6. La Máscara, Charlie y la fábrica de chocolate y unos puntos que acatar
La Máscara, Charlie y la fábrica de chocolate y unos puntos que acatar
Izan
—He cambiado de opinión; no me veía yendo de villano, aunque sea el favorito de la mayoría de los niños.
Este tema de conversación está siendo el más recurrente desde que decidimos acudir a la fiesta temática que se organiza en el Versace este jueves.
Es uno de los locales de moda de Barcelona para gente —digamos— de cierto poder adquisitivo.
Y precisamente eso hace que también, en ocasiones, de otro tipo.
.., pues más de una vez y de dos y de tres se ha colado alguien de dudosa «procedencia» que más tarde ha sido arrestado por llevar en los bolsillos cosas que no eran suyas.
Volviendo a los disfraces, al principio Marc quería ir de Fred y luego se decidió por Gru. Más tarde sopesó ir de Jack Sparrow, Legolas y, de nuevo, Gru. Y vuelta a empezar. Así es él.
—¿Y la decisión final es...? —A estas alturas, y con todos los cambios de idea que lleva ya, me espero cualquier cosa.
—Charlie.
—¿Brown? —Es el primero que se me viene a la cabeza.
—No, imbécil. Charlie, el excéntrico dueño de la mejor fábrica de chocolate.
—Me gusta. ¿A qué hora quieres estar por allí? —pregunto.
—Bueno, ya sabes que lo bueno se hace esperar. Aunque también debemos tener en cuenta que al día siguiente nos vamos de viaje. No sé, ¿ni muy pronto ni muy tarde?
—Guau, me has despejado todas las dudas, sí, señor. La fiesta empieza a las nueve. Yo he quedado con Gi en su casa ese día a eso de las siete para que me maquille y toda la parafernalia que me quiere poner. El traje tengo que ir a recogerlo el miércoles. ¿Tú ya lo tienes todo?
—Sí, me lo ha dejado un compañero del curro.
Comenté el otro día lo de la fiesta en el descanso; me dijo que tenía ese disfraz y que casi seguro que de talla me iba bien.
Acabé en su casa para probármelo y resulta que el que mejor dio la talla fue él.
.. Ya me entiendes —añade subiendo y bajando las cejas—.
Dos años currando juntos y mi gaydar en ningún momento había hecho saltar la alarma.
—¿Te has tirado a Ander? —le pregunto con una sonrisa.
Veo que no se esperaba que le preguntase directamente por una persona en concreto.
—¿Y tú... por qué has dado por hecho que era él? ¿Y por qué sabes su nombre?
—Francamente, no hacía falta ser muy listo.
Hace dos meses, cuando fui a buscarte al local de copas en el que estabas con los del trabajo, vi la cara que me puso nada más llegar.
También cómo le cambió cuando les explicaste que yo era algo así como tu hermano.
Y me quedé con su nombre porque no tengo el placer de conocer a ningún otro chico que se llame así. ¿Todo aclarado?
La cosa fue tal cual. Nunca nadie me ha mirado tan mal, y tan bien, en menos de un minuto de reloj.
—Pues hay que ver el ojo que tienes. Si invirtieras ese don en vestirte decentemente, serías el tío más solicitado del mercado.
—La cuestión es que visto como quiero y no quiero que nadie vaya detrás de mí.
Qué manía con meterse con mi estilo.
—Cosa que sigo sin entender, por cierto.
—Volvamos a donde estábamos. Si llegamos sobre las nueve y media o diez, será buena hora, ¿no?
—Sí, estoy de acuerdo. Repasemos las reglas.
—¿Otra vez?
«Pero si ya me las sé de memoria...».
—Las que haga falta —dice apuntándome con su dedo acusador.
—Punto uno: no te pases con el alcohol. No quiero aguantarte la resaca justo el día en que empieza nuestro viaje. Punto dos: si te vas con alguna chica, antes de ponerte al pim, pam, pum, activa una alarmita en el móvil. Te juro que como no llegues a la estación...
—Joder, tío, ¡que sí! Ya me las has repetido unas mil veces y son un montón.
—Exactamente diez —me corta—. Y como me toques las pelotas añado más y te tengo aquí una hora de charleta.
Punto tres: no te olvides ni del DNI ni del pasaporte.
Esto es superimportante. Punto cuatro: mete un poco de todo en tu bolsa.
Es decir, alguna chaqueta gruesa y algún que otro jersey, además de la típica ropa de verano.
—Sí, papá. Que sepas que todo esto lo tenía más que claro.
Como para no saberlo a estas alturas de la película.
—Punto cinco: deja un poco de sitio en la maleta.
A lo mejor tenemos que comprarnos algo que se nos olvide, bueno, más bien que se te olvide a ti, y luego hay que traerlo de vuelta.
Punto seis: mete todos esos magníficos cargadores portátiles que tienes.
Del punto siete puedes pasar, que ya llevo yo el botiquín.
—No pretendo tener que usarlo.
—Punto ocho: si conoces a una chica y te vas con ella, por favor, me dices a dónde.
No quiero estar preocupado por ti. Punto nueve: si pasa algo grave, médicamente hablando, lo tenemos todo cubierto con el seguro de viaje que hice.
Y, por último..., quiero que esa puta sonrisa Profident que tienes se vea los veintiún días que durará nuestra aventura porque me he devanado los sesos en hacer un itinerario increíble, tanto que me quiero cagar del gusto —dice de carrerilla casi sin respirar—. Fin de las normas.
—Eres muy pesado, tío: cada vez que hacemos un viaje me dices lo mismo. ¡Qué cansino!
«Y, aun así, en el siguiente, lo volverá a hacer».
—Pues imagínate la mierda de caso que me haces para que siempre tenga que recordártelas.
— Touché .
«Me declaro culpable. Me quejo mucho, pero no se le puede quitar la razón a quien la tiene».