30 Blair
BLAIR
¿En qué momento decidí que hacerle una fiesta sorpresa a Evan para celebrar nuestro cumpleaños era una buena idea?
Llevo semanas preparándolo; había invitado a gente de su facultad, de su equipo de atletismo y a varios amigos comunes a los que no solemos ver.
Quería montar algo especial, fuera de lo común y de nuestros planes de fin de semana.
Un reencuentro que celebrar. Quería verlo contento; reírse con su amiga Mia, porque son dos payasos cuando se juntan.
Contar batallitas de sus carreras con su compañero Edgar, cada cual más exagerado, y verlo batirse en duelo de chupitos con Lamal, un albino chiquitito que siempre que habla nos hace llorar de la risa.
Mi padre haría una barbacoa, Harold una tarta de manzana de morirse, y Alex y yo traeríamos bebidas suficientes para emborrachar a una ciudad entera.
Todo estaba en marcha, iba a ser perfecto y le regalaría dos mantas hechas a mano que emulaban ser una pila de películas de ciencia ficción antiguas.
O al menos Dexter, el de la tienda retro de al lado de la librería, me había dicho que eran hechas a mano.
Lo mismo tenía a diez niños trabajando en la trastienda a base de pan y agua…
Dios, qué pensamiento tan horrible. Es porque estoy alterado, enfadado, triste.
Al menos he podido cancelar la fiesta. O lo he hecho en la medida de lo posible.
El padre de Evan y Harold se han presentado con la tarta y dos sonrisas enormes, como si el fin del mundo no hubiera llegado; mis padres están encendiendo la barbacoa en el jardín y van por la segunda botella de vino.
Irradian tanta felicidad… Y yo no sé cómo decirles que me rompo, que Evan no va a venir (porque no se lo he dicho, principalmente; no tiene ni idea de que esta fiesta existe) y que me gustaría que me dejaran solo para gritar, llorar y prepararme para un futuro de amistad platónica para el que no estoy preparado.
Porque Evan, mi escudero, mi compañero de viajes en el tiempo, mi mejor amigo, mi familia y el amor de mi vida, está tan acojonado que prefiere entregarse a un tío cualquiera en una aplicación de citas que reconocer que me quiere.
Suena el timbre.
Suspiro y arrastro los pies hasta la puerta intuyendo que serán los dos únicos invitados, fuera de nuestras familias, que no han recibido la cancelación. Y así es, James y Ryder, con varios paquetes bajo el brazo, me miran sonrientes desde el porche.
Todo el mundo sonríe, ¿es que de verdad no ven que el mundo se acaba? ¿Que la vida tal y como la conocíamos ha llegado a su fin?
—¿El cumple es hoy o mañana? —me pregunta Ryder cuando los dejo pasar y salimos al jardín, porque realmente no sé cómo decirles que no hay fiesta. Si hablo, lloro.
—Mañana —le contesta su novio—. De ahí que la fiesta sea «sorpresa».
—A ver, sorpresa sería si se la hiciera siete meses antes —replica él—. La noche previa en la que empieza a ser su cumpleaños no es ninguna sorpresa.
James lo mira negando con la cabeza, pero con una sonrisa que hace que los celos me ardan. ¿Por qué no puedo tener eso? ¡¿Por qué?! Evan y yo la complicidad ya la traemos de serie, solo habría que añadir el «te amo con locura, quiero pasar el resto de mi vida contigo» a la ecuación.
Vuelvo a suspirar y no les digo todavía que la sorpresa se la van a llevar ellos cuando sepan que el homenajeado no va a venir porque no nos hablamos y no le he dicho que venga y el mundo se está acabando.
¿Cómo se dice algo así? Pronunciarlo en voz alta lo haría más real aún y no sé si estoy preparado para aceptarlo.
Así que ahora tengo en casa a mis padres, y a Oliver y Harold, y a James y a Ryder. Bueno, y a Alex, que hoy ha vuelto a ser el Menos Mal, porque por lo visto yo estoy con mal carácter y «menos mal que está el gemelo estable». ¿Mi hermano estable? Mis cojones.
—¿Y cuándo va a llegar tu novio? —me pregunta Ryder, que es un tocapelotas y nunca debí invitarlo.
—No es mi novio.
—Ya, eso decís, pero mira, tío, no engañáis a nadie.
Estoy a punto de decirle la verdad, de escupírsela, que Evan no me quiere como yo a él, que está en la puta Soul Finder —y le voy a recalcar bien lo de puta, que ya podía haber creado una aplicación para medir el nivel de contaminación del aire o algo así, ¿no son Levi y él dos genios?
— y que está buscando a su alma gemela como si yo no llevara siendo su otra mitad toda la vida.
Pero entonces mis padres los saludan, les dan la bienvenida, y yo me quedo mirando sus espaldas sin saber qué decir.
—Psst, psst.
Me giro para ver a mi hermano escondido detrás de la barandilla de las escaleras que dan al interior de la casa. ¿Me está llamando a mí?
—¿Alex?
Menos mal que este es el equilibrado; menos mal.
—Shhh, ven —me susurra a gritos.
Dios mío.
—¿Qué pasa? —Me acerco a él sin dejar de mirar hacia las puertas dobles del salón, donde veo cómo mis padres entran a hablar con los otros cuatro invitados no invitados.
Se sonríen. Me sonríen. De verdad, ¿qué les pasa?
¿Es que no entienden que la vida tal y como la conocíamos ha llegado a su fin?
¿Que ahora tendremos que vivir en otra realidad, una más gris y más triste?
Me viene a la cabeza la cuenta atrás de Donnie Darko, una de las primeras películas con las que logré enganchar a Evan a mi obsesión por la CiFi.
«28 días, 6 horas, 42 minutos, 12 segundos».
Ese es el tiempo que faltaba para el colapso del universo tangente con la realidad de Donnie.
Y así es como me siento yo en un mundo que llega a su fin y para nada preparado para una realidad alternativa.
—Me ha llamado Evan —declara mi hermano cuando llego a su lado y lo estudio a través de la barandilla que nos separa—. Que dice que viene, madremíaquevieneya. —Habla de forma atropellada, su agobio es evidente, hasta sudando está.
Se me saltan tres mil latidos y enseguida me pongo a sudar con él. Si es que todo lo malo se pega, y encima somos gemelos.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? ¿Qué te ha dicho exactamente?
—Que su padre le ha llamado y le ha dicho que te ha visto entrar en casa. Que quiere hablar contigo, que viene ya. Madremíamadremía —repite como un mantra, y a mí se me eriza toda la piel de puro nervio.
Me giro con brusquedad para ver al padre de Evan, que me mira y alza la copa de vino antes de llevársela a los labios.
¿A mi salud? ¿A mi salud de qué? Llevo dos putos días muriéndome de pena, poniéndome tiritas en el corazón e intentando vislumbrar un futuro en el que un romance con mi mejor amigo no es opción.
Sé que arreglaremos nuestra amistad, por supuesto que lo haremos, hay cosas inherentes a nosotros y ser amigos hasta la muerte es una de ellas.
Lo quiero demasiado como para decirle adiós.
Pero necesitaré un tiempo para aceptar que no habrá más entre nosotros.
Llevo toda la vida loco por él; no es fácil borrar un amor que dura toda una vida.
No es fácil adaptarlo a una amistad platónica.
No es fácil de digerir. ¿Y ahora resulta que no va a dejarme espacio para sanar? No, no, no.
Subo las escaleras en dirección al salón, hacia los invitados no invitados que ahora charlan de forma jovial con copas de vino y cervezas, para decirles que la fiesta se cancela, que se vayan o que salgan al jardín o yo qué sé. Porque esto es culpa del padre de Evan y…
Suena el timbre. Mierda. ¿Y ahora qué?
Alex, que por supuesto me ha seguido, ahora se esconde tras el arco de madera que da a la entrada —yo lo mato— justo antes de decir: «¡Alerta, alerta, es él!
». Eso hace que los invitados no invitados se escondan a un lado y a otro, bebida en mano, tal y como estaba planeado cuando todo esto empezó.
Antes del cataclismo. Antes de la cuenta atrás de los universos tangentes, antes del dolor de corazón.
No me da tiempo a llegar a la puerta, me quedo en un punto entre el recibidor y el salón, y Evan, que debe de tener la ansiedad por las nubes, no espera a que le abramos.
El tío entra con su pelo rubio precioso, sus ojazos y la camiseta de Blade Runner que le regalé el año pasado.
Dios, es maravilloso. Me falta la respiración.
No puedo asumirlo. No acepto que no podamos ser.
Joder, si es que somos las personas más destinadas a ser del mundo.
Lo éramos incluso como Ripley y McFly. Pero como el muy idiota se niega a aceptar que está enamorado de mí...
Porque lo está, y me da igual que lo niegue.
Y podría intentar hacerle entrar en razón, pero es que no puedo más.
No puedo luchar yo solo. No quiere verlo, lo negará y…
—Te quiero —dice mientras avanza hacia mí. Lo suelta así, sin más, como cuando tienes una palabra atascada en la lengua y de pronto te sale en el momento inadecuado. Porque este no es el momento. Para nada. Dios.
Nada más decirlo, se ruboriza. Hasta las orejas se le ponen rojas y yo pienso que nunca lo he visto así, tan decidido y a la vez tan muerto de miedo.
¿Tiene miedo de mí? ¿De nosotros? A lo mejor es porque me estoy alejando.
No me doy cuenta de que he retrocedido hasta el salón hasta que veo a mi hermano hacerme señas y soltar un «pero ¿qué haces?
», seguido de un «¡en las pelis toca beso!
» y un muy entusiasmado «¡tienes que besarlo!
»; todo supernormal y en susurros que estoy seguro que escucha hasta el puto vecino del quinto, esté donde esté ese tío.
Evan me sigue mirando. Todos me están mirando, de hecho, como si de verdad esperaran algo de mí, como si me tocara mover ficha cuando aún ni siquiera me he ubicado en el tablero.
—Te quiero —repite mi amigo con la cara aún más roja.
—Y yo —creo que logro decir—, pero…