30 Blair #2
—Nada de peros. Tengo esto preparado y me vas a escuchar.
—No se mueve. Yo he llegado al sofá grande y me agarro al respaldo como si me fuera a caer, pero él se queda en la entrada, nervioso, temblando—.
Todo lo de Soul Finder, lo de buscar a alguien, solo era…
Necesitaba saber que era capaz, independiente, que existía fuera de nuestra relación, que, si no podía tenerte como pareja, podría intentar tener una pareja y también tenerte a ti como amigo del alma, pero…
—Evan, ahora no es buen momento… —Miro hacia las cortinas del ventanal donde veo las botas militares de James asomar por debajo.
—¿De verdad estás tan enfadado que no quieres escucharme? He venido a dártelo todo, a desnudarme y…
No sé qué dice a continuación porque veo varias cabezas asomarse para ver si de verdad se está desnudando, y escucho el «Dios mío» de su padre y la risa de Ryder. Evan parece no darse cuenta, me mira con los ojos enrojecidos y cansados, pero de un azul muy potente. Joder, adoro esos ojos.
—Evan, vamos a… —Intento indicarle que suba las escaleras, donde la cabeza de mi hermano se distingue perfectamente desde que ha decidido moverse de sitio para ver mejor, porque el Menos Mal no sabe esconderse, pero ey, superestable y supernormal.
—No, Blair, ya no puedo aguantarme. He esperado veinticuatro años para hacer esto, la he cagado a lo grande, no pienso esperar ni un minuto más.
Todavía estoy bien agarrado al respaldo del sofá cuando se acerca en cuatro zancadas, me agarra la cara con ambas manos y me da un beso corto pero que me quita el sentido y se aparta de nuevo para empezar a dar vueltas desde donde estoy hasta la puerta y de nuevo a mí.
Tengo que frenarlo, no puede hacer esto delante de tanta gente escondida, pero el furor que siento, los nervios y la alegría se mezclan en una nube espesa y me nublan el juicio.
Porque Evan me quiere, me quiere decir que me quiere o…
Ahí está otra vez, delante de mí, besándome como si mi boca fuese su único destino.
Me agarra de las caderas con una mano, de la nuca con la otra y me tira del pelo para profundizar el beso.
Y yo le muerdo el labio inferior y me resisto un momento antes de abandonarme a él, y a la mierda todo.
Nuestras lenguas se empujan, se enredan, nuestros cuerpos se encienden, nuestros corazones se sincronizan y yo dejo de agarrar el sofá para aferrarme a él.
Y es tan intenso y tan emocional que gimo, o gime Evan, y alguien carraspea.
Mi padre, seguro, o el de Evan. Mi madre suelta un «shhh» bien largo.
Harold suspira. Se oye la risa de Ryder, y la réplica de su novio, y se oye a mi hermano al tropezar en las escaleras para espiarnos mejor.
—Blair, te quiero desde que tengo uso de razón y he tenido miedo de quererte casi el mismo tiempo. Soy… Soy… Jonas.
—¿Perdona?
—Jonas, de Dark. Y tú eres Martha. O al revés. Estamos destinados a ser; el final es el principio, el principio es el final y todo eso.
—¿Qué dice? —escucho que mi madre pregunta desde detrás del sofá.
Evan parece no haberla escuchado, ni el «ni idea» de Harold, a quien veo arrastrarse como si fuera un marine desde detrás de la butaca al sofá más cercano a nosotros.
Para variar, Evan no se entera de nada mientras yo me enciendo como una bombilla.
Qué vergüenza. Que se larguen de una vez, por Dios.
—¿Quién es esa gente? —oigo preguntar a mi padre cuando Evan me suelta para volver a caminar con nerviosismo hacia la puerta de la entrada y regresar a mí un momento después en ese peregrinaje nervioso que mantiene.
—Son de una serie friki —contesta James desde detrás de la cortina y de verdad que no entiendo cómo Evan no se entera de nada. Será la ansiedad de la que parece ser presa.
—Que tú llames friki a alguien… —se burla Ryder de su novio.
Mi amigo se detiene a mitad de camino y se gira hacia mí.
—¿Has dicho algo?
—Evan, vamos a mi cuarto. Yo… —Me acerco a él queriendo alejarlo del público indiscreto que no debería formar parte de esto, pero cuando llego a su altura no puedo evitar decirle—: La relación de Jonas y Martha no es un ejemplo a seguir.
—Es eterna. Como nosotros.
Se me detiene el corazón.
—Es una tragedia romántica disfrazada de ciencia ficción.
La mirada de cabreo que me dedica me la pone durísima, con testigos y todo.
—Ya sabía yo que ibas a tocarme los huevos con mi metáfora currada y hecha para nosotros. Y no. Lo que son es una fuerza inevitable, siempre gravitando el uno alrededor del otro. —Su voz suena firme, los ojos fijos azulísimos en los míos.
—Pero no se encuentran nunca en el mismo punto —le recuerdo con amargura—. Son causa y consecuencia de su destrucción.
—No entiendo nada —se oye murmurar a mi madre, y esta vez lo dice tan alto que Evan también la escucha.
—Espera. —Abre los ojos de par en par y me aparta para dirigir la vista hacia atrás—. ¿Tu madre está detrás del sofá? ¿Helen?
—¡Sorpresa! —gritan todos a la vez, y uno a uno comienzan a salir de sus respectivos escondites.
—¿Qué…? —Evan mira hacia los no presentes ahora bien presentes; los ojos y la boca abiertos de par en par—. ¿Qué está pasando? ¿No me podías haber dicho que no estábamos solos?
Resoplo y me aparto el flequillo de la frente.
—Lo he intentado.
—¿En serio lo has intentado? No era tan difícil, Blair, era mucho más corto que lo de la causa y la consecuencia.
—Eso nos ha liado a todos —comenta el padre de Evan.
—Bueno, yo ya estaba muy perdido antes de eso. Con lo de Soul Finder —dice Harold—. ¿Es alguna palabra de seguridad o algo?
Ryder se ríe a carcajadas, pero a carcajadas. James intenta callarlo, pero no hay manera.
—Es una aplicación de citas, ¿tú sabías que usaban de eso? —Ese es mi padre preguntándole a mi madre en esta especie de universo paralelo del que Evan y yo tenemos que escapar cuanto antes.
—¿Tú crees que Alex también…? —le pregunta ella a él, supongo.
—No, yo no —contesta el Menos mal, que enseguida aparece tras Evan—. ¡Sorpresa! —El grito sobresalta a mi chico, demasiado pasmado con la escena que se desarrolla ante él—. Pero me voy a hacer una cuenta ya mismo.
—Yo te enseño —le dice Ryder—, pero cuando acabe esto, que está emocionante.
Lo que me faltaba.
—¡Ya basta, todos fuera! —grito y empiezo a dar palmadas para que se larguen.
Pero nadie se mueve, todos nos miran con una sonrisa. James creo que nos está grabando con el móvil. Les faltan las palomitas.
Resoplo, cojo a Evan de la mano y tiro de él por las escaleras hacia mi cuarto.
Si nos siguen o no, me da lo mismo; estoy demasiado concentrado en los latidos frenéticos de mi corazón, y en el modo en que Evan me aprieta la mano, y en sus temblores, y en los míos.
Los dos estamos nerviosos, los dos necesitamos un momento para nosotros.
Una vez dentro, cierro la puerta y apoyo la frente contra ella.
—¿Qué hacen aquí? —me pregunta Evan en un susurro, su cuerpo pegado a mi espalda, su respiración en la nuca. No me giro, no puedo.
—Te había organizado una fiesta sorpresa. Cuando… pasó lo que pasó, los llamé a todos y cancelé, pero James y Ryder no recibieron el mensaje, o eso dicen —añado y me río entre dientes—. Tu padre y Harold han venido sabiendo que vendrías, entiendo.
—Me ha mandado un mensaje para decirme que estabas aquí —murmura y me rodea la cintura con un brazo.
—Siempre hemos celebrado nuestro cumple juntos y nunca habíamos hecho algo así.
Me hacía ilusión sorprenderte. Después de una vida es bastante complicado, la verdad, y tenía preparado un regalo para darte a las doce, en el jardín, mirando las estrellas.
Había pensado que durmiéramos en el cobertizo y folláramos hasta el alba.
—Se me pone la piel de gallina al sentir su aliento en la nuca, el roce de sus labios húmedos en el cuello—.
Pero nada ha salido como tenía planeado.
—De eso estaba hablando con Jeremy. De nuestro cumpleaños —me dice, arrastrando los labios por mi mandíbula y haciendo que una tormenta se desate en mi interior; siento la pequeña llama que se enciende y se expande por todo mi cuerpo cuando se aprieta más contra mí y noto su erección en el culo, sus nudillos acariciándome el ombligo por encima de la tela de la camiseta—.
Le había encargado un regalo que sabía que te gustaría.
Quería algo original que te dijera que te quiero y que yo pudiera compartir contigo; que siempre asociaras a mí.
—¿Qué es?
Sigo sin girarme, pero ladeo la cabeza para volver a sentir sus labios en la piel.
Necesito más de esto, más de nosotros, más.
No me atrevo a enfrentarlo, a mirarlo a la cara, porque…
¿y si no veo lo que quiero? Me aterroriza seguir hablando tanto como me paraliza la urgencia de hacerlo.
Pura contradicción, caos, miedo. Hasta este momento, con testigos ridículos escondidos de forma ridícula, todo eran risas y confusiones.
Ahora estamos solos en la habitación en la que hemos compartido secretos, libros, charlas y anhelos.
Y también fiebres, y bromas, y preocupaciones, y miles de horas de juegos, estudio y discusiones.
—Un cofre con películas y series de ciencia ficción para ver juntos. En nuestro sofá. Cuando lo único que nos apetezca sea eso; tirarnos con Loki y unas mantas y desconectar del mundo.
—Siempre me apetece eso, Evan. Joder, es lo único que siempre he querido. —Me río, porque tiene puta gracia—. Yo tengo las mantas, ¿sabes?
Nada más separarse, echo de menos el calor de su aliento en la piel.
—¿Qué?
—Le pedí a Dexter unas mantas hechas a mano que vi en un catálogo de cosas raras de esos que tiene. Las dos simulan una pila de películas de ciencia ficción y parecen una la continuación de la otra. Son preciosas y suaves y… muy nosotros. —Suspiro hondo.
—¿Te puedes girar, por favor?
Y lo hago, claro que sí. Lo hago en su abrazo, porque Evan no me suelta.
Cuando por fin nos miramos, estamos muy juntos. Evan me dedica una sonrisa, las manos le tiemblan en mi cintura.