27 Evan
EVAN
Blair está sobre mí, asegurándose de que tengo las manos bien sujetas al cabecero de la cama como me ha pedido.
Hace rato que no me deja tocarlo porque dice que no aguantará nada si lo hago, y quiere aguantar mucho.
Yo también quiero que lo haga, pero es que no puedo contener las ganas de tocarlo.
Dios. ¿Cuánto tiempo llevo imaginando esto?
Desde la última vez, he soñado cada noche con el tacto de sus dedos en mi piel.
Pero es que antes de esa noche ya hubo muchos sueños, mucho anhelo.
—Joder, no puedo creer que por fin te esté tocando.
—Me lo dice con los labios en mi cuello, con un empuje de caderas que me hace temblar, con sus dedos entre mis nalgas, empujando mi entrada.
Y yo solo quiero tenerlo más y más adentro, hasta lo más profundo, y que de ahí no se vaya nunca más—.
No sabes la de veces que he revivido aquella noche —me dice, demostrándome que es mi mejor amigo, y que está en mi cabeza, y en mi corazón, y tatuado en mí de todas las formas posibles.
Blair baja la mirada por mi cuerpo. Hay un punto de vulnerabilidad extrema cuando te desnudas ante alguien, un miedo intrínseco a exponerte, a no gustar.
Con Blair no siento nada de eso. Llevo tiempo desnudo.
Llevo toda la vida desnudo ante él. Aunque no nos hayamos entendido.
Aunque no hayamos visto la necesidad del otro en la piel.
Pero quitando ese pequeño detalle que nos ha arruinado varios años de nuestra vida, él ve todo lo que soy, quiere todo lo que soy, y ahora me lo demuestra con esos ojos que se oscurecen, con esos labios que sonríen, con ese corazón que siento latir en cada lugar en que nuestras pieles se tocan.
Le gusta cada parte de mí del mismo modo en que a mí me gusta todo de él.
Los nervios que siento no son debidos a mi desnudez, sino al tiempo que se va.
Son el miedo a no volver a estar así nunca más, a no volver a sentir esto, a no sentirlo a él.
Quiero detener el tiempo, tenerlo así para siempre, que sea…
mío. Y no en el sentido de pertenencia. No.
Mío como un puerto al que llegas y de ahí ya no te vas, mío como el hogar que siempre ha sido. Mío. Para siempre. Mío.
Blair besa y lame cada centímetro de mi piel con esa calma que me revienta a veces pero que ahora le permito porque, joder, es que no quiero que se acabe.
—La noche que estuvimos juntos ha sido mi peli porno favorita —suelto, y él se aparta, me mira, frunce el ceño, se ríe.
Quiero recorrer cada lunar de su cuerpo, sentir cómo se le mueven los músculos bajo el tacto de mis dedos, aprenderme qué lugares lo hacen jadear de placer y no por la risa, que esos me los sé todos.
Qué guapo es. El más guapo del mundo, el de los ojos más bonitos del mundo, el de los labios más increíbles del mundo.
Y ahora puedo mirarlo tanto como quiera. Dios, cuánto he deseado poder hacerlo.
—Pues que sepas que, después de esta, no hay otras noches con otros. Ni con otras. Esta es la noche; no vas a poder mirar a nadie más —me advierte.
—Lo dices como si pudiera hacerlo. —Trago saliva—. No he estado con nadie desde esa vez, Blair —confieso—. Yo… lo he intentado, pero no he podido.
—Yo ni siquiera lo he intentado. —Une nuestras frentes, su aliento me envuelve y le paso la lengua por el labio inferior.
Eso lo hace sonreír y frotar la erección contra la mía; jadeamos, pero me vuelve a inmovilizar—.
Todas esas veces en las que cerraba la puerta de mi habitación…
, era para que no escucharas cómo me la cascaba pensando en ti.
Mi mano derecha y yo hemos tenido mucho trabajo desde que me mudé contigo.
Suelto el cabecero, lo sujeto de la nuca y lo beso fuerte para que no siga.
Odio escuchar lo tontos que hemos sido, el tiempo que hemos perdido.
Las yemas de sus dedos suben y bajan por mi torso, por mis brazos, por mis muslos, dejándome la piel sensible a cada toque; recorren cada músculo, me rodean el ombligo, se deslizan por mi ingle, me aprietan los huevos con suavidad. Cierro los ojos y me dejo hacer.
—¿Tienes condones? —me pregunta, y yo le digo que sí, que en mi cartera.
—No te muevas. —Me da un beso en la nariz y sale disparado a por mi pantalón, tirado de cualquier manera en la entrada. También rebusca en los cajones hasta dar con un bote de lubricante.
—Has estado viniendo aquí sin mí —musito.
—Pues claro. Es nuestro refugio. No quería perderlo. —Se coloca sobre mí y me vuelve a besar—. Quita esa cara, nunca he traído a nadie. Te lo prometo.
—Te creo.
—¿Seguro? —me dice, y yo lo beso en respuesta.
Se embadurna los dedos de lubricante y deja una hilera de besos por mi torso hasta detenerse entre mis piernas.
Cuando noto su aliento en la punta, me aferro a las sábanas, ardiendo por la anticipación.
Blair me abre las piernas y se coloca entre ellas, luego me guiña un ojo y se la mete en la boca.
Así, sin más y hasta el fondo. La mamada es intensa y frenética.
Lame, succiona y me acaricia la base con una mano mientras me tantea la entrada con la otra, y yo me retuerzo y gimo y lo agarro del pelo sin hacer demasiada presión.
No quiero acelerarme, necesito que sea él quien marque el ritmo, dárselo todo.
Echo la cabeza hacia atrás y me fijo en el techo, y en las paredes, y en cada rincón de este lugar que nos he negado durante años.
Por mis dudas, por mis miedos, por mi cobardía.
No quiero ser ese chico que huye nunca más.
Voy a disfrutar de esto, de él, y mañana…
le diré la verdad: que quiero quedarme, que no quiero ser uno más, que lo necesito todo con él.
Aunque, por lo que me acaba de decir, parece que él piensa lo mismo…
Blair me mete un dedo y a mí se me va la cabeza cuando empieza a jugar con mi entrada.
Digo muchas cosas entonces, y noto su risa en la punta de la polla, donde me estallan fuegos artificiales que me llenan la mente de un brillo cegador.
Fuegos artificiales de los que no dan miedo.
De los que iluminan mi puto mundo. Dios.
Mete otro; los mueve dentro y fuera, me abre, me estira, y los dobla mientras me trabaja la erección con la lengua.
Cada tirón y lamida me hacen retorcerme, elevar las caderas y gemir como si se me fuera la vida en ello. Y es que se me va.
—Blair, me corro.
Mi amigo succiona y se la saca un instante. Sus ojos son dos pozos de deseo en los que quiero perderme.
—Hazlo —dice con la voz ronca.
Cuela la mano debajo de mi culo y me insta a moverme.
Enseguida se la mete de nuevo hasta el fondo.
Me la come más deprisa y hasta la garganta, con más succiones y tirones, con lamidas que me hacen jadear y soltar muchos «joder» y «no pares, por favor» a los que Blair responde con gemidos que siento en la punta y que me hacen temblar de necesidad, con dedos que me rozan la próstata y me llevan a un orgasmo demoledor que me deja sin aire y con los talones clavados en el colchón.
Mi amigo tiene que agarrarme para mantenerme en su boca, acariciándome con movimientos perezosos hasta que dejo de convulsionarme.
Todavía respiro con dificultad cuando sube por mi cuerpo y me besa. Su sabor me estalla en el paladar. O es el mío. Joder, es el mío, qué sexi todo. Lo envuelvo entre mis brazos y él suspira y se frota contra mi polla aún hinchada.
—Me alegra que te gusten las mamadas —le digo, y la carcajada que suelta se debe de escuchar hasta en la casa de nuestros padres.
—Eres idiota.
No sé cuánto pasamos así, besándonos, explorándonos y frotándonos hasta que mi erección vuelve a la vida.
Y sé que me está dando tiempo, que él mismo necesita tiempo.
Que esta es su manera de decirme que está conmigo con todo.
Se me hincha el pecho de sensaciones que hasta ahora había tenido que reprimir pero ya no.
Nunca más. Dios. Cómo lo quiero. Blair explora cada punto de mi cuerpo, busca esos que me hacen estremecer, y yo descubro que puede llegar a perder el control si me meto sus dedos en la boca.
Cuando creo que voy a correrme otra vez solo con el roce de nuestros cuerpos, me dice:
—Voy a ponerte a cuatro patas. ¿Te parece bien?
Se me pone la piel de gallina ante la imagen de Blair embistiéndome desde atrás. ¿Cuántas veces me lo he imaginado desde la primera vez que me amenazó con hacérmelo? Uf.
—Vale, pero ten cuidado. Hace mucho que no lo hago.
—Yo también. Y antes me muero que hacerte daño.
Me besa la comisura de los labios, tira del inferior con los dientes y en nada nos estamos enrollando otra vez.
Me río cuando desliza una mano por mi cintura y a él se le pega la risa.
Nos miramos y hay tantas cosas en sus ojos grises, tantas…
Los tiene más oscuros que nunca y es como si lanzaran pequeñas descargas de electricidad que me recorren el cuerpo de pies a cabeza; me encienden y al mismo tiempo me paralizan.
Siento y siento; soy una bola inestable de sensaciones y sentimientos. Trago saliva cuando murmura con una voz desgarrada:
—Te quiero muchísimo.
Sonrío, pero las palabras se me atascan en la garganta y él me besa toda la cara para asegurarme que no pasa nada, que sabe lo que siento, y que puedo seguir callado un poco más.
Me ayuda a darme la vuelta y se coloca detrás de mí.
Suspiro hondo mientras se pone el condón y me prepara un poco más.
Lo hace despacio, hasta que me tiene retorciéndome y restregándome de pura necesidad sobre el colchón.
Jamás la he tenido tan dura, y eso que me acabo de correr.
Tengo toda la piel erizada y me enciendo con cada roce de mi polla contra las sábanas, los pezones hipersensibles tras todas las caricias a las que se están viendo sometidos, el horno que es su cuerpo a mi espalda, pesado y durísimo.
—Hazlo ya —gruño—, no quiero correrme así.
—¿Y cómo lo quieres? —me pregunta con los dientes en mi nuca, con la mano debajo de mí abarcando mi erección, apretando, con la lengua en mi cuello. Joder.
—Hasta el fondo. Fóllame fuerte, Blair.
Mi amigo me gira un poco la barbilla, me besa suave y despacio mientras embiste entre mis muslos, dolorosamente despacio y más y más cerca del lugar donde lo necesito hasta que siento la punta en mi entrada.
Jadeo. Blair empuja. Más fuerte, más. Se me corta la respiración, pero él no deja de acariciarme, ni de besarme, ni de pedirme que lo mire.
«No dejes de mirarme, Evan», me dice una y otra vez, seguido de un «quiero verte la cara cuando te corras».
Y entonces me la mete hasta el fondo, así, sin avisar, y yo contengo el aliento y suelto un gemido que parece un sollozo y que me hace sonrojarme.
Él sube la mano izquierda a la mía, cerrada en un puño contra las sábanas, me abre los dedos, los enlaza con los suyos, me besa la mejilla.
—¿Estás bien? —pregunta—. ¿Quieres que pare?
—Ni se te ocurra —gruño, sintiéndolo todo. Estoy tan lleno de él, tan excitado, que podría correrme solo con notar el peso de su cuerpo al aplastarme contra el colchón, la polla durísima apretándose en un vaivén enloquecedor, su aliento en mi cuello, sus dedos en mi piel.
Nos reímos casi a la vez y es lo único que necesita para elevarme unos centímetros, ponerme a cuatro patas y empezar a moverse.
Siento cada roce de mi erección contra el colchón como un billete de ida a algún lugar lejos de todo, un lugar donde solo estamos él y yo.
Y quiero ir a ese sitio, quiero vivir ahí.
Cada embestida es una tortura deliciosa, cada empuje de sus pelotas una sacudida que me hace estremecer, cada caricia en la próstata me marea y siento que lo necesito más rápido, más profundo, necesito…
—Más fuerte, Blair.
Y me lo da. Joder si me lo da; me lo da todo.
El orgasmo me deja sin respiración. Él no se detiene, sigue y sigue, alargando el placer mientras me corro, me corro, me corro.
Le aprieto los dedos, sus labios buscan los míos y me llevan aún más lejos de todo.
Cuando por fin llega al orgasmo, el placer se ha convertido en una marea tranquila y él no deja de tocarme por todas partes, ni de morderme el hombro, ni de acariciarme la ingle y el muslo.
Todavía lo siento palpitar dentro durante unos gloriosos segundos antes de salir de mí, dejando un vacío demoledor.
Me gira para besarme, para abrazarme, para decirme obscenidades y palabrotas cargadas de un cariño que me llenan el corazón.
Me besa como si fuera la última vez, pero yo sé que solo acaba de empezar.
Somos principio, somos mejores amigos, somos todo. Todo.
Se quita el condón, se pone de lado y me abraza.
Enlaza nuestras piernas, yo hundo la cara en su cuello y respiro su olor a sueños que por fin (¡por fin!) se cumplen.
Nos quedamos ahí, sintiéndonos. Nuestros corazones acompasados, nuestras sonrisas un espejo perfecto de la otra, nuestro deseo saciado; por ahora.
—Si te arrepientes mañana… —susurra, y yo le cubro la boca con un beso largo e intenso que lo hace suspirar y apretarse más contra mí.
—Te prometo que seguiré aquí cuando te despiertes. ¿Confías en mí?
—Más que en mí mismo.
Y no necesito nada más. Él y yo, nuestros sudorosos cuerpos unidos por fin.
Y luego otro beso, más intenso, demandante y profundo que me impide sacar el «te quiero» que tengo atascado dentro, ese «te quiero» que no le digo y que necesita, ese «te quiero» que quizá, tal vez, habría podido impedir el desastre.