de Candela desde el jardín de infancia) y creo que en estos veinte años no habían oído salir una palabra malsonante de mi boca.
—Ey, ey, ey, no te me vuelvas loca ahora, por favor te lo pido. Vamos al baño y lo secamos como podamos —me dice mi prima acercándose a mí con un montón de servilletas en la mano para intentar arreglar esta catástrofe en la que se ha convertido mi disfraz.
—No, Candela, no voy a ir a una fiesta como esa apestando a cerveza.
—Lo entiendo, pero ¿qué hacemos entonces?
—Perdonad que me meta, chicas —interviene Carla, la que parece la más normal de este grupo—. Ya sabéis que vivo a dos calles de aquí. Quizá pueda dejarte algo.
Veo que Candela me mira suplicante, porque es eso o que monte en cólera y ella tenga que aguantar mi mal humor sin comerlo ni beberlo.
—De acuerdo. Muchísimas gracias, Carla. Te lo agradezco infinitamente.
Media hora después retiro lo dicho. No le agradezco nada. Lo habría hecho si tuviese algún disfraz que fuera una talla más grande, o si el que me sirviese no fuera tan..., ¿cómo decirlo?..., escueto.
—No pienso ir así a ningún lado, Candela.
Por nada del mundo voy a dejarme ver con semejante atuendo puesto.
—Fabs, estás espectacular. Además, tienes todos los complementos.
—Una peluca rubia y una katana son el menor de mis problemas. Bueno, el menor de mis problemas es este vestido de látex. ¿Desde cuándo la prota de Kill Bill no lleva un mono de pantalón largo? Por Dios, se me va a ver todo el trasero con semejante ridiculez.
—Y las tetorras —interviene Carla haciendo el gesto de sujetar dos sandías.
—Arréglalo, hermosa. Claro que sí —increpa mi prima a su amiga—. Fabs, es la única opción que tenemos. Yo lo siento mucho, pero no me he pasado semanas confeccionando mi disfraz para ahora no ir. Hazlo por mí. Porfi, porfi, porfi.
—Tengo que decirle a mi terapeuta que necesito aprender a decirte que no. Yo también quiero ir, pero es que...
—Es que estás increíble. La gente va a alucinar cuando te vea.
—Carla, ¿no tendrás por ahí unas medias un tanto gorditas? —le pregunto a la chica, que me mira con compasión.
Cuando al cabo de un minuto me deja unas, empiezo a tenerle un poco más de cariño. Solo espero no ser el hazmerreír de la fiesta, que nadie me mire como si me hubiese vuelto loca y que no haya ningún documento gráfico que pueda llegar a manos de mi madre después.
Esto no va a salir bien.