Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 29 Evan
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29 Evan

EVAN

Me quedo en el cobertizo. No tengo fuerzas para nada más que para tirarme en la cama, esconderme bajo las sábanas y respirar.

Huele a él, a nosotros, a lo que hemos sido, a lo que nunca seremos.

Por mi culpa. Inspiro hondo. Quiero embotellar su olor para volver a él cuando el tiempo pase y el dolor me atraviese en dos.

Quiero retroceder en el tiempo, regresar al momento exacto en que nuestras pieles se tocaron, cuando sentí su corazón más cerca que nunca.

Coger los recuerdos entre los dedos, estirarlos como una masa que se extiende, fina y frágil, hasta alcanzar la forma perfecta que somos.

En eso pienso mientras repaso mentalmente todos los mensajes que hemos compartido —horas, días, semanas— y me doy cuenta de la verdad: he estado huyendo de nosotros.

Me he subido a un puto coche de carreras y me he lanzado a saber dónde, solo quería alejarme.

Sin darme cuenta que en las carreras te mueves en círculo.

El miedo es un cabrón y a mí me tenía cogido por los huevos. Y dando vueltas en círculo.

Huir de Blair para estar cerca de él, eso es lo que hecho.

No pensé que, de tanto alejarme, podría llegar a perderlo.

Es lo que pasa cuando huyes, al final puedes perderte, no volver a encontrar el camino.

Y yo había dejado a Blair muy atrás. Blair, que siempre ha corrido a toda hostia para avanzar a mi lado.

Blair, que ha sido lugar seguro incluso cuando yo lo llenaba de sombras.

Blair, el único chico al que podré querer porque mi corazón le pertenece, porque es suyo y está hecho a su medida.

¿Qué he hecho? No lo sé, no quiero saberlo.

Solo sé que no puedo moverme. Si me muevo, será real.

Aquí dentro aún está él, su olor, el recuerdo del tacto de sus manos, su respiración en mi nuca, su corazón danzando al mismo ritmo que el mío.

Porque el suyo también me pertenece, aunque me haya pasado la vida apartándolo.

Es que soy tonto.

Soy tan tonto…

Lloro mientras pienso en todo lo que hemos sido.

Repaso nuestra infancia, cada momento juntos, el dolor de tenerlo y de no hacerlo nunca del todo, no como me gustaría, no como necesito.

El motivo que nos ha traído hasta aquí. Y después pienso en nosotros hace más de un año, cuando por fin me dejé llevar, su respuesta, mi propia respuesta.

Cómo me alejé, muerto de miedo, y cómo me miró cuando no pude más y fui a buscarlo: como un sueño que pensabas que habías olvidado pero vuelve a ti como una tormenta de verano para arrasarlo todo.

El tiempo que he perdido intentando buscarlo en otras personas a las que ni veía, porque siempre ha sido él y solo él.

La paciencia que tuvo conmigo cuando le puse las reglas delante y más tarde, cuando empezamos a hablar a través de Soul Finder.

Esa aplicación para encontrar a tu alma gemela solo fue una cortina que no tapaba nada pero me hacía sentir a salvo.

Pero ¿a salvo de qué? Joder, es que soy idiota.

Por supuesto que era él, siempre fue él.

Porque no hay nadie más que Blair para mí y ahora lo he perdido.

He tenido al amor de mi vida y lo he perdido, todo en una noche.

¿Cómo he podido estar tan ciego? ¿Cómo he podido cagarla tanto?

Me dejo arrastrar por tantos pensamientos, encadenando recuerdos de nuestra amistad, de la mejor noche de mi vida y del futuro que he dado por hecho, porque con Blair siempre lo he dado todo por hecho aunque nunca me atreviera ni a soñarlo, que no me doy cuenta de que la mañana da paso a la noche, que a su vez da paso a la mañana siguiente.

Lo hago cuando voy a mear y veo las mil llamadas que tengo en el móvil, cuando mi padre entra con Harold en el cobertizo y yo me dejo caer en sus brazos.

En los cuatro brazos. Porque puedo, porque cuatro siempre es mejor que dos y porque mi dolor es demasiado grande y a ellos les gusta compartirlo todo, y más si tiene que ver conmigo.

Y lloro. Por primera vez en años, lloro en brazos de mi padre.

Y la angustia sigue en mi pecho, pero su peso se hace más soportable.

En algún momento, Harold se va a casa y me trae uno de sus caldos reparadores, que me como casi sin saborear entre lágrimas e hipidos y muchos «soy lo peor», y «la he cagado», y «lo he perdido», que repito y repito y repito.

—Eh, no has perdido nada —replica mi padre al tiempo que chasquea los dedos delante de mi cara.

—Pero se ha ido —digo y me atraganto con la sopa cuando se me escapa un sollozo.

Harold me quita el cuenco, lo vacía en el fregadero de la esquina y lo mete en la misma bolsa en que lo ha traído.

—Está enfadado. Se le pasará —dice, y mi padre le da la razón mientras se dedica a acariciarme la espalda, dándome pequeños toques hasta que recupero la respiración.

Las lágrimas se me derraman sin control y se me ocurre que, si él estuviera aquí, me diría muchas cosas, como que soy un dramático; y yo me enfadaría y le pegaría con cariño y él me haría cosquillas hasta que mi angustia desapareciera. Solo Blair consigue que hasta el dolor deje de tener sentido.

—La he cagado. No es como las otras veces. —Los miro uno a uno. Los dos tienen esa expresión de puro amor que me hace llorar otra vez—. Es que la he cagado mucho —repito como el tonto que soy.

Harold toma asiento a nuestro lado, me pasa un brazo por los hombros y me deja un beso en la sien.

—¿Cuándo fue la última vez que Blair se enfadó contigo? ¿Y cuánto le duró? Exacto, cielo —añade al verme la cara—. Enseguida estaréis de nuevo como dos siameses.

—Es que estoy enamorado de él.

Harold se endereza, mira a mi padre, que me mira a mí y luego a él. Y entonces rompen a reír. Frunzo el ceño y me sorbo la nariz. El gesto consigue que hasta se doblen por la mitad de la risa y se empujen entre ellos, como si no hubiesen escuchado algo tan divertido en la vida.

—¿Os estáis riendo de mí? Se supone que tenéis que apoyarme.

—Es que lo has dicho como si estuvieras saliendo del armario —se burla mi padre—, y eso lo soltaste con más naturalidad.

—Estoy saliendo del armario del amor.

—Cielo, vuestro amor es un ave libre. —Harold me aprieta la pierna con cariño—. Nunca ha habido armarios ni nada que lo retenga. Está ahí y estará ahí siempre, y una pelea de nada no lo va a cambiar.

—Me he portado fatal con él.

—Y lo volverás a hacer, muchas veces —asegura, a lo que mi padre asiente con una sonrisa tierna—. Y lo resolveréis todas y cada una de ellas. No tengo dudas. Un amor así no muere, solo se alimenta y crece hasta adaptarse.

—Lo habéis visto, ¿verdad? Está muy enfadado.

—Vuelvo a mirarlos uno a uno—. Quiero la verdad, por favor.

—Lo digo con la misma voz vergonzosa que usaba cuando era un crío y quería algo que sabía que no podía tener, como pasar la Navidad con mi madre, pero esta vez no me avergüenza nada.

He decidido que nada de lo que tenga que ver con Blair me avergonzará a partir de ahora.

El dolor en el rostro de mi padre me pellizca el corazón. Harold, en cambio, me da la mano mientras espera a que sea él quien me lo cuente.

—Con once años vino a la farmacia a por una cura.

Quería que le gustaran las niñas, aunque no entendía bien por qué tenían que gustarle y por qué a los otros niños les fascinaban tanto y a él no.

Blair solo quería jugar contigo. Pero tú también eras como los otros niños y eso lo hacía sentirse como un bicho raro y muy triste.

Con catorce ya lo entendía y solo quería ser como nosotros.

Ya sabes, tener la oportunidad de no seguir confundido ni querer cosas que no podía tener.

—Sonríe con la mirada llena de recuerdos—.

Con dieciséis buscaba una cura para el amor.

Con dieciocho solo quería que dejara de dolerle.

—Mi padre me mira durante demasiado rato; me duele el corazón al imaginar al pequeño Blair entrando a la farmacia a por medicinas, tan frágil y confundido por mí, porque esto trata de nosotros—.

El año pasado vino destrozado. Ni Harold ni yo sabíamos qué le pasaba, pero teníamos claro que tú eras el motivo.

—El año pasado… —repito, más para mí que para ellos. Cuando nos liamos, cuando desaparecí.

—Tuve que sacarlo de la farmacia y traerlo aquí hasta que se calmó. Nunca te mencionó, no hacía falta. Ha venido a nosotros muchas veces, pero jamás te ha echado la culpa de su dolor. Así es como siente Blair. Y es todo por ti. Ya lo ha dicho Harold, hijo; un amor así no muere, solo se reajusta.

—Le he hecho mucho daño —digo, bajito.

—Y él no ha sabido hablar cuando ha tenido que hacerlo. Huir como has hecho tú está mal, pero esperar en un rincón a que pase también. Los dos os estáis condenando cuando está claro que queréis otra cosa.

—Yo… no quiero perderlo.

—El miedo es un capullo tocapelotas, pero vosotros os queréis demasiado para dejar que gane. —Harold me besa la frente y se levanta para dejar espacio a mi padre, que se acerca y me abraza.

—No puedes contener el amor tú solo, pesa demasiado y es cosa de dos. Eso es lo que ha hecho Blair durante toda la vida. Y ahora te toca a ti aligerar un poco su carga. ¿No te parece?

—¿Y si…?

Mi padre me cierra la boca con una de sus manazas.

—No quieres ir por ahí.

No, la verdad es que no. Solo quiero ir a por Blair. Mi mejor amigo. Mi todo.