28 Blair
BLAIR
A veces, cuando miro a Evan a los ojos, recuerdo un momento clave de nuestra infancia.
Él y yo aquí, en el cobertizo, corriendo hacia el lago.
Nuestros corazones acelerados. El largo camino hacia la orilla manchado por las sombras de las ramas de los avellanos que se mecían de un lado a otro.
Nosotros tropezando con las piedras y las ramas caídas, riéndonos a carcajadas a pesar de los cortes en las plantas de los pies y las rodillas.
Las aguas claras contoneándose con cada movimiento, como si buscaran reflejar el sol.
Nosotros subidos sobre la tabla, intentando mantenernos en pie con los cuerpos fríos y temblorosos, las manos apretadas, los ojos cargados de esperanza, libres de arrepentimiento.
Así me sentía con él, así me he sentido durante la mejor noche de mi vida, así me siento ahora.
Lo que hemos hecho solo se puede explicar así: una tabla sobre agua helada y nosotros intentando no caer, el sol ondulándose sin parar en la superficie, la sonrisa de Evan, mi sonrisa.
Ha sido una noche larga en la que apenas hemos dormido más allá de unos pocos minutos.
Él despertándome con besos o yo con caricias que terminaban en jadeos y en «más, más, más».
¿Cuántos besos nos hemos dado? No los suficientes.
Evan no me lo hizo hasta casi el amanecer, luego se quedó dormido y yo me quedé mirándolo hasta que el sueño me venció. Y ahora estamos aquí.
El sol entra con timidez por los huecos de las ventanas y el umbral de la puerta, y el miedo es una garra en mi pecho que me impide moverme.
Me gustaría hacerle el desayuno, pero no quiero que se despierte y no me encuentre a su lado.
Necesito que abra los ojos, saber que todo está bien, que no huirá, que no se arrepiente.
Pienso y pienso hasta que me vuelvo a quedar dormido agarrado a él como si temiera que se fuera a marchar mientras lo hago.
Y es justo lo que pasa. Me despierto en una cama vacía.
El corazón se me detiene, pero solo unos instantes, lo que tardo en acelerarlo con prisa y ansiedad; prisa mientras busco el bóxer en el suelo; ansiedad cuando salgo corriendo al exterior.
Pero ahí está él; mi corazón vuelve a su sitio al verlo fulminar con la mirada la mesa portátil que siempre sacábamos cuando nos quedábamos aquí de pequeños.
La sonrisa que me dedica cuando se gira y me hace un repaso de arriba abajo me la pone durísima y consigue que me relaje del todo.
Parecen sensaciones contradictorias, erección y relajación, pero no lo son.
Para nada. Esa es la magia. Me acerco para sujetarlo de la cintura, para hundirle la cara en el cuello y suspirar, para sentir su corazón retumbando contra el mío, sus labios en mi pelo, su olor.
—Te fuiste —gruño, y a él se le escapa la risa y me envuelve entre sus brazos para apretarse más contra mí.
—Me escapé a casa de mi padre a por provisiones. Harold había hecho tortitas, pero me he olvidado de la miel —explica con fastidio.
—No te preocupes, has traído lo importante. —Lo digo mientras le paso la lengua por el cuello y él suelta un jadeo, seguido de otra risa—. Estás buenísimo.
—Llevas mis calzoncillos. Lo sabes, ¿no?
—¿Y qué?
—Nada, me encanta.
Toma mi rostro entre las manos y me acaricia la comisura de la boca con los labios, desliza la lengua con timidez y me besa como si fuera la primera vez, con una dulzura que me paraliza.
Lo abrazo, y lo sigo besando, y me cuesta un mundo no llevarlo de nuevo a la cama, pero las protestas de su estómago me ganan y comemos sentados en las sillas de plástico que nunca uso, unidos como siameses, nuestras piernas enlazadas, los hombros pegados, nuestras manos buscándose entre bocado y bocado.
—¿Ha dicho algo tu padre? —le pregunto—. De que estemos aquí, digo.
—Ha metido una caja de condones dentro de la bolsa del desayuno. Todo muy sutil.
Me río.
—Como siempre —decimos casi a la vez.
—No te has ido —susurro cuando consigo tragar la bola de comida que tengo en la boca.
—Te dije que no lo haría.
Lo beso; o me besa él, no lo sé. Porque nos fundimos en besos infinitos, en paz, en el sonido de la mañana, de la brisa; en nosotros.
—Te vienes conmigo a casa, ¿no? —me pregunta cuando separamos nuestros labios. Me lo dice con el ceño fruncido y a mí se me derrite el corazón. Porque esto es verdad, nosotros somos verdad. Por fin.
Estoy a nada de decirle que me iría con él al fin del mundo, que nadie podría impedírmelo ahora que por fin estamos bien, cuando a Evan le suena el móvil que antes dejó sobre la mesa.
Es el sonido inconfundible de «mensaje nuevo» en Soul Finder.
A Levi y Ryder les quedó muy bien, porque es diferente al de cualquier otra aplicación.
Sonrío sin detenerme a pensar en el significado. Me vienen a la cabeza los meses que han pasado, él y su diatriba con el puto vecino del quinto y lo que vino después.
—¿Todavía estás en Soul Finder? —le pregunto con curiosidad mientras me meto otra tortita en la boca y me limito a masticar.
Él deja de comer, y casi de tocarme. Se le tensan los hombros y mira a cualquier otra parte que no sea yo, porque sabe que a mí no puede ocultarme lo que sea que quiere ocultar.
—Es Ripley, que ha vuelto, pero ya no hay nada, no te preocupes.
—Su voz suena demasiado bajita. Demasiado de mentira.
¿Me acaba de mentir? Miro el móvil y lo miro a él.
Él nunca me miente, nunca; ni yo a él. No necesitamos reglas para eso.
Tenemos muchos defectos que nos han mantenido alejados durante los últimos años, pero mentirnos no es uno de ellos.
Me giro hacia él y le pellizco el muslo con suavidad. Él da un respingo como si le hubiese dolido, como si no se lo esperara, lo que me confunde y enciende todas mis putas alarmas.
—Vale, ahora es cuando me dices la verdad.
—¿Cómo que la verdad?
Lo miro intentando encontrar la dichosa verdad en sus ojos. Y no sé lo que veo. Puto miedo. Eso veo. Y no sé si quiero verlo.
—Me estás mintiendo.
—¿Qué? ¡No! —Lo dice casi en un grito, pero no me mira y yo quiero empezar a romper cosas.
El cobertizo entero, de los cimientos hasta el techo; todo.
Vuelvo a estar sobre una tabla, el agua se agita, nuestros cuerpos se tambalean, pero esta vez no está su mano para estabilizarme, para que no me caiga, para no sentir el mareo.
Un sudor frío me brota en la columna y tengo que agarrarme a la madera de la pared en un intento de que el suelo deje de moverse. No lo hará, y no lo hará porque él está ahí y me está mintiendo a la cara. Él, Evan, mi mejor amigo, mi familia, el amor de mi vida, mi puto todo.
Me froto la cara y cuento hasta tres antes de decir:
—¿Cuánto hace que nos conocemos? —Es una pregunta que no necesita respuesta, los dos sabemos que no hubo un momento en nuestra vida en que no estuviéramos juntos; y puede que nuestros cuerpos se separaran, pero no nuestros corazones—. Me estás mintiendo. Joder, lo sé.
Él traga saliva, pero no dice nada.
—¿Por qué sigues en Soul Finder? Y no pongas a Ripley como excusa.
Frunce el ceño, me mira con una mezcla de miedo y desconfianza.
—Que no hay nada entre nosotros, de verdad.
—Eso lo sé, idiota, porque Ripley soy yo.
—¿Qué?
—Joder, Evan, ¿de verdad no te has dado cuenta? ¿Te has parado siquiera a leer bien los mensajes alguna vez? Ripley soy yo. Pero si hasta el puto nombre era una pista.
No sé por qué le hablo así; bueno, sí lo sé, porque estoy cabreado, porque me está mintiendo, porque que lo haga me desangra.
Evan parpadea y se pone rojísimo, como si acabara de abofetearlo o algo peor.
—Estás de coña.
—Piénsalo. No es tan difícil.
—No puedes ser Ripley.
—Pues sorpresa, lo soy.
—¿Me has estado vacilando?
Se levanta. Yo también lo hago y me acerco. Su enfado tiene color y arde. El aire casi crepita a nuestro alrededor.
—No, solo he intentado que me veas. Y no me digas que solo me ves a mí porque llevas más de un año evitándome.
—Como si pudiera hacerlo. Vivimos juntos, ¿recuerdas? —me dice, y debe ver algo en mis ojos, porque agrega—: Lo estás diciendo en serio. Me has estado vacilando todo el tiempo. —Está dolido, pero es que yo estoy más dolido—. ¿Y qué pasa con el vecino del quinto?
No puedo evitarlo. Suelto una carcajada amarga.
—El vecino del quinto solo fue tu excusa para echarme de tu vida incluso dentro de una puta aplicación. Ni ocultándome en otro perfil me miras, y esa es la verdad.
Evan se pasa una mano por el pelo, tirando de él con brusquedad.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Mírate y mírame. Míranos, joder. Llevas enfadado conmigo desde el instituto por algo que viste y que no tuviste los huevos de contarme.
La carcajada que suelta escuece, mucho, pero me cabrea mucho más.
—Has tardado en echármelo en cara, ¿eh?
—Son hechos, Evan, hechos. Nos enrollamos hace más de un año y te largaste y luego volviste con putas reglas.
Te pasabas día sí y día también buscando a alguien para no mirarme y poniéndote celoso por un puto cartel.
Sigues siendo el mismo crío que se enfadaba por cosas que solo estaban en su cabeza.
Evan traga saliva y sé que le estoy haciendo daño. Pero es que no puedo más. No puedo con esto.
—Dime a quién estás conociendo y cuánto tiempo llevas haciéndolo. Yo…, joder, si es que no puedo ser más gilipollas.
—No estoy conociendo a nadie. Jeremy me ha escrito y… —Se le corta la voz y mira al suelo. Al puto suelo.
—¿Jeremy? ¿En serio? —Intento contener la rabia—. Ahora me dirás que quieres que te haga una mamada el tío menos atractivo de Soul Finder.
—¿Qué? ¡No, joder! ¿Y por qué dices que es el menos atractivo? No lo has visto.
—No hablo de su físico. A nadie le cae bien Jeremy, así que ni se te ocurra ponerlo como excusa.
—No estoy conociendo a nadie —repite.
Me acerco tanto a él que su olor me marea y casi estoy a punto de acercar el rostro a su cuello y hundir la cara en él, olvidarme de esta mierda, volver a sentirme… en casa.
—¿Te haces una idea de cómo me siento cada vez que me dices que quieres follarte a alguien?
¿Puedes imaginar acaso lo que es volver a casa y ver que el amor de tu vida, la persona a la que quieres ver después de un día de mierda, se está enrollando con otro en nuestro sofá?
No, claro que no. Porque yo jamás te haría algo así.
O bueno, sí, lo haría; en tu puta imaginación.
—Le presiono los dedos contra el pecho y lo empujo hacia atrás—.
Ahí soy lo peor de lo peor. ¿Y sabes qué?
Debería seguir siéndolo. Me gusta el tío que imaginas que soy.
Ahí al menos soy un cabrón al que no le importa nada; en la vida real doy puto asco.
Bajo la vista al advertir el temblor en el labio.
Me doy la vuelta para no ver su dolor, ya tengo bastante con el mío.
Evan me dice algo, creo, pero todo es ruido a mi alrededor, y mi corazón que late como una locomotora, y mi respiración acelerada, y el mundo que se quiebra a mi alrededor.
Casi puedo sentir el destrozo bajo mis pies.
Me hiere y sangro, pero me voy. Porque la alternativa es peor.
No puedo seguir permitiendo esto. No puedo dejar que nos hagamos esto eternamente.
Quizá es hora de poner reglas de verdad, tal vez debamos limitarnos a ser…
solo amigos. Pero sé que no podemos. El deseo nos separa, el dolor nos separa, la rabia nos separa.
Me voy y mi corazón se queda ahí, en ese puto cobertizo donde hemos sido todo y ahora solo somos mentiras.