5. Una madre de alta cuna, un padre de baja cama y dos maneras de encajar una noticia
Una madre de alta cuna, un padre de baja cama y dos maneras de encajar una noticia
Fabiola
—Muy buenos días a todos —saludo al entrar en la estancia—. Hola, Lina —me dirijo a la recepcionista acercándome al mostrador—. ¿Está mi madre libre?
—Sí, cariño. Pasa cuando quieras.
Me he levantado a las siete menos cinco de la mañana, me he tomado un café, he preparado las cosas del gimnasio y me he ido para allá. Después de una horita de cardio y una ducha caliente, ya estoy en las oficinas de la empresa familiar. A eso lo llamo yo una mañana productiva.
A diferencia de mi madre, mi padre es un hombre de origen humilde y poco ambicioso que logró derribar los muros de frialdad de mi progenitora y le calentó el corazón a base de palabras bonitas y de respetar sus tiempos.
Mi padre nunca ha tenido grandes aspiraciones en la vida, pero ayudó a mi madre a cumplir su sueño: crear un imperio de confección y moda desde los cimientos.
Mis abuelos, a pesar de que les sale el dinero por las orejas, siempre quisieron que su hija lograse las cosas por sí misma, y así lo hizo.
Trabajó duro desde muy joven y se formó mucho para lograr ser la empresaria de éxito que es hoy en día.
Y eso es algo que me ha inculcado desde pequeña.
Bueno..., más bien me ha dado a entender, desde que tengo uso de razón, que esto era lo que me esperaba al llegar a la vida adulta: heredar la empresa familiar.
Me gustase o no. Además, siempre ha insistido en que debía trabajar duro para ganármelo, pues ella no regala nada.
Mi padre siempre ha intentado disuadirla argumentando que debería dejarme elegir a mí lo que me hiciese feliz en lugar de tener que hacer lo que ella me impusiese.
La cuestión es que, afortunadamente, no soy la típica niña rica traumatizada por estar atrapada en unas obligaciones laborales que detesta.
No. Independientemente de la opinión de ambos, hubiese elegido seguir los pasos de mi madre y liderar esta compañía algún día, ya que el diseño de moda es lo que más me apasiona en el mundo.
A pesar de que mi prima es mi persona favorita (aunque jamás lo admitiré delante de ella), como bien he dicho, somos como la noche y el día.
Si puede elegir, la única luz del sol que ve es la de las siete de la mañana, y porque llega de fiesta.
En cambio, yo nunca me levanto más tarde de esa hora porque entonces todo lo que tengo agendado se iría al traste.
Desde que decidí ser un poco kamikaze semanas atrás al decirle a Candela que me iba de viaje con ella, sumado al hecho de que me pidió encarecidamente que la dejase a ella ocuparse en exclusiva de todo y acepté, no he dormido bien.
Esa es una de las razones. Otra, que aún no se lo he contado a mi exigente madre.
—Buenos días, cariño. ¿Has ido ya al gimnasio? ¿Te has puesto luego las cremas en cuerpo y cara? ¿También las antiarrugas? Recuerda que, a partir de los veintiséis, hay que...
—Buenos días, mamá —la corto—. Sí, como siempre, he ido al gym , y, sí, ya sé que tengo que usar cremas para no acabar como una pasa, así que me he puesto la de día después de ducharme.
—Se te nota, cielo, tienes un cutis estupendo. ¿Te has tomado el détox de pepino?
—Por supuesto. Estaba riquísimo —miento.
No me tomaría eso ni aunque me asegurasen que, a cambio, durante el viaje dormiría cada noche en un hotel de cinco estrellas.
—Bien, cielo, ya sabes que nuestro objetivo es que no tengas retención de líquidos, que es fatal para los tobillos.
Así es mi vida...
—Lo sé, mamá, gracias por preocuparte por mí. El caso es que estoy aquí para comentarte una cosa.
—Ya, ya sé lo que vas a decirme.
—Ah, ¿sí? —pregunto extrañada.
—¡Claro! Seguro que vienes a exponerme un montón de ideas para la fiesta del treinta aniversario de la compañía.
—Pues... no, no es eso. Pero sí que las tengo.
—Entonces, ¿qué quieres comentarme? —plantea centrando toda su atención en mí.
«Venga, Fabiola, sé valiente y suéltalo de una vez».
—El viernes me voy tres semanas de viaje con Candela.
Sé lo que viene ahora.
—Pero, hija, ¿cómo que te vas tres semanas de viaje con tu prima?
Mira, Fabiola, sabes que quiero a Candela con toda mi alma, pero no me parece conveniente que te vayas con ella.
Es una cabra loca —dice frotándose las manos, síntoma de que no le ha hecho muy feliz la noticia.
Siempre lo hace cuando algo escapa a su control.
—Lo sé, mamá, mejor que yo no la conoce nadie, pero... la despidieron y necesita cambiar de aires.
—¿Cómo que la despidieron? ¿Cuándo? ¡Nadie nos ha dicho nada! —exclama claramente ofendida por que nadie la haya informado sobre esto.
—Ya sabes cómo son los tíos y ella, no quieren dar pena.
—No es dar pena, Fabiola. Es contar los problemas a la familia.
Mi madre tendrá sus cosas, pero para ella la familia es sagrada.
—Eso es decisión suya. Volviendo al tema, la cuestión es que me ha pedido que, por favor, me vaya con ella, y ya sabes que no puedo decirle que no a nada, y menos en su situación.
—Hija, aquí tenemos mucho trabajo ahora mismo y quedan pocos meses para el aniversario. Ya sabes que hay que organizarlo con bastante antelación. Ay, Fabi, no lo veo claro.
—Siento decirte esto, mamá, pero la que lo tiene que ver claro soy yo.
Ya he dejado todo mi trabajo avanzado y he comunicado que me voy a ausentar esos días.
No te preocupes, que, cuando lleguemos, te ayudaremos con todo lo de la fiesta.
Además, ya sabes que a Candela eso se le da genial y tendrá mucho tiempo libre.
—Tiene muy buena mano para eso, las cosas como son. Debería dedicarse a organizar eventos. Se lo comenta...
—Mamá, no te vayas por las ramas. Solamente quería que supieras que nos vamos, ¿vale? —la corto, ya que he venido aquí simplemente a informarla de que me largo.
—Tres semanas me parece un tiempo excesivo para que estéis por ahí solas. Por cierto, ¿a dónde vais?
—Pues nos vamos por Europa en Interrail.
—Dios mío, esto no me puede estar pasando. Verás cuando se entere tu padre... —dice abanicándose con la mano.
Mi madre y mi prima podrían fundar una compañía de teatro. Son igual de dramáticas.
Mi padre se enteró ayer en casa de mis tíos, a la que voy cada domingo a comer. Él se pasó a la hora del café y se lo contamos las dos. Tanto mis tíos como mi padre se alegraron y nos dijeron que disfrutásemos, que nos empapásemos de cada ciudad, de sus costumbres y de su gastronomía.
Y a mí me aconsejó que me soltase un poco la melena, que es lo que acostumbran a hacer las jóvenes de mi edad.
Dicen que hay que obedecer, ¿verdad?